Hace unos seis mil a帽os surgieron las primeras ciudades en la regi贸n de Mesopotamia, entre los r铆os Tigris y 脡ufrates, un territorio que hoy ocupa, principalmente, Irak y, en menor medida, Ir谩n y Siria. Extendi茅ndose, posteriormente, por el antiguo Egipto, a orillas del Nilo. Cosas del ser humano que, all谩 donde se abr铆a paso la civilizaci贸n urbana, hablemos hoy 聽de escenarios de destrucci贸n y sinraz贸n, de drama humano y 茅xodo. Se trataba de peque帽os asentamientos, habitualmente fortificados para su defensa, que cumpl铆an funciones comerciales, pol铆ticas, administrativas y religiosas.

Desde Mesopotamia y Egipto, la idea de ciudad se propag贸 hacia Europa, donde conoci贸 un desarrollo extraordinario en la Grecia cl谩sica y el Imperio Romano. Segunda doble coincidencia en escenarios: donde se filosofaba sobre res publica, hoy contemplamos la actual crisis griega y el drama migratorio y de refugiados en las costas mediterr谩neas griegas e italianas.

La Grecia cl谩sica lleg贸 a tener una red urbana formada por m谩s de 500 ciudades, a la cabeza de la cual se situaban Esparta y Atenas. Esta 煤ltima lleg贸 a alcanzar una poblaci贸n cercana a los doscientos cincuenta mil habitantes. Las ciudades griegas ten铆an dos centros principales: el 谩gora, plaza del mercado donde se desarrollaba el comercio y la vida social; y la acr贸polis, lugar elevado donde se levantaban las construcciones m谩s significativas, normalmente vinculadas con el culto religioso. As铆 mismo, la ciudad contaba con otros espacios y edificios p煤blicos de encuentro, como teatros y gimnasios.

Las urbes romanas, por su parte, formaron la mayor red de ciudades de la Antig眉edad. Roma era la cabeza de esa red. Alcanz贸 el mill贸n de habitantes, era la capital del imperio y el centro del poder pol铆tico y econ贸mico. Las ciudades romanas estaban atravesadas por dos calles principales, en direcci贸n norte-sur (cardo) y en direcci贸n este-oeste (decumano). En el cruce de ambas se situaba el foro, plaza en la que se encontraban los principales edificios civiles y religiosos, como el senado, la bas铆lica y los templos, junto con la vida ciudadana.

El concepto de ciudad, heredado de aquellas primeras civilizaciones y fraguado a lo largo de siglos, se ha cimentado en la idea del intercambio. Un intercambio originariamente econ贸mico, de bienes y productos, que van siendo complementados, con el paso de los siglos, con servicios. Pero, tambi茅n un progresivo intercambio de intangibles pol铆ticos, religiosos, culturales, deportivos,鈥 que configuran experiencias.

No obstante, la esencia urbana del intercambio no ha estado exenta de contradicciones: avances y retrocesos, destrucci贸n y construcci贸n, muros y plazas. La ciudad se ha mostrado dubitativa entre la c谩lida acogida al forastero, que acaba reconocido como ciudadano de pleno derecho, y la numantina resistencia de la propia ciudadan铆a ante potenciales nuevos miembros.

Hoy, ante los acontecimientos de extremada gravedad que vivimos en las 煤ltimas d茅cadas -oleadas de inmigrantes y de refugiados, v铆ctimas de la pobreza, del hambre, de la injusticia, de la guerra, del fanatismo o de todo ello junto-, la ciudad se debate nuevamente entre, por un lado, afirmarse en el valor de la hospitalidad y la philoxenia o, por otro, ceder protagonismo al desamparo y la xenofobia.

Las ciudades, tanto en el proceder de sus regidores como de sus ciudadanos, no dudan sobre la bondad de la pr谩ctica de la hospitalidad, pero s贸lo la aplican con convicci贸n y diligencia en algunas situaciones.

La mayor铆a de los ciudadanos somos partidarios de recibir al turista de la mejor de las maneras posibles, viendo bien que se dediquen ingentes cantidades de recursos para llamar su atenci贸n y para, una vez captados, desarrollar un aut茅ntico cortejo de seducci贸n.

Id茅ntica coincidencia de criterio se produce sobre la conveniencia de 鈥渁traer talento鈥, expresi贸n que refiere a nuestro inter茅s en lograr que personas de otros lugares del planeta, si son m谩s listas, m谩s inteligentes, m谩s ricas, m谩s capaces o m谩s influyentes, formen parte de nuestra ciudadan铆a. En este caso, no s贸lo nos conformamos con atraer sino que hacemos 铆mprobos esfuerzos por retener lo que adjetivamos de capital humano.

Pero, hoy, el debate abierto en nuestra sociedad y ciudades no se centra en estas dos primeras categor铆as, a las que no nos duelen prendas de aplicar los principios de hospitalidad. Nuestras carnes ciudadanas se abren cuando las etiquetas de excursionista, visitante, turista o talento son sustituidas por las de inmigrante, refugiado o asilado. En este caso la hospitalitas, ese bello vocablo latino del que con tantas y tan agraciadas palabras se ha enriquecido el diccionario de la lengua castellana -hospedar, hospicio, hu茅sped, hospital, hospitalario, hoster铆a, hotel,鈥-, se ve desbordada por la hostilidad, el desamparo, la inseguridad y la xenofobia. Del amor a turistas y talentos, al odio al inmigrante, refugiado y asilado.

En coyunturas hist贸ricas como las actuales, corremos la tentaci贸n de volver a construir las ciudades hacia dentro, tras las murallas, tras muros y vallados f铆sicos o tras nuevas fronteras virtuales. Actuando como ya hemos hecho tantas veces a lo largo de la historia, contradiciendo la idea fundacional de la ciudad: el intercambio, la apertura al otro, a lo distinto y a la innovaci贸n.

Es momento de releer la magn铆fica monograf铆a de Daniel Innerarity, 脡tica de la hospitalidad (2001), en la que calificaba a la hospitalidad como una de 鈥esas experiencias 茅ticas fundamentales que tejen la vida de los hombres鈥, y yo a帽adir铆a, de las ciudades y la sociedad en su conjunto.

Y si esta defensa de la ciudad hospitalaria no le convence, al menos, s煤mese a la defensa de los argumentos expuestos, desde otro punto de vista m谩s pragm谩tico y pedestre. No sean tan torpes de echar a perder la cantidad de joven talento que est谩 llamando a las puertas de esta vieja Europa. Ese talento que, por otro lado, con tanto anhelo decimos querer atraer, seducir y retener. Ese talento est谩 aqu铆: en nuestro cuarto mundo, en la orilla de nuestros mares y en las estaciones de tren. Tan s贸lo esperan un poco de hospitalidad de la ciudad que finalmente les acoja.

Publicado en El Correo. 19-9-15