{"id":468,"date":"2015-09-21T13:55:33","date_gmt":"2015-09-21T11:55:33","guid":{"rendered":"https:\/\/preblogs.deusto.es\/RSanSalvador\/?p=468"},"modified":"2015-09-21T13:55:33","modified_gmt":"2015-09-21T11:55:33","slug":"ciudad-y-hospitalidad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.deusto.es\/RSanSalvador\/ciudad-y-hospitalidad\/","title":{"rendered":"Ciudad y hospitalidad"},"content":{"rendered":"<p>Hace unos seis mil a\u00f1os surgieron las primeras ciudades en la regi\u00f3n de Mesopotamia, entre los r\u00edos Tigris y \u00c9ufrates, un territorio que hoy ocupa, principalmente, Irak y, en menor medida, Ir\u00e1n y Siria. Extendi\u00e9ndose, posteriormente, por el antiguo Egipto, a orillas del Nilo. Cosas del ser humano que, all\u00e1 donde se abr\u00eda paso la civilizaci\u00f3n urbana, hablemos hoy \u00a0de escenarios de destrucci\u00f3n y sinraz\u00f3n, de drama humano y \u00e9xodo. Se trataba de peque\u00f1os asentamientos, habitualmente fortificados para su defensa, que cumpl\u00edan funciones comerciales, pol\u00edticas, administrativas y religiosas.<\/p>\n<p>Desde Mesopotamia y Egipto, la idea de ciudad se propag\u00f3 hacia Europa, donde conoci\u00f3 un desarrollo extraordinario en la Grecia cl\u00e1sica y el Imperio Romano. Segunda doble coincidencia en escenarios: donde se filosofaba sobre <i>res publica<\/i>, hoy contemplamos la actual crisis griega y el drama migratorio y de refugiados en las costas mediterr\u00e1neas griegas e italianas.<\/p>\n<p>La Grecia cl\u00e1sica lleg\u00f3 a tener una red urbana formada por m\u00e1s de 500 ciudades, a la cabeza de la cual se situaban Esparta y Atenas. Esta \u00faltima lleg\u00f3 a alcanzar una poblaci\u00f3n cercana a los doscientos cincuenta mil habitantes. Las ciudades griegas ten\u00edan dos centros principales: el \u00e1gora, plaza del mercado donde se desarrollaba el comercio y la vida social; y la acr\u00f3polis, lugar elevado donde se levantaban las construcciones m\u00e1s significativas, normalmente vinculadas con el culto religioso. As\u00ed mismo, la ciudad contaba con otros espacios y edificios p\u00fablicos de encuentro, como teatros y gimnasios.<\/p>\n<p>Las urbes romanas, por su parte, formaron la mayor red de ciudades de la Antig\u00fcedad. Roma era la cabeza de esa red. Alcanz\u00f3 el mill\u00f3n de habitantes, era la capital del imperio y el centro del poder pol\u00edtico y econ\u00f3mico. Las ciudades romanas estaban atravesadas por dos calles principales, en direcci\u00f3n norte-sur (<i>cardo)<\/i> y en direcci\u00f3n este-oeste (<i>decumano)<\/i>. En el cruce de ambas se situaba el foro, plaza en la que se encontraban los principales edificios civiles y religiosos, como el senado, la bas\u00edlica y los templos, junto con la vida ciudadana.<\/p>\n<p>El concepto de ciudad, heredado de aquellas primeras civilizaciones y fraguado a lo largo de siglos, se ha cimentado en la idea del intercambio. Un intercambio originariamente econ\u00f3mico, de bienes y productos, que van siendo complementados, con el paso de los siglos, con servicios. Pero, tambi\u00e9n un progresivo intercambio de intangibles pol\u00edticos, religiosos, culturales, deportivos,\u2026 que configuran experiencias.<\/p>\n<p>No obstante, la esencia urbana del intercambio no ha estado exenta de contradicciones: avances y retrocesos, destrucci\u00f3n y construcci\u00f3n, muros y plazas. La ciudad se ha mostrado dubitativa entre la c\u00e1lida acogida al forastero, que acaba reconocido como ciudadano de pleno derecho, y la numantina resistencia de la propia ciudadan\u00eda ante potenciales nuevos miembros.<\/p>\n<p>Hoy, ante los acontecimientos de extremada gravedad que vivimos en las \u00faltimas d\u00e9cadas -oleadas de inmigrantes y de refugiados, v\u00edctimas de la pobreza, del hambre, de la injusticia, de la guerra, del fanatismo o de todo ello junto-, la ciudad se debate nuevamente entre, por un lado, afirmarse en el valor de la hospitalidad y la <i>philoxenia<\/i> o, por otro, ceder protagonismo al desamparo y la xenofobia.<\/p>\n<p>Las ciudades, tanto en el proceder de sus regidores como de sus ciudadanos, no dudan sobre la bondad de la pr\u00e1ctica de la hospitalidad, pero s\u00f3lo la aplican con convicci\u00f3n y diligencia en algunas situaciones.<\/p>\n<p>La mayor\u00eda de los ciudadanos somos partidarios de recibir al turista de la mejor de las maneras posibles, viendo bien que se dediquen ingentes cantidades de recursos para llamar su atenci\u00f3n y para, una vez captados, desarrollar un aut\u00e9ntico cortejo de seducci\u00f3n.<\/p>\n<p>Id\u00e9ntica coincidencia de criterio se produce sobre la conveniencia de \u201catraer talento\u201d, expresi\u00f3n que refiere a nuestro inter\u00e9s en lograr que personas de otros lugares del planeta, si son m\u00e1s listas, m\u00e1s inteligentes, m\u00e1s ricas, m\u00e1s capaces o m\u00e1s influyentes, formen parte de nuestra ciudadan\u00eda. En este caso, no s\u00f3lo nos conformamos con <i>atraer<\/i> sino que hacemos \u00edmprobos esfuerzos por<i> retener<\/i> lo que adjetivamos de <i>capital humano<\/i>.<\/p>\n<p>Pero, hoy, el debate abierto en nuestra sociedad y ciudades no se centra en estas dos primeras categor\u00edas, a las que no nos duelen prendas de aplicar los principios de hospitalidad. Nuestras carnes ciudadanas se abren cuando las etiquetas de excursionista, visitante, turista o talento son sustituidas por las de inmigrante, refugiado o asilado. En este caso la <i>hospitalitas<\/i>, ese bello vocablo latino del que con tantas y tan agraciadas palabras se ha enriquecido el diccionario de la lengua castellana -hospedar, hospicio, hu\u00e9sped, hospital, hospitalario, hoster\u00eda, hotel,\u2026-, se ve desbordada por la hostilidad, el desamparo, la inseguridad y la xenofobia. Del amor a turistas y talentos, al odio al inmigrante, refugiado y asilado.<\/p>\n<p>En coyunturas hist\u00f3ricas como las actuales, corremos la tentaci\u00f3n de volver a construir las ciudades hacia dentro, tras las murallas, tras muros y vallados f\u00edsicos o tras nuevas fronteras virtuales. Actuando como ya hemos hecho tantas veces a lo largo de la historia, contradiciendo la idea fundacional de la ciudad: el intercambio, la apertura al otro, a lo distinto y a la innovaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Es momento de releer la magn\u00edfica monograf\u00eda de Daniel Innerarity, <i>\u00c9tica de la hospitalidad<\/i> (2001), en la que calificaba a la hospitalidad como una de \u201c<i>esas experiencias \u00e9ticas fundamentales que tejen la vida de los hombres<\/i>\u201d, y yo a\u00f1adir\u00eda, de las ciudades y la sociedad en su conjunto.<\/p>\n<p>Y si esta defensa de la ciudad hospitalaria no le convence, al menos, s\u00famese a la defensa de los argumentos expuestos, desde otro punto de vista m\u00e1s pragm\u00e1tico y pedestre. No sean tan torpes de echar a perder la cantidad de joven talento que est\u00e1 llamando a las puertas de esta vieja Europa. Ese talento que, por otro lado, con tanto anhelo decimos querer atraer, seducir y retener. Ese talento est\u00e1 aqu\u00ed: en nuestro cuarto mundo, en la orilla de nuestros mares y en las estaciones de tren. Tan s\u00f3lo esperan un poco de hospitalidad de la ciudad que finalmente les acoja.<\/p>\n<p><em>Publicado en El Correo. 19-9-15<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hace unos seis mil a\u00f1os surgieron las primeras ciudades en la regi\u00f3n de Mesopotamia, entre los r\u00edos Tigris y \u00c9ufrates, un territorio que hoy ocupa, principalmente, Irak y, en menor medida, Ir\u00e1n y Siria. Extendi\u00e9ndose, posteriormente, por el antiguo Egipto, a orillas del Nilo. 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