Decía Byung-Chul Han en su ensayo de 2019 que los rituales, como acciones simbólicas, crean una comunidad sin comunicación. En el mundo contemporáneo, cada vez más líquido y digital, hemos visto cómo la sociedad ha ido transformando el paisaje ritual, arrinconándolo en algunos casos o considerándolos un anacronismo o un estorbo en otros.
La Universidad, Deusto en este caso, sigue siendo una de las instituciones en las que que los rituales siguen teniendo un espacio. Hace unos días comenzamos la celebración del 140 aniversario de la Universidad y el Paraninfo se llenó, un año más, congregando a la comunidad universitaria en el inicio de curso. Los coloridos trajes académicos, el desfile del profesorado y su entrada solemne, el coro con su Gaudeamus Igitur, los discursos leídos desde la calma y sin interrupciones…
Con los años he aprendido a honrar lo ritual. Cumplen una función honda: son una forma de parar el tiempo, de obligarnos a mirar juntas en la misma dirección, de crear resonancias y recordar que formamos parte de algo que nos precede y nos trasciende. La Universidad nos transciende a todos.
En el ritual de la lección inaugural del encuentro el Prepósito General de la Compañía de Jesús, Arturo Sosa, nos regaló una reflexión sobre el conocimiento y el «desprecio de la verdad» y la misión de nuestras universidades:
¿Qué servicio específico podemos ofrecer cuando la humanidad necesita, más que nunca, conocimiento riguroso, sabiduría compartida y esperanza activa?
«Atravesamos una profunda crisis del conocimiento«. El conocimiento es despreciado, apuntaba Sosa. La verdad sepultada bajo el ruido de las trincheras y los titulares diseñados para indignar antes que para explicar. Por otro lado, añadía, «el conocimiento puede ser capturado por unos pocos«. Se concentra como puro poder instrumental, como ventaja competitiva o mercancía, despojado de toda reflexión sobre el bien común.
Y ahí viene la conclusión que nos incomoda, y que quiero dejar aquí de manera literal porque me remueve: «No toda producción de conocimiento humaniza. El conocimiento puede iluminar, curar, liberar y reconciliar; pero también puede excluir, vigilar, manipular, destruir o enriquecer a unos pocos a costa de muchos».
¿A quién servimos?
El P. Sosa mencionó una distinción que no es baladí: dar el salto del conocimiento a la sabiduría. El conocimiento, la exigencia intelectual y el rigor corren el riesgo de perderse en lo brillante y el ego. La ciencia y la espiritualidad ignaciana, dijo, requieren de una humildad que trasciende el valor propio y el interés. Descentramiento. «Estamos llamados a buscar, hallar y servir». Sosa recordó a Peter-Hans Kolvenbach cuando mencionó que la universidad no puede ser una isla ni una torre de marfil; tiene que tocar suelo, ensuciarse con las grietas de su tiempo y formar personas que no solo sean «para» los demás, sino sobre todo «con» los demás. Descentramiento y servicio.
Tenemos una tarea entre manos —aquí en Deusto y en cualquier lugar que pretenda educar con sentido— que no es poca cosa: cultivar y custodiar la paciencia de pensar, educar en una esperanza («sin negar la oscuridad») que no sea ingenua ni complaciente, y recordar que la inteligencia solo alcanza su plena dignidad cuando se atreve a servir.
Quizá por eso la verdadera pregunta de inicio de curso no es cuántas cosas nuevas vamos a hacer este año, sino qué horizonte de humanidad estamos ayudando a abrir para el mundo.
«No se conformen con ser usuarios de una formación; conviértanse en protagonistas de una vida con sentido».
Foto de Diana Polekhina en Unsplash
