¿Quién teme al envejecimiento demográfico?

El envejecimiento es el resultado combinado de dos tendencias: la reducción sostenida del número de hijos por familia y el progresivo aumento de la esperanza de vida. Por lo que, si se pone en perspectiva, el envejecimiento es la consecuencia lógica, entre otras cuestiones, de la incorporación de la mujer al trabajo y la planificación familiar (menor número de hijos), y la revolución médica, la economía de mercado y el estado de bienestar (mayor longevidad). En otras palabras, es producto de los impresionantes avances que ha experimentado la humanidad desde finales del s.XIX. Si el envejecimiento es uno de los grandes logros modernos ¿por qué le tenemos tanto pánico y hablamos del mismo de forma en ocasiones alarmista?

La respuesta tiene muchas aristas, pero una posible explicación es que gran parte de nuestra organización social, económica y política reside en el imaginario de la pirámide demográfica. Una forma geométrica que difícilmente puede mantenerse en el medio y largo plazo dado que, para  ello, caeríamos en una paradoja de difícil solución, esto es, en el aumento infinito de la base de la pirámide para mantener su estilizada figura, y conseguir que las generaciones más jóvenes presenten siempre un mayor peso que las generaciones de edad más avanzada.

A lo largo del s.XX fueron los países desarrollados los que experimentaron un progresivo aumento de la edad media en sus sociedades, siendo el continente europeo la punta de lanza de este fenómeno. Durante las próximas décadas, aunque el envejecimiento demográfico seguirá progresando en el Viejo Continente,  serán los países en vías de desarrollo los que experimentarán un mayor aumento de personas mayores, lo que convierte al fenómeno en una tendencia global que se está acelerando. Esta tendencia genera interesantes reflexiones como el hecho de que, al ser Asia una de las regiones del globo que mayor envejecimiento poblacional va experimentar, exista el debate de si la República Popular China va a ser “vieja antes que rica”.

Si nos encaminamos hacia un futuro con un mayor porcentaje de personas de mayor edad en nuestra sociedad, tendríamos que empezar a llevar a cabo las reformas estructurales necesarias para que este profundo cambio no se convierta en un “invierno demográfico”, sino en un agradable –y gestionable– “otoño demográfico”. Para ello hay que remangarse y tener en mente que en Europa disponemos de algo más de una década antes de que la generación del baby boom se retire. Una de las ventajas de la demografía es que se trata de una de las áreas del conocimiento que mayor fiabilidad tienen a la hora de hacer proyecciones, dado que los niños y niñas de hoy son, salvo catástrofe, las personas adultas del mañana. La desventaja reside en que las ventanas de oportunidad económico-sociales raramente encajan con los tiempos de legisladores y responsables políticos, que no ven muy cerca el año 2030 y cuyos incentivos no animan a una actuación pensando en el medio y largo plazo.

Lo sistemas de pensiones –tanto públicos como privados–, la sanidad pública, la estructura sectorial de la economía, la forma de organización del tejido empresarial, las medidas de aumento de la productividad o el enfoque de la inversión en I+D pueden adaptarse para responder y ser sostenibles en un contexto de mayor envejecimiento poblacional, siempre que se haga con tiempo suficiente, ya que existen reformas inteligentes que en ocasiones tardan más de una década en implementarse totalmente. Como muestra de ello es la “estrategia de crónicos” que se puso en marcha en el 2009 en la sanidad vasca: una política transformativa y valiente que sigue siendo desarrollada y que está dando buenos resultados.

Volvamos al principio. El envejecimiento en la consecuencia natural de que en el pasado hicimos bien los deberes, aunque sus consecuencias nos planteen nuevos retos para un nuevo siglo. Para sortear estos retos y adaptarnos a la nueva realidad demográfica que viene necesitamos ponernos manos a la obra, pensar a medio y largo plazo, sacudirnos el alarmismo de encima y empezar a imaginar y moldear el “otoño demográfico” que queremos. Las buenas noticias son que tenemos capacidad, recursos e ideas de sobra para hacerlo, siempre que no nos durmamos en los laureles.

Iñigo Calvo Sotomayor

Dpto. de Estrategia y Sistemas de Información

Deusto Business School

Este texto se publicó originalmente en el Periódico de Deusto Business Alumni (Octubre 2018).