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Personas vs Apps

Vivimos en el siglo XXI, la época de la revolución tecnológica, algo bastante bueno, teniendo en cuenta que este blog es de ingenieros informáticos. Hoy me quiero centrar en la tecnología en el trabajo, más concretamente en el software. Aunque la tecnología nos rodea, las personas solemos tener dificultades al empezar a usar una nueva aplicación, ya que es algo desconocido y puede generar un malestar el tener que volver a aprender algo que se podía hacer con otra herramienta. 

Considero que las personas somos seres de hábitos, nos gusta tener nuestra rutina ya que nos crea una sensación de seguridad. No voy a decir que no nos guste aprender, pero no nos gusta estar obligados a hacerlo. Esta realidad del ser humano entra en conflicto con la tecnología, que se desarrolla a una velocidad extraordinaria. Se puede observar que el mercado cambia rápidamente, y que es necesaria la innovación y la adopción de herramientas (como por ejemplo los Sistemas de información) para lograr ventajas frente a los competidores del sector.

Afortunada o desgraciadamente, las aplicaciones no duran para siempre, si no se mantienen se vuelven anticuadas, obsoletas y vulnerables a ataques maliciosos de hackers. Es por ello que las empresas tienen dos opciones a la hora de comenzar a usar una nueva aplicación para el negocio: desarrollarla o comprarla. 

Si se desarrolla una aplicación dentro de la empresa, surge la necesidad de contar con desarrolladores que creen y mantengan la aplicación. La propia empresa será la única responsable de la seguridad y el correcto funcionamiento de la app. 

Por otro lado, si se compra una herramienta a otra empresa, también se compra el servicio de soporte y mantenimiento, es decir, se cuenta con una entidad externa a la que se le puede pedir ayuda. Aunque se compre una aplicación, también existe la opción de que la adapten a medida, pero por un precio, claro. Además, al no usar la versión oficial, pueden surgir errores inesperados y la necesidad de nuevas modificaciones en nuevas versiones de la aplicación, obligando a desembolsar más dinero.

Después de esta reflexión surge la pregunta ¿Quién debe adaptarse? ¿la persona o la aplicación? Como usuarios de aplicaciones, lo que queremos es que las aplicaciones se adapten siempre a nuestras necesidades, que hagan lo que queramos y exactamente como lo queramos. Aunque sea muy cómodo que esto suceda, debemos de ser conscientes de que contar con una aplicación a medida conlleva unos costes y puede no estar justificados para evitar que los trabajadores tengan que aprender a usar una nueva aplicación.

Desde mi humilde punto de vista, considero que los extremos nunca son buenos, lo ideal sería encontrar un término medio. Creo que hay que sopesar si existen soluciones ya creadas que se puedan usar sin modificarse, identificar qué proceso de la empresa no está contemplado en la aplicación y valorar si merece más la pena adaptarse a la aplicación o si es imposible. También es muy importante tener en cuenta los gastos fijos a la hora de decidir, por ejemplo, en licencias, servicios, sueldos de empleados, etc.

Entiendo que las personas se quejen cuando la empresa cambia de aplicación y tienen que usar una nueva, pero también me gustaría que entendieran que muchas veces es la mejor solución y que no se debe vivir anclado en el pasado, es necesario reinventarse y aprender cosas nuevas.