Símbolos musicales

(de Galería de símbolos)

Andrés Ortiz-Osés

MÚSICA POPULAR

La música popular pone en solfa o pentagrama los temas de la cultura popular, entre los que sobresale el amor pasional con sus peripecias psicológicas. A menudo hay una comprensión ajustada y realista del fenómeno amoroso en sus avatares, así por ejemplo en la famosa Copla española “Tatuaje”. En ella se evoca la llegada en barco del extranjero más rubio que la miel, con su pecho y brazo tatuados con el nombre de la mujer amada y perdida:

		Era hermoso y rubio como la cerveza,
		el pecho tatuado con un corazón,
		en su voz amarga había la tristeza
		doliente y cansada del acordeón.
		Mira mi brazo tatuado
		con este nombre de mujer,
		es el recuerdo del pasado
		que nunca más ha de volver.
		Ella me quiso y me ha olvidado,
		en cambio yo no la olvidé,
		y para siempre voy marcado
		con este nombre de mujer.

Así le habló el rubio marinero a la mujer presuntamente morena. Pero ahora es esta mujer la que lo busca tras haberse confiado y besado:

		Errante lo busco por todos los puertos,
		a los marineros pregunto por él
		y nadie me dice si está vivo o muerto
		y sigo en mi duda buscándolo fiel.
		Y voy sangrando lentamente
		de mostrador en mostrador,
		ante una copa de aguardiente
		donde se ahoga mi dolor.
		Mira tu nombre tatuado
		en la caricia de mi piel,
		a fuego lento lo he marcado
		y para siempre iré con él.
		Quizás ya tú me has olvidado,
		en cambio yo no te olvidé,
		y hasta que no te haya encontrado
		sin descansar te buscaré.

En esta Copla bellísima en su letra escarlata y en su música conmovida, un marinero que busca a su mujer perdida es buscado a su vez por otra mujer enamorada. Ni el primero olvida a la primera, ni la segunda al primero. El amor comparece como una herida que supura pero no se supera, sangra pero no se cierra, y a menudo se dirige a quien no nos corresponde.

Hay pues el amor transitivo o transeúnte y el amor intransitivo o intranseúnte, el amor que pasa y el amor que queda, el amor pasajero o epidérmico y el amor permanente o anímico. Precisamente en el bolero cubano “Inolvidable”, inolvidablemente cantado por la voz desgarrada de El Cigala acompañado al piano apoteósicamente por Bebo Valdés, se recuerda que hay amores que jamás se olvidan:

		En la vida hay amores que nunca pueden olvidarse
		imborrables momentos que siempre guarda el corazón:
		porque aquello que un día nos hizo temblar de alegría
		es mentira que hoy pueda olvidarse con un nuevo amor.

Así que hay amores con ángel y hay amores sin ángel, amores sin alma y amores anímicos porque atañen al alma, los cuales duran mientras dure el alma: toda la vida y la muerte. Pues el alma condensa el tiempo sucesivo en su almario, que es un espacio simbólico de tiempo simultáneo. Allí, en el sagrario del alma, el auténtico amor queda consagrado para siempre.

Ya Jorge Sepúlveda había popularizado en la posguerra el fox melódico “Mirando al mar”, en el que el amor se ajunta con las olas del mar y su tempo cíclico del revenir. Ello significa que el amor es como una oleada u oleaje que va y vuelve, desaparece y reaparece, muere y renace, se pierde y se recupera. Entre otras cosas porque el mar es el espejo de nuestra propia alma ardiente y recurrente:

		La dicha que perdí
		yo sé que ha de tornar
		y sé que ha de volver a mí
		cuando yo esté mirando al mar.

DESTINO Y FATALIDAD: FADO Y TANGO

El destino es el hado o fatum, la fatalidad, y el hado da nombre al fado, la música lusitana de color melancólico o triste, a veces fatídico, lleno de “saudade” (palabra que designa la soledad). Amalia Rodrigues es la voz más carismática y típica del fado de Lisboa, el fado del sur, influenciado por el fatalismo arábigo.

Cabe hablar de un fado menos fatalista y más abierto, propio del norte portugués, influido por el hado o destino celta. La diferencia estribaría en que el hado/fado lisboeta se atiene a un fatalismo más ciego, mientras que el hado/fado del norte se atiene a un destino más natural o naturalista.

La otra gran música popular referida al hado o destino es el tango argentino, cuya voz arquetípica es Carlos Gardel. A diferencia del fado que canta un hado colectivo o comunal, cuyo símbolo fatídico es la ausencia (amorosa), el tango argentino se enfrenta a un destino más individual o individuado cuyo símbolo fatal es la decadencia o decaimiento (amoroso). Por eso “el día que me quieras” se proyecta en un cielo exento de imperfección, y pleno de perfección armoniosa y feliz: pero se trata de un día aunque se eternice.

Curiosamente ha sido el gran poeta Rubén Darío, nicaragüense, quien ha descrito la fatalidad en su célebre poema “Lo fatal”, en el que desearía ser antes un árbol o una piedra insensitivos que un hombre sensible y consciente que sufre fatalmente por la mujer fatal:

		Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
                y más la piedra dura porque esta ya no siente,
                pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
		ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
		Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
		y el temor de haber sido y un futuro terror...
		y el espanto seguro de estar mañana muerto,
		y sufrir por la vida y por la sombra y por
		lo que no conocemos y apenas sospechamos,
		y la carne que tienta con sus frescos racimos,
		y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
		y no saber adónde vamos
		ni de dónde venimos...!

canción menor, como el tema titulado “Algo de mí”, es elevada a mayor por el estilismo de Camilo Sesto, el cual por cierto también ha interpretado convincentemente el musical Jesucristo Superstar.