El descubrimiento petrolero en Venezuela, paradójicamente, dañó la estructura productiva del país y desincentivó la inversión
Artículo publicado en El Correo (19/01/2026)

El llamado «mal holandés» es un fenómeno macroeconómico que describe cómo un acontecimiento positivo de carácter duradero puede, paradójicamente, dañar la estructura productiva de un país. El término nació en los años 70, cuando los Países Bajos experimentaron el boom del gas natural en el Mar del Norte. Las entradas masivas de divisas fortalecieron el florín, encarecieron las exportaciones manufactureras y debilitaron ese sector tradicional, generando un contrasentido donde la riqueza inmediata producía vulnerabilidad futura.
En esencia, el mecanismo se despliega por dos canales diferentes. Por un lado, el efecto gasto: los ingresos adicionales elevan la demanda interna de bienes y servicios (construcción, comercio minorista, servicios públicos), lo que impulsa sus precios relativos, monopolizado el capital y la mano de obra existentes. Por otro, el efecto apreciación cambiaría, el flujo de divisas, aprecia la moneda local en términos reales, haciendo que los productos manufacturados o agrícolas del país resulten relativamente más caros en los mercados internacionales, mientras las importaciones se abaratan.
El resultado es una reasignación de recursos que privilegia las importaciones frente al desarrollo doméstico. Esta dinámica fomenta una dependencia importadora crónica. La riqueza entrante se canaliza masivamente hacia compras del exterior –bienes de consumo, alimentos, maquinaria— en lugar de invertirse en actividades sustitutivas que fortalezcan la autonomía productiva. Sin una visión estratégica, el país se vuelve cautivo de sus proveedores extranjeros y va perdiendo paulatinamente capacidad para generar empleo diversificado, innovación y resiliencia ante shocks externos. La economía se vuelca en lo fácil y volátil –comprar masivamente en el exterior– mientras se marchitan las bases de un desarrollo autosostenido.
Este patrón se ha repetido en múltiples economías ricas en recursos. Nigeria, por ejemplo, vio cómo el boom petrolero de los 70 fortaleció la naira y contrajo la agricultura exportadora tradicional, causando una dependencia del crudo que aún ronda el 90% de las exportaciones actuales. Angola, rico en petróleo y diamantes, importa más del 90% de sus alimentos tras apreciar el kwanza y abandonar la atención de sus tierras fértiles. En cambio, Botsuana evitó el peor escenario: desde el descubrimiento de las minas de Diamantes en 1967, creó un fondo soberano, invirtió en educación e infraestructura y mantuvo políticas prudentes que limitaron la apreciación excesiva, logrando un crecimiento sostenido del PIB per cápita.
Noruega ofrece el modelo paradigmático: con el petróleo del Mar del Norte, acumuló el mayor fondo soberano del mundo (alrededor de 2 billones de dólares en 2025) y diversificó sus inversiones hacia las energías renovables, la tecnología o la acuicultura, representando los retornos del petróleo alrededor del 20% del PIB.
Venezuela encarna uno de los casos más dolorosos y prolongados. Desde el descubrimiento petrolero en 1922 y el boom de los 70 —la época de la «Venezuela saudita»—, el crudo se impuso como eje económico absoluto, superando el 95% de las exportaciones y de los ingresos fiscales. La apreciación del bolívar hizo inviables exportaciones tradicionales como el café, el cacao o las manufacturas ligeras, incentivando importaciones masivas y desincentivando la inversión doméstica. Entre 2004 y 2014, durante los gobiernos de Chávez y Maduro, los altos precios del crudo financiaron subsidios e importaciones sin visión de largo plazo. La revalorización del bolívar condujo a las producciones agrícola e industrial al colapso.
La posterior caída de precios en 2014-2016 destapó la fragilidad del sistema: hiperinflación extrema, contracción del PIB cercana al 80% y emigración de alrededor de 8 millones de personas. En 2025, pese a una modesta recuperación, con una producción petrolera alrededor de 1 millón de barriles diarios, gracias a las compras de China y a licencias como las de Chevron, la dependencia persiste: el petróleo representa cerca del 90-95% de las exportaciones, con unos ingresos muy vulnerables a las sanciones, a la subinversión y a la volatilidad.
La enfermedad holandesa no es un proceso inexorable. Exige respuestas institucionales firmes y visión de largo plazo. En economías como la venezolana, el futuro económico –cuajado ahora de incógnitas políticas– pasa por reducir drásticamente la dependencia petrolera, revitalizar la agricultura y la industria mediante incentivos fiscales, la apertura comercial selectiva y la reconstrucción institucional que priorice la estrategia sobre el gasto inmediato. Sin reformas profundas, la situación se mantendrá o agravará conduciendo eventualmente al colapso.
Trump sujeta, entretanto, la rueda del timón.
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