El PIB sube apoyado en dos muletas quebradizas. No hemos aprendido a producir más con lo mismo, sino que lo hacemos porque sumamos brazos y gasto público con más deuda
Artículo publicado en El Correo (29/12/2025)

El Banco de España ha elevado cuatro décimas su previsión para 2026: el PIB crecerá un 2,2%, tras un notable 2,9% en 2025. En total, revisa al alza nueve décimas el avance acumulado hasta 2027, vaticinando una desaceleración persistente, pero moderada. El empleo resiste, con más de un millón de nuevos puestos en el bienio, y la tasa de paro desciende al entorno del 10% el próximo año, la más baja en lustros. El consumo privado late con fuerza. Las exportaciones de servicios no turísticos alcanzan récords. España sigue progresando por encima de sus vecinos más cercanos, como un olivo viejo que aún da fruto en tierra seca.
Pero no todo es luz en este paisaje. Ese crecimiento, tan loado en los titulares, avanza sobre dos muletas quebradizas: la llegada masiva de inmigrantes que aportan mano de obra poco cualificada al mercado, y el gasto público financiado con deuda, esa manivela que el Estado acciona sin descanso para mantener el motor en marcha. El PIB sube, sí, pero no porque hayamos aprendido a producir más o mejor con lo mismo, sino porque sumamos más brazos y más deudas. Es un progreso aparente, como el del caminante que se desliza ligero ladera abajo, pero evita los repechos a toda costa.
A finales de 2025, España se mantiene en la mitad de la tabla de los países desarrollados: ni líder, ni colista, un alumno dispuesto que va arrastrando aprobados. En los grandes indicadores internacionales ocupamos posiciones modestas: destacamos en infraestructuras, sanidad y esperanza de vida, pero flaqueamos en productividad, innovación y talento. Somos los mejores entre los medianos y aceptables, blandiendo una sonrisa conformista sin ocultar nuestra distancia con los nórdicos, suizos o asiáticos dinámicos.
El índice más exigente, el rating soberano, refleja esta medianía cómoda. Recientemente, las agencias han elevado nuestra nota a A+ o equivalente. Es una buena noticia, que abarata nuestra financiación y atrae inversión extranjera. Pero no nos engañemos: esa A nos coloca a años luz de la triple A que ostentan Alemania, Noruega y otros. Sánchez proclama que «España va como un tiro» porque el PIB sube, olvidando el problema insoportable de la vivienda y la carestía de la cesta de la compra, pero sobre todo nuestras grietas más profundas y antiguas. Recordémoslas.
La primera es nuestra famélica productividad. Crecemos añadiendo factores —más trabajadores, más capital—, pero apenas afinamos la eficiencia. La productividad por ocupado apenas se mueve, estancada en una atonía que revela un modelo reacio a innovar, a organizar mejor, a competir en lo alto de la cadena de valor.
La segunda fractura nace de la longevidad extendida, esa bendición que se torna hipoteca imposible de atender. El contrato intergeneracional, encarnado en las pensiones, sostiene a nuestros mayores con dignidad, pero su coste crece inexorable sin una pedagogía clara. Las generaciones jóvenes contribuyen a un sistema garantizado por decreto, pero repleto de dudas y aversiones.
La tercera es el paro estructural, ese suelo de dos dígitos que aceptamos como paisaje inevitable. Miles de talentos permanecen infrautilizados. El empleo crece, pero no se transforma. El desempleo baja, aunque no desaparece, como una herida que cicatriza en la superficie mientras supura bajo la piel.
Y la cuarta, no la menos insidiosa, nuestra adicción patológica al endeudamiento. La deuda pública supera el 100% del PIB, una anestesia que aplaza decisiones incómodas y financia el presente con cargo al futuro.
Mientras los tipos acompañan, todo sigue. Pero si suben, la factura será prohibitiva. Sustituir disciplina y eficiencia por crédito empobrece la solvencia y trastoca la realidad, derrochando a cuenta de una herencia futura que es de todos y que no ha de llegar.
Estas cuatro fallas no son males aislados. Son ecos de una misma carencia, la falta de un relato compartido entre lo público y lo privado que ordene prioridades y reparta esfuerzos. España es presa hoy de un grave mal que divide y polariza. Una cadena que hay que romper y crear un horizonte reconocible.
Brindemos, pues, por 2026: que la sórdida política que nos envuelve no arruine el esfuerzo cotidiano de millones de ciudadanos.
Y una última reflexión: identificar las grietas exige una vigilancia minuciosa. Porque, afortunadamente, las economías no suelen caer de golpe: antes se agrietan, y avisan.
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