Los pasados días 20 y 21 de febrero la Universidad de Deusto fue sede del Foro Internacional Times Higher Education: “Paz y justicia: una búsqueda común para universidades, gobiernos y sociedad civil”, en el que participarón algunas de las figuras más destacadas en el ámbito de los derechos humanos.

Es el caso de Hind Kabawat, Subdirectora de la oficina de la Comisión de Negociación de Siria en Ginebra y Directora de Construcción de Paz Interreligiosa en el Centro de Religiones y Diplomacia Mundial de la Universidad George Mason (Virginia, Estados Unidos), que desde 2012 ha llevado a cabo talleres periódicos de resolución de conflictos y construcción de paz para comunidades dentro de Siria, y para refugiados sirios que viven desplazados en Jordania y Turquía. 

La de Siria, como la de otras muchas guerras y catástrofes humanitarias que vienen sucediéndose a lo largo del último siglo, es una realidad de la que se habla mucho, pero se entiende más bien poco. Ni los titulares alarmantes en primera plana ni las imágenes más crudas abriendo telediarios resultan ya suficientes para hacernos comprender el verdadero sufrimiento de la población atrapada en esta guerra civil. De hecho, en estos últimos años, la sobreexposición y fragmentación de la información ha encendido la mecha del fenómeno de las “fake news”, alimentando la desconfianza y limitando nuestro conocimiento y capacidad de sentido crítico. El foco mediático nos satura, insensibiliza y deshumaniza, llegando incluso a normalizar las injusticias sociales. Es por ello por lo que dar espacio a voces como la de Hind Kabawat se hace más necesario que nunca


Las claves de la guerra de Siria: situación, religión y política

Para poder comprender mejor el presente conflicto, resulta imprescindible echar la vista atrás y analizar en mayor profundidad la historia del territorio, ya que la Siria que hoy conocemos nació hace tan solo un siglo, y se gobierna a sí misma desde hace poco más de 50 años. 

Siria es un país de la región de Oriente Próximo, que comparte frontera con Turquía por el norte, con Irak por el este, con Israel, Jordania y el mar de Galilea al sur, y con Líbano y el mar Mediterráneo por el oeste. Su situación privilegiada como punto de encuentro entre Oriente y Occidente, dando a Asia salida al mar, así como sus ricas reservas de petróleo y gas natural, entre otros, la han convertido en constante objeto de control a lo largo de la historia por parte de los grandes imperios (Imperio Persa, Imperio Griego, Imperio Romano, Imperio Islámico y el Imperio Otomano) y potencias mundiales (Rusia, Estados Unidos, China, Gran Bretaña, Francia, etc). 

Precisamente, la zona que hoy ocupa Siria perteneció a parte de los territorios de Sumeria y Mesopotamia, las denominadas cunas de la civilización. No es de extrañar, por tanto, que las principales religiones monoteístas como el judaísmo y el cristianismo brotasen aquí, ni tampoco que el islam, la tercera en llegar, acogiese a las dos anteriores, considerando a Adán, Noé, Moisés y Jesucristo profetas islámicos. Por lo tanto, la diversidad religiosa ha formado desde siempre parte del ADN del pueblo árabe, si bien es cierto que hoy día la mayoría de la población siria se sitúe dentro de la rama suní musulmana (72%), la más tradicional y ortodoxa del Islam. Entre los musulmanes no sunnitas conviven los alawitas (12%), chiítas (2%), drusos (3%) e ismaelitas, y existen también minorías de la etnia asiria, armenia, turca y kurda. Los cristianos, por su parte, representan menos del 10% en sus diferentes confesiones (ortodoxos, siríacos, maronitas, católicos de rito armenio, etc.).

«Atlas des peuples d’Orient: Moyen-Orient, Caucase, Asie centrale». Jean et André Sellier.

Muchos historiadores sostienen que todo pueblo tiene la necesidad de manejar su propio destino. Una afirmación que en el caso del mundo árabe cobra el mayor de los sentidos, puesto que las diferentes zonas y poblaciones de Oriente Próximo siempre han compartido tendencias generales, así como el anhelo de formar una única nación.

Precisamente, el fin de la Primera Guerra Mundial supuso un punto de inflexión en las relaciones entre Oriente y Occidente, ya que británicos y franceses no cumplieron con la promesa de conceder a los árabes su propio país, a cambio de su alianza en la caída del Imperio otomano. Por el contrario, las potencias europeas firmaron en secreto el Acuerdo de Sykes-Picot (1916), dividiendo el antiguo Imperio Otomano en pequeños países bajo su control y estableciendo fronteras sin tener en cuenta las características ni la voluntad de su población. 

«Atlas des peuples d’Orient: Moyen-Orient, Caucase, Asie centrale». Jean et André Sellier.

Así pues, se estableció el Mandato Británico de Palestina, mediante el que la Sociedad de Naciones, organismo internacional creado por el Tratado de Versalles (1919) para establecer las bases para la paz y la reorganización de las relaciones internacionales, especificó las responsabilidades y obligaciones del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte respecto a la administración de Palestina, incluyendo «asegurar el establecimiento de un hogar nacional judío» y «salvaguardar los derechos civiles y religiosos de todos los habitantes de Palestina”. Un nuevo escenario que, unido a una creciente inmigración de la población judía, convirtió la zona en una auténtica bomba de relojería. 

«Atlas des peuples d’Orient: Moyen-Orient, Caucase, Asie centrale». Jean et André Sellier.
«Atlas des peuples d’Orient: Moyen-Orient, Caucase, Asie centrale». Jean et André Sellier.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el Plan de las Naciones Unidas para la partición de Palestina (1947) propuso dividir la parte occidental del Mandato en dos Estados, uno judío y otro árabe-palestino, con un área bajo el control internacional, que incluía Jerusalén y Belén. El rechazo del gobierno británico a llevar a cabo este plan, junto con la negativa de los países árabes de la región a aceptarlo, tuvo como consecuencia una guerra civil en el territorio, seguida de la primera de las guerras árabe-israelíes. Israel resistió las ofensivas y declaró su independencia (1948), ampliando sus fronteras más allá de lo establecido inicialmente en el Plan de las Naciones Unidas. Unos enfrentamientos que aún a día de hoy persisten, y que han forzado a millones de palestinos a abandonar sus hogares y refugiarse en países vecinos.

Siria, por su parte, emergió bajo el Mandato francés y sufrió una sucesión constante de golpes de estado, hasta que en 1971 Háfez al-Ásad, padre del actual presidente sirio, se convirtió en jefe de estado BAAZ, una ideología de origen laico que mezcla ideas socialistas con el sueño de crear una sola nación árabe, y que comenzó a expandirse a finales de los años cuarenta. De hecho, en Irak gobernó Sadam Husseim, líder BAAZ también, pero lo hizo con notables diferencias respecto al gobierno sirio.

Tras los años convulsos de la Guerra Fría, se alzó una oposición islamista radical en contra del régimen de Asad, los “Hermanos Musulmanes”, quienes aprovecharon el sentimiento suní de opresión y la visión de Occidente como invasor para tomar las armas. Assad acabó con las revueltas a costa de encarcelamientos y de matar a miles de civiles, y tras su muerte en el año 2000, su hijo Bashar al-Ásad lo sucedió en el cargo con unas esperanzas de cambio que no duraron demasiado. 


La primavera árabe: una llamada de auxilio a la democracia

Tras un gran periodo de crispación política, con el encarcelamiento de la oposición siria y la represión de la población kurda, Estados Unidos incluyó a Siria en el “eje del mal” junto a Irán, Irak, Libia, Corea del Norte y Cuba, hecho que sometió al país a un total aislamiento, hasta que en el año 2011 se desató “La primavera árabe”, una revolución social de protesta que se fue propagando por diferentes países árabes reivindicando una democracia. Tras Túnez, Egipto y el inicio de la rebelión en Libia, estallaron las protestas contra el régimen sirio, pidiendo la dimisión de Asad hijo, reformas políticas y el fin de la brutalidad policial. 

Manifestantes participan en las protestas contra el gobierno de Bachar al Asad en marzo y abril de 2011.
Arriba en Damasco, Siria (AFP / Getty Images / Sayin Serdaroglu), y abajo en Estambul, Turquía (EFE / Tolga Bozoglu).

Viendo el efecto dominó que se estaba produciendo en el mundo árabe, muchos creyeron que la caída del líder sirio sería cuestión de unos pocos meses, pero gracias al apoyo de las fuerzas leales al régimen (Rusia, Irán, el movimiento chií libanés Hizbulá y diversas milicias chiíes), los enfrentamientos se fueron escalando hasta estallar una guerra civil. Se formó una oposición armada rebelde que integraron el Frente Islámico junto con otros 72 grupos y el Ejército Sirio Libre (ESL), y también aparecieron en escena grupos islamistas radicales como el yihadista Frente al Nusra y el Estado Islámico (ISIS).

En estos casi nueve años de bombardeos, ataques químicos e intervenciones por parte de las fuerzas leales a Asad y por la coalición internacional que lidera Estados Unidos junto a otros países árabes, el conflicto se ha cobrado centenares de miles de vidas civiles y ha producido una crisis humanitaria sin precedentes, con 5,6 millones de personas refugiadas en países vecinos como Turquía, Líbano, Jordania o Irak, y otros 6 millones de desplazados internos dentro de Siria, según datos de la ONU, que sobreviven en condiciones de extrema pobreza.


Hind Kabawat: construyendo una nueva Siria

“Mi precioso país ha sido invadido. El conflicto es un resultado natural de las opresiones, los niveles de pobreza y la desigualdad, de la falta de estado de derecho. El 95% de los civiles está siendo atacado por el régimen sirio y necesitamos protegerlos. Todas las mujeres, sociedades civiles y políticos queremos una Siria libre, sin dictadores ni el ISIS”. 

Hind Kabawat recuerda claramente las primeras llamadas a la libertad en Damasco y el nacimiento de la revolución no violenta, en el que las mujeres y los jóvenes estuvieron especialmente involucrados. Sin embargo, en tiempos de conflicto armado la presencia de las mujeres a menudo disminuye y, a medida que aumenta la violencia, apenas se hacen visibles. Siendo madre, abogada y experta en resolución de conflictos, siempre creyó que no se podía dejar a las mujeres fuera de la negociación y del proceso de paz, y es por ello por lo que, cuando formó parte del Comité de Alta Negociación en los años 2016 y 2017, un organismo general creado para representar a la oposición siria en las conversaciones de paz de Ginebra, una de sus demandas fue obtener una cuota mínima del 30% de participación femenina en las negociaciones sobre Siria. 

También fue una de las precursoras del “Movimiento Político de las Mujeres Sirias”, que nació en otoño de 2018 con el propósito de organizar a todas las mujeres que trabajan por la democracia en Siria, de forma que dispongan de una mayor presencia y papel en la toma de decisiones. Así lo expresaba en un post publicado en el blog “Enheduanna: Voices of Women in the Middle East”:

“Hoy, ocho años después del comienzo de la primera llamada a la libertad, con toda la destrucción en toda Siria, puedo ver una luz al final del túnel. Pese a todas las pérdidas que han sufrido, las mujeres sirias han decidido que mantendrán su integridad, creando una nueva Siria con la ayuda de todas. Pensando en escribir una nueva constitución y organizarnos para las elecciones, coordinamos y conocemos la importancia de trabajar en un nuevo contrato social en nuestra nueva Siria. Sí, las mujeres sirias se están organizando y seguirán soñando a pesar del escepticismo que nos rodea. Las mujeres serán la esperanza de nuestro país”

En la actualidad, Hind es miembro fundadora de Tastakel, un colectivo de mujeres dedicado al uso de la no violencia y el diálogo para abordar el conflicto en curso. Una labor que incluye la gestión de múltiples centros de mujeres en Siria que brindan servicios de educación y asesoramiento, así como la organización de talleres sobre participación política y construcción de la paz para las mujeres sirias, tanto de dentro como refugiadas en países vecinos:

“Las mujeres en Siria quieren una solución política, pero ésta no podrá ser sostenible mientras sus hijos e hijas mueran de hambre en ciudades sitiadas. Por eso, mi misión para las mujeres en Siria es involucrarlas. Hemos luchado y seguimos luchando para lograr un acuerdo de paz que sea estable”. 

Asimismo, como parte de su puesto de Directora de construcción de paz interreligiosa en el Centro de Religiones y Diplomacia Mundial de la Universidad George Mason, Hind Kabawat trabaja como profesora adjunta en un programa de seminarios en el extranjero sobre las intervenciones de resolución de conflictos y el desarrollo de la sociedad civil, y realiza acciones de colaboración interreligiosa con sirios de diversas edades, tanto desplazados internos como refugiados.

Al crecer como cristiana en Siria y estar rodeada por la rica historia multirreligiosa de la región, su trabajo de pacificación está orientado a ayudar a cambiar actitudes, revertir prejuicios y trabajar hacia el análisis de conflictos y la reconciliación en Siria y en todo el Medio Oriente, cultivando públicamente el diálogo local y el debate respetuoso entre sunitas, chiítas, cristianos y judíos de todo el Medio Oriente:

“Jesucristo es mi modelo a seguir, mi mentor, y cuando me situó junto a los oprimidos y en contra de los opresores, esa soy yo como cristiana. En lugar de rezar en casa o en la Iglesia, lo que hago es predicar con el ejemplo”. 

Lograr una solución política al conflicto y una mayor cohesión social en Siria es su sueño más anhelado, para lo que la educación y el diálogo son sus únicas armas posibles. Un diálogo que incluya a todas las mujeres, grupos sociales, nacionalismos, etnias y religiones. Tras casi nueve años de conflicto, Hind Kabawat sigue fiel a su empeño de construir puentes y derribar muros. 


Su intervención en la Universidad de Deusto

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