Artículo publicado en el Economista (06/01/2026)

Majestades: En anteriores circunstancias de gran tribulación –la crisis subprime de 2008, la pandemia en 2020, o los estragos derivados de la guerra en Ucrania– se cursaron memoriales urgentes a vuestra sede invisible, solicitando consejo y amparo para superar las adversidades que nos asfixiaban. Hoy, al inicio de 2026, este escrito se remite con menor apremio, pero no exento de gravedad y de preocupación.
El desmoronamiento político en nuestras latitudes lo anega todo como una pleamar necesaria, mientras la economía transita como una huérfana laboriosa y responsable. El ejecutivo de la nación, sumido en una parálisis legislativa, se atribuye logros que son mérito del sector privado. Entre ambas realidades el entendimiento no existe o es insignificante. De forma paralela, los partidarios de los distintos dogmas políticos, lejos de entenderse de manera civilizada, se hallan inmersos en una ola de antagonismo ideológico, donde cada cual pretende imponer su visión a los demás, alimentando una polarización cada vez más visible y corrosiva. Dos plagas que han devorado nuestra hombría de bien, nuestra paciencia y nuestra tolerancia en unos pocos años.
Como usuarios y depositarios exclusivos que sois de aquella estrella refulgente y sonora que os condujo hasta Belén, os invocamos de nuevo para que tengáis a bien accionar algún resorte milagroso de cordura, para que remitáis alguna señal o imprimáis algún mensaje en las mentes de los actores en el desorden reinante en España: a los ciudadanos de a pie, y a cuantos moldean la vida económica y política, gobiernos, sindicatos, patronales, laboratorios de ideas y organizaciones de la sociedad civil.
La economía transita sola o mal acompañada. Los empresarios sienten frío frente a las facciones extremistas del gobierno que, en no pocas ocasiones, los utilizan como blanco de sus descalificaciones, tachándolos de depredadores en lugar de ensalzarlos como inversores, contribuyentes y creadores de empleo.
Majestades, permitidnos una confidencia franca: lo que avistamos cada día en esta parcela del planeta es una fachada con profundas grietas que el oropel del crecimiento no puede disimular.
En lo cotidiano, la cesta de la compra incluye un impuesto silencioso llamado inflación, que impide a millones de familias llegar con holgura a fin de mes. La vivienda, por su parte, se erige en una muralla infranqueable para toda una generación, con precios y alquileres que devoran salarios y convierten la emancipación en una quimera. ¿Puede utilizarse la alegoría de ir “como una moto” en un país donde el techo propio es un privilegio inalcanzable? La pobreza se extiende como una niebla impenetrable, casi física, mientras la productividad, nuestra herida más dolorosa, apenas logra avanzar. Porque, es verdad que el PIB nacional ha cerrado 2025 con un alza del 2,9%, el mayor altavoz de la Moncloa, pero una gran parte de ese avance responde a unas irrepetibles ayudas europeas, algunas de ellas inexplicablemente devueltas a Bruselas, y el resto a la suma de nuevas manos y más deudas.
El prodigio de la longevidad –una esperanza de vida que roza ya los 84 años– se ha transformado en una hipoteca insostenible, con un sistema de pensiones que pone al descubierto todas sus costuras. Y el gasto público financiado crecientemente con deuda, esa manivela que el Estado acciona sin descanso para mantener el motor de la economía en marcha, se emplea a discreción como una anestesia eficaz a corto plazo, pero que aplaza decisiones incómodas y financia el presente con cargo al futuro.
Las subvenciones sugieren una orgía distributiva que, mal asignada, distorsiona los incentivos y engendra dependencia –el llamado “riesgo moral”– un veneno dulce de efectos perniciosos. La inmigración, necesaria para apuntalar la población y sostener el crecimiento, llega como una marea descontrolada: miles de individuos atrapados en empleos de bajo valor añadido, sin integración efectiva ni horizonte de progreso. El empleo registra récords históricos, pero sigue arrastrando un paro estructural en torno al 10,3%, el más alto de Europa, con brechas profundas de género, edad y territorio. Y a ello se suma un fenómeno cada vez más visible: un absentismo laboral que encabeza los registros del continente y erosiona añadidamente la productividad.
Al cabo, Majestades, el país que habitamos atraviesa un divorcio profundo: entre la economía real, que lucha en las trincheras cotidianas, y la política, absorta en su endogamia y supervivencia, salpicada de corrupción y entregada a un relativismo moral que asombra por su osadía y frialdad. Ambos mundos avanzan en direcciones opuestas, y en medio queda una sociedad enfrentada, obligada a pagar, sin haber contraído la deuda, la factura de una confrontación entre credos políticos.
No os pedimos oro –¡y menos a estos precios!– ni incienso para perfumar discursos vacíos. Bastaría introducir en nuestro contorno algunas dosis de lucidez, la mirra de un sueño diurno sobre la fuerza de la convivencia frente a la división sin sentido. E inspirar esa forma de coraje que se llama tolerancia.
Dignaos, Altezas, enviar algunos emisarios reales de incógnito, o iluminar las mentes con los rayos de una estrella menor, o crear una nube que derrame una lluvia de indulgencia, o cualquier medio que atraviese la armadura del odio, transforme mentes y corazones, y recuerde a todos que aún es posible entenderse. Y que los gobiernos no están para ser servidos sino para servir.
Con respeto afectuoso,
Un ciudadano.
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