Cada vez es más habitual cruzarse con una de esas herramientas de IA que nos ofrecen redactar un acta, las conclusiones de una conversación o programar tareas en tres segundos. El prodigio de la eficiencia y la automatización nos deslumbra. Y, sin embargo, me llega como un puñetazo en la boca del estómago: en ese resumen pulido que nos ofrece en 5 segundos el software, ¿dónde quedan los silencios?, ¿cómo se reflejan las dudas que alguien esbozó el comentario a media voz? Esas actas hipersónicas están llenas de certezas…
Nos estamos acostumbrando a habitar en una euforia por esa automatización que promete ahorrarnos tiempo. El riesgo es que, camuflado en ese ahorro de tiempo, la máquina acabe ahorrándonos el engorro de pensar. Leía que hay quien ya compara el paralelismo: si hace 135 años León XIII respondía a los estragos de la Revolución Industrial con la Rerum Novarum, hoy la nueva encíclica de León XIV busca ser una brújula ética contra un relato de poder que amenaza con ensanchar la brecha entre quienes controlan los algoritmos y quienes quedan excluidos de ellos. Porque la técnica nunca es neutra; esconde intencionalidades políticas y económicas que exigen un discernimiento comunitario que vaya mucho más allá de la simple supervivencia digital.
Me gusta el texto. Me gusta cómo se moja (estos días en su visita a España también está siendo así). Es político. La IA es también política. El texto de León XIV nos recuerda que los algoritmos no tienen moral porque carecen de cuerpo; no sufren, no sienten el peso del cansancio. Tampoco saben lo que es la compasión. Y es ahí, en la carne, donde la tecnología se tiñe de negro: detrás de los microchips de última generación se esconde la explotación de niños y adolescentes que trabajan en condiciones infrahumanas en las periferias del planeta para extraer tierras raras. Además, con nuestras consultas, agentes programados y chorradas varias, calentamos el planeta y ponemos en riesgo el medio ambiente. Nos encontramos, de nuevo, con «una economía que mata» que interpela directamente nuestra labor universitaria: ¿para qué educamos hoy?, ¿para competir en velocidad con una máquina o para cultivar conciencias libres e inquietas?
La encíclica nos sitúa ante una elección radical: o levantamos una nueva torre de Babel de autosuficiencia técnica y contribuimos a una mayor desigualdad, o edificamos una ciudad habitable donde la tecnología esté al servicio de la dignidad y la credibilidad institucional dependa del acercamiento desde la justicia a los «cuerpos heridos» de nuestro tiempo. La cosa no va únicamente de regular el algoritmo, sino de preguntarnos qué tipo de personas estamos construyendo mientras lo usamos. Al final, las pantallas se apagarán y los servidores se enfriarán. Y lo absoluto serán los silencios y los para qués.
La fe nos invita a leer esta realidad como una llamada; no somos simplemente vecinos unos de otros, sino que estamos confiados los unos a los otros, para que cada uno se haga cargo, en la medida de lo posible, de la vida y de las heridas del hermano y de la hermana. La solidaridad nace precisamente cuando decidimos no permanecer indiferentes frente a aquello que le sucede a nuestro prójimo y transformamos vínculos inevitables —económicos, culturales y tecnológicos— en itinerarios de intercambio, de cooperación y de cuidado mutuo, aprendiendo a «pensar y actuar en términos de comunidad». León XIV – Magnifica Humanitas
