Archivos del mes: mayo 2015

Exposición en Bilbao de Inventos geniales. Objetos cotidianos convertidos en "héroes ocultos".

¿Qué hace que un objeto cotidiano se convierta en un héroe oculto?

El parque de Doña Casilda Iturrizar de Bilbao acoge hasta el 15 de Julio, la exposición organizada por La Obra Social La Caixa, en colaboración con el Vitra Design Museum y el arquitecto Juli Capella, que convierte en “héroes” a los objetos cotidianos.

Está muestra, reúne 27 objetos cotidianos y que pasan desapercibidos, ideados para hacer la vida más práctica y cómoda. Formando parte de nuestra rutina y nuestras costumbres. Notas adhesivas, bombillas, piezas de lego o los clips, son algunos de los objetos que nos podemos encontrar.

¡ El deseo de cualquier diseñador es crear productos perdurables como estos !

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Diseñar no es resolver problemas

Nuevas visiones ponen en cuestión el viejo paradigma

Charles Eames, además de ser uno de los diseñadores más reconocidos e influyentes del siglo XX, fue también durante un tiempo profesor de poesía en Harvard. La legendaria entrevista[1] que concedió en el año 1972 con motivo de la exposición Qu’est ce que le design? aún mantiene, más de cuarenta años después, su fascinante intensidad y su poderosa expresión poética. A lo largo de aquella conversación, Eames desgranó su visión sobre muchos aspectos que todavía siguen ocupando hoy los debates sobre la naturaleza del Diseño y del Design Thinking. Una de sus afirmaciones más interesantes se refiere a las fronteras del diseño:

— ¿Cuáles son los límites del diseño? — preguntaba Madame Amic. Eames respondía:

— ¿Cuáles son los límites de los problemas?

Charles Eames era un revolucionario pragmático: estaba profundamente convencido de que diseñar es, ante todo, resolver problemas. Junto con su esposa y socia, Ray, crearon alguno de los productos más emblemáticos del pasado siglo bajo esta divisa. «No somos artistas, solucionamos problemas», solían decir.

Pero, ¿qué es un problema de diseño? En el libro ¿Cómo nacen los objetos?, el polifacético diseñador Bruno Munari exponía en 1981 sus ideas sobre la cuestión. Con la guía rígida y dogmática del método cartesiano, analizaba de forma sistemática el trayecto que el diseñador recorre desde que se enfrenta a un problema funcional hasta la configuración de su solución material. «Proyectar es fácil cuando se sabe cómo hacerlo. Todo resulta fácil cuando se sabe lo que hay que hacer para llegar a la solución de algún problema»[2], sostenía. Considerando que cualquier libro de cocina es un libro de metodología proyectual, y tomando como ejemplo la preparación de un arroz verde, Munari situaba a los problemas en el origen de un proceso de diseño de naturaleza lineal. «El método proyectual —proseguía Munari— consiste simplemente en una serie de operaciones necesarias, dispuestas en un orden lógico dictado por la experiencia. Su finalidad es la de conseguir un máximo resultado con el mínimo esfuerzo»[3]. El texto pronto se convirtió en la guía de toda una generación de diseñadores y en uno de los elementos clave para el establecimiento y la difusión de la cultura proyectual de finales del pasado siglo.

Desde entonces, el diseño se ha ido enriqueciendo con una serie de instrumentos conceptuales y metodológicos para identificar, caracterizar y resolver problemas humanos. Métodos de observación y análisis importados de la antropología, de la psicología o de las ciencias sociales han permitido situar a la persona en el centro y hacer de la empatía una pieza central del proceso. Una decidida orientación holística y colaborativa ha permitido redefinir los problemas de manera más amplia, facilitando conexiones y mestizajes.

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Cuando los objetos configuran las creencias

Carlos Alonso Pacual

Publicado en ForoAlfa.

De cómo el Diseño Industrial, a través de sus productos, construye cultura y formas de ver el mundo.

¿Dónde reside la cultura? Si se le hace esta pregunta al público, algunos responderán: en las bibliotecas, en los museos, en los teatros o en las salas de cine —lamentablemente cada vez más desiertos—. Seguramente otros dirán que la cultura reside en las personas, en la mente de cada uno de nosotros. Finalmente, y desde hace sólo unos pocos años, muchos asegurarán que reside en Internet, en la enorme y fabulosa red que los humanos hemos creado. Muy probablemente pocos dirán que la cultura reside también en los innumerables objetos cotidianos que nos rodean.

No es habitual ver a los objetos como creadores de cultura, sino como un subproducto menor de los avances culturales. Están ahí sólo como consecuencia de los paradigmas y las ideas dominantes, en un determinado momento de nuestra historia; y todo el mundo dirá sin titubear que lo que importa son las ideas, no su manifestación material. Pero esa es una visión parcial y equivocada, porque finalmente los objetos hacen de nosotros lo que somos.

Cuando un niño nace en un hospital, su primera impresión de este mundo es la intensa luz que proviene de la lámpara de la sala de partos, un sofisticado objeto diseñado y producido por el hombre. Unos guantes de látex le sujetan, y una pinza de color verde, fabricada en poliamida de grado quirúrgico, cierra su cordón umbilical. Desde entonces entrará en contacto con cientos de miles de objetos a lo largo de toda su vida. Estos objetos condicionarán su forma de ver el mundo, su forma de aprender, su forma de interactuar con los demás y con el entorno, sus deseos y expectativas; en definitiva sus convicciones y sus creencias.

Abraham Maslow, el psicólogo estadounidense conocido sobre todo por su pirámide de las necesidades, señalaba que «cuando la única herramienta que tienes es un martillo, todo problema comienza a parecerse a un clavo»[1]. Pero la cuestión es que no disponemos tan solo de un martillo, sino de una enorme cantidad de herramientas, utensilios y artefactos diferentes. Sin embargo Maslow está en lo cierto: el conjunto de todos los objetos a nuestra disposición configura de manera decisiva nuestra forma de mirar y de estar en el mundo. Cada objeto imprime una huella indeleble en nuestra cultura.

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