Consumo colaborativo

 

Llevamos años y años acumulando productos que apenas utilizamos, los compramos, los usamos un periodo de tiempo y los tiramos a la basura.Un ciclo de vida cada vez más corto para miles de objetos que se convierten en montañas de residuos en países de la periferia.

Es paradigmático el ejemplo de los taladros, cuyo tiempo de uso es de tan sólo 20 minutos durante toda su vida… Pero esta situación está cambiando y el consumo colaborativo se expande rápidamente a todos los bienes de consumo y servicios, recuperando valores éticos que se trasladarán al diseño de productos.

En todo el mundo cada vez más gente se replantea el modo actual de consumir. Lo que empezó siendo como un leve cambio en los hábitos de consumo de grupos alternativos se consolida con fuerza. En está situación han confluido varios factores: la crisis económica de los últimos años, la sensibilidad por el medioambiente y la conexión a través de las redes sociales de distintos grupos sociales.

Esto se puede ver en nuevas formas de vincularse entre quienes producen bienes o servicios, y entre quienes los demandan, así por ejemplo, han surgido grupos de agricultores ecológicos que ofrecen sus frutas, verduras y hortalizas directamente a grupos de consumidores, con una relación calidad – precio muy atractiva.

Este fenómeno que acorta distancias –entre productores y consumidores– y elimina intermediarios se ha difundido a infinidad de sectores, dando forma a un concepto bastante olvidado en nuestra sociedad: el de compartir. Con esta filosofía se han creado nuevas plataformas que ofrecen nuevas soluciones para compartir un viaje en coche –blablacar.com–, una habitación –airbnb.com–, una bicicleta –socialbicycles.com– o una herramienta –snapgoods.com–.

Lo que empezó siendo una tendencia en la primera década de este siglo XXI, vemos como se consolida con un nuevo perfil de consumidor más responsable y respetuoso con el entorno, que no piensa de manera egoísta en almacenar los bienes que posee, sino en compartirlos y colaborar con otras personas. Como ya señalaba Bryan Walsh en la revista Time del 17 marzo de 2011 “Algún día miraremos al siglo XX y nos preguntaremos por qué comprábamos tantas cosas”.

Además otro aspecto importante es que el consumo colaborativo fomenta la integración social. En una época en que transitamos por las ciudades encerrados en nuestros pensamientos y pasamos largos períodos trabajando solos, de pronto podemos conocer a gente por medio de una aplicación de móvil y compartir un viaje. Esta experiencia nos permite generar nuevas relaciones, recuperar el concepto de comunidad y, por supuesto, el de confianza en los demás.

Pero no todas son ventajas, los cambios no siempre se asumen con facilidad y vemos como la aparición de estas nuevas plataformas está generando importantes conflictos con sectores regulados, como el de los taxistas, transportistas, hoteleros, comerciantes… que lo consideran una competencia desleal por no cumplir con las normativas que se les exige a ellos. Un vacío legal muy poco regulado que por un lado limita con la privacidad y por otro con el sistema establecido.

Consideramos que el consumo colaborativo va influir de forma positiva en el diseño, que deberá adaptarse a esta nueva situación para generar productos más duraderos, que se puedan reparar con facilidad, y que sean altamente eficientes, es decir, que no respondan a la obsolescencia programada y, por supuesto, que sean 100% reciclabes. Además, los diseñadores deberán desarrollar los servicios que va a demandar el consumo colaborativo, aportar soluciones en la gestión de esos bienes y servicios con nuevos modelos de negocio más equitativos y transparentes. En definitiva, un nuevo desafío para nuestra profesión cuyo principal objetivo es mejorar la calidad de vida de las personas.

Marcelo Leslabay, 

Profesor de Diseño Industrial de la Facultad de Ingeniería, Universidad de Deusto.

www.leslabay.com

@leslabay

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