14 Oct

El emprendimiento social: inclusión, competitividad y riqueza social

Suelo decir que el emprendimiento es como un deporte de equipo. Es decir, personas y cultura organizativa. En lo que respecta al equipo, es fundamental colaborar con gente en mi organización que realmente quiera ser parte del equipo en el largo plazo. Suele ocurrir, que el perfil emprendedor tiende a ser tan “libre”, que en cuanto el proyecto empieza a funcionar, los promotores iniciales pueden empezar a querer tener más protagonismo personal o incluso montar nuevos proyectos por su cuenta. Un ejercicio de confianza personal que ha dañado muchos proyectos emprendedores. Por ello, prefiero contar con agentes libres con mucho talento que están dispuestos a “sufrir” por un breve período antes de dar el salto para emprender algo por cuenta propia. Menos Cristiano Ronaldos y más Xavis.

Por otro lado, la cultura, que no es más que ese conjunto de pautas de conducta sobre la base de incentivos que se producen en mi empresa. Una manera de alinear a todos los colaboradores. No soy muy fanboy de los clásicos discursos de empresas de éxito, pero con Zappos hago una excepción a la regla. Puedo equivocarme, pero creo que es de esas empresas que sí se podría decir tienen cultura organizativa. Como suele decir su CEO, Tony Hsieh: “Customer service shouldn’t be just a department. It should be the entire company. […] Every employee is automatically living the brand.” Es decir, enfoques transversales en la compañía de los valores que tú consideres debe caracterizar a tu organización.

He empezado este artículo destacando estos dos elementos (trabajo en equipo y cultura organizativa), porque me parece que son los elementos más críticos para el emprendimiento social. Obviamente, también necesitas un producto, una sostenibilidad y viabilidad, un modelo de negocio, etc. Pero, eso, como es en lo que más nos fijamos, suele existir. ¿Y por qué hablo ahora de esos dos atributos y del emprendimiento social? Porque creo que en este país tenemos una gran oportunidad por convertirnos en referencia en ese área. Me explico.

El emprendimiento social (en inglés, “social enterprise” o “social entrepreneurship“) abarca las actividades emprendedoras e innovadoras de organizaciones sin fines de lucro, personas ligadas a actividades cívicas, y empresas o negocios cuyos programas resultan en utilidades tanto sociales como financieras; el modelo incluye tanto el beneficio social como los principios de negocios sostenibles. En otras palabras; buscar soluciones a problemas sociales con el uso sostenible de recursos.

Emprender, en lengua castellana, es un verbo intransitivo. Es decir, es una actitud sin complemento directo. No es tanto el qué emprender, sino el acto en sí. En los últimos años, en muchas latitudes y longitudes, al término emprendimiento, se le ha empezado a añadir el apellido “social”. Y es que la cultura económica y empresarial de un país condiciona mucho emprender. A este respecto, creo que España tiene una oportunidad muy interesante alrededor del emprendimiento social.

Sin embargo, el discurso de los representantes políticos, suele ir más por apuestas de polos tecnológicos, grandes industrias avanzadas y cachibaches techies de última generación. No, discúlpenme, pero tengo mis dudas que podamos apostar por alto valor añadido tecnológico en un país que no contamos con grandes agrupaciones de universidades, empresas y fondos de capital riesgo. Esa visión americana de país que muchos tratan de impulsar, yo no la veo -por lo menos a corto plazo- en España.

Sin embargo, sí que tenemos unas cualidades sociales fuera de lo común en comparación a otros países. Entiendo que nuestra posición geográfica y contacto con otras culturas, religiones y tradiciones nos ha llevado a tener esa visión abierta al mundo y solidaria. Algunas variables proxies que apoyan mi visión. En menos de una década se triplicó la población de origen extranjero, hasta llegar al máximo de 6,7 millones de inmigrantes en 2011 (el 12% del censo, en el TOP-6 de la OCDE). Una ayuda humanitaria a los países pobres que se sitúa actualmente en el 15º puesto de las naciones más solidarias del mundo, en un ranking encabezado por Noruega. Liderazgo mundial en donación y trasplante.

Estos valores se trasladan a que tengamos ejemplos de éxito de emprendimiento social con cierto impacto internacional. La cooperativa L’Olivera produce diecisiete tipos distintos de vino y cinco especialidades de aceite con personas con discapacidades psíquicas y en riesgo de exclusión. Además, emplea para ello los valores naturales de la zona. La Fageda es una empresa con fines sociales que da trabajo a personas con discapacidad intelectual o enfermedades mentales crónicas. Dedicada a la la producción de lácteos, es la tercera productora de yogur en Cataluña. El 70% de los trabajadores tienen alguna discapacidad. El resto del equipo, seleccionadas además de por su capacidad para realizar el trabajo de la empresa, lo son por sus capacidades para tratar con estas personas (el trabajo en equipo que hablábamos al comienzo).

Por lo tanto, ¿hay oportunidades por el emprendimiento social en España? Sin duda alguna. Aquí entran los “para qués”. ¿Qué es mejor? ¿Solucionar problemas sociales (reactivo) o aprovechar oportunidades (proactivo)? Yo creo que para fomentar economías realmente inclusivas, favoreciendo la participación de todos sus integrantes en el sistema económico y en sus beneficios, debiéramos tener una visión más proactiva ante las oportunidades del emprendimiento. Tenemos ahora mismo muchos problemas de índole social en materia de migración de personas, salud, uso poco sostenible de recursos, educación, atención social, etc. Campos esperando soluciones de emprendedores sociales.

Los dominios de un ecosistema de emprendimiento, según el Babson College, son: política, sistema financiero, cultura, soportes, capital humano y mercados. Disponemos de estos elementos, y vivimos en un país al que le vendría muy bien el fomento y la práctica con mayor intensidad del emprendimiento social. Existen metodologías de cuantitivización del impacto económico y social sobre los principales stakeholders de la sociedad (administración, ciudadanos, empresas, agentes de la sociedad civil, etc.). Metodologías como la percepción del ciudadano en la calidad del gobierno, el Social ROI, Análisis Coste-Beneficio, reducción de la desigualdad, o estándares de KPI con perspectivas sociales nos permiten objetivar todo esto.

Y es que hay muchas externalidades positivas que genera todo emprendimiento social. Creación de puestos de trabajo para personas con diversidad funcional, anticipación proactiva al desarrollo normativo, inclusión social, ahorro contributivo (beneficio socio-económico), efecto tractor sobre entidades del sector, ejemplo transformador, generar valor agregado en proveedores y clientes, valor emocional, etc. En definitiva, impacto desde múltiples perspectivas y stakeholders: valor económico para la comunidad; valor social; ahorro para la Administración; riqueza sociosanitaria; etc. Son valores generados por las empresas no contabilizados hasta ahora. Por ello creo que debiéramos reflexionar también cómo apostamos y medimos el éxito de estas iniciativas, quedando mucho por recorrer aún.

Resumiendo. España, un país con elementos necesarios para apostar decididamente por el emprendimiento social. No hablamos tanto del quién (dónde creo que ha estado muy centrado el debate), sino el qué y cómo. Solucionar problemas sociales, usando herramientas y recursos sociales. Una visión 360º de los agentes sociales, que hace que debamos considerar el uso razonable y solidario de los recursos y debamos preocuparnos más por poner en valor todo lo que tenemos. Apostemos por ello.

Alex Rayón Jerez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *