La intersección entre la inteligencia artificial y la cultura no solo está cambiando la forma en que consumimos arte, sino que, poco a poco, va dinamitando los cimientos económicos de los y las creadoras.
Esta semana he leído el último texto del substack de Aaron Parks en el que reflexiona sobre el movimiento «Fair Trade» (Comercio Justo) aplicado a la música. Allí el artista nos plantea una cuestión incómoda: si para un café de Comercio Justo no dudamos en pagar más para asegurar que el agricultor no sea explotado, ¿por qué aceptamos un ecosistema digital donde la IA se alimenta del trabajo de los artistas sin retorno alguno?
El momento actual es desconcertante. Ante la avalancha de recursos y posibles aplicaciones de la IA en todo lo relacionado con distintas disciplinas artísticas, unos muchos experimentan y juegan con la tecnología y otros se lucran desde una posición extractivista sin atisbo de reflexión desde lo moral. Todo comienza con esa colega de trabajo que «también compone» con Suno («Oye, David, ¿qué tal con el grupo? Ahora yo también hago canciones: mira qué hice ayer»), continúa con el gerente de esa PYME que incorpora música IA al vídeo emotivo del nuevo producto empresa o que hace magia simulando situar sus productos en escenarios bucólicos que en otros tiempos eran reales, y acaba con organizaciones que se dedican a simular ser artistas independientes inundando Tidal o Spotify con contenido que imita las canciones del artista. Usurpadores de identidad que monetizan el nombre y marca de un tercero. Busquen, por ejemplo Tim Adkins (cantante de Jimmy Eat World) en Tidal. Todo esto es IA barata:

Entretanto, nos encontramos rodeados de evangelizadores digitales que pregonan el uso Runway para editar y modificar vídeos, HeyGen para simular que hablas un perfecto chino, ElevenLabs para clonar voces de un tercero sin su permiso, o la dichosa Suno para componer a golpe de prompt.
Esto no va de ventajas competitiva y de ser el más listo de la clase; es una usurpación de identidad cultural donde el beneficio económico se desvía de las personas hacia algoritmos controlados por grandes capitales, minimizando la conexión humana que da valor al arte. Muchos se darán cuenta de que esas canciones no las canta Jim Adkins, pero entretanto, ellos monetizan. Y Jim Adkins se gasta dinero en abogados para que las plataforman eliminen el contenido trampa. Hoy en día Spotify sube miles de canciones robotizadas que incrusta en las listas más escuchadas para ahorrarse el pago de royalties a artistas reales. La mayoría, no se da cuenta. Y la rueda gira.
Yo me hago dos preguntas: ¿podemos permitir que entrenen IAs sin retribuir al artista o a las personas creadoras de los contenidos que las alimentan? Y por otro lado, ¿está preparada nuestra sociedad para valorar el esfuerzo y el trabajo esas personas que crean arte e impulsan la cultura? Mucho me temo que la respuesta en ambos casos, a 10 de mayo de 2026, es negativa. La IA nos aboca a una mayor homogeneización cultural, liderada por unos pocos. Esta es una llamada a la resistencia: ¿estamos dispuestos a pagar el precio real que permita a creadores y creadoras trabajar con unas condiciones mínimamente dignas? No estoy preparado para un tercer NO…
