La compañía de teatro “Areski Taldea” de estudiantes egresados del campus de Bilbao ha representado con éxito “El fantasma de la casa“, una obra que nace de la necesidad de hacer las paces con el pasado para seguir viviendo.

Periódico Bilbao / enero 2026 | Alejandro López.
¿Puede dañarnos un fantasma? La respuesta, por sorprendente que parezca, es afirmativa. Pero estos fantasmas no son almas errantes que vagan por mansiones encantadas. Existen y, además, están más cerca de lo que creemos: habitan en la mente. Allí, en los rincones más oscuros de la psique, se esconden los verdaderos espectros, listos para atacar cuando su víctima se siente, por fin, segura. Esta es una de las conclusiones que deja El fantasma de la casa, la más reciente obra de la joven compañía Areski Taldea. Escrita por Aixa Yerga y codirigida junto a Aitor Pérez, se estrenó en mayo en el paraninfo de la Universidad de Deusto, regresó en noviembre a la Sala Kontainer y en diciembre a la Sala X. Ahora, el grupo busca que su mensaje continúe expandiéndose por nuevos espacios.
“La obra nace de la idea de que, si quieres poder seguir viviendo, tienes que reconciliarte con el pasado”, afirma su autora. El pasado de Adela está marcado por la violencia de la pareja de su madre. Años después, vive una existencia aparentemente estable, pero no ha logrado librarse del fantasma: un ser implacable que parece alimentarse de su desesperación. Este espectro, según Yerga, sirve para personificar “cualquier trauma, miedo o sufrimiento intenso de la infancia de las personas”, que, en ocasiones, se originan en experiencias de maltrato. “De alguna forma, me ha servido también para simbolizar todo ese sufrimiento en una especie de monstruo”, concreta.
Por su parte, Aitor Pérez —quien interpreta este papel además de codirigir la obra— apunta que, al plantear este personaje, se buscó dotarlo de un alto grado de simbolismo: “Que no tuviera una presencia física grande, que no fuese concreto, que se moviese de formas un poco erráticas y que se pudiese interpretar de muchas maneras más personales. Quisimos hacerlo de una forma más abstracta y puramente diabólica, porque se acomodaba mejor así”, explica.
Una Adela adulta se enfrenta, pues, a este ser al tiempo que protege a una versión infantil de sí misma. En este camino le acompañan otros personajes, como el príncipe. “No representa a una persona concreta, sino una idea: la necesidad de encontrar en el amor una solución a los problemas personales, esa fantasía de que alguien te rescatará del castillo. Es el escapismo emocional”, explica la dramaturga.
Quien se encarga de contrarrestar el embrujo romántico del príncipe es el filósofo, una suerte de personificación de una voz interior —en ocasiones, compañera; en otras, insidiosa— que alienta a Adela a mirar hacia delante y enfrentarse a esa realidad insoportable. “Es quien intenta forzarla a enfrentarse a sí misma, a construir sus propias respuestas. Pero no siempre lo hace de la mejor manera: a veces resulta cruel, machacante, incluso hiriente, aunque diga la verdad”, describe Yerga.
En este mundo tangible habita la madre de la protagonista, un personaje cosido de complejidades, víctima y verdugo al mismo tiempo. Sobre ella, Yerga cuenta que, pese a verse sometida al maltrato del fantasma, de manera indirecta también es responsable del martirio de Adela. En este sentido, tanto la autora como el director de la obra sostienen que esta huye de los marcos mentales maniqueos para poner sobre la mesa una realidad incómoda y compleja.
“De algún modo, los demás tenemos que hacer las paces con ese hecho. Ocurre también en otras situaciones, como el acoso escolar: hay personas que presencian la violencia pero no hacen nada, por miedo o por incapacidad a reaccionar”, apunta Yerga. La dramaturga también subraya la importancia de reconocer esa dualidad y poner el foco en “reflexionar y entender” estas situaciones más que en el mero perdón. “No se trata simplemente de ‘es mi madre, tengo que perdonarle’, sino de reconocer que hace falta trabajo, aceptación y comprensión. No es ni una buena ni una mala madre: es alguien que ha vivido algo, y la obra muestra cómo gestionan eso madre e hija”, zanja la autora.
Por ello, el concepto del perdón atraviesa buena parte de la obra y cumple un papel central en el arco emocional que cruzan Adela y su madre. Eso sí, la pieza no presenta la redención como algo que se alcanza por completo: solo muestra el inicio de un proceso que la protagonista deberá continuar más adelante. Ella empieza a hacer las paces con el pasado, pero debe seguir caminando. “El desenlace es deliberadamente ambiguo: no hay una resolución absoluta. En cincuenta minutos no se puede superar un trauma ni alcanzar una redención total. La obra refleja el proceso, no el resultado”, concluye Yerga.
Un proceso en el que el espectador acompaña a Adela en su particular viaje de catarsis. Porque, ¿puede dañarnos un fantasma? De nuevo, sí; pero también es posible exorcizarlo.
Leave a Reply