Artículo publicado en El Economista (27/01/26)

El martes de la semana pasada, en el auditorio principal de Davos, se produjo un silencio que dejó de ser protocolo y se convirtió en conciencia. Hablaba Mark Carney.
Con anterioridad, el presidente de Estados Unidos había mantenido un largo discurso, en el tono acostumbrado y con los mensajes amenazantes de siempre. Hubo gestos de incomodidad, murmullos, alguna protesta ahogada. Al término, sin ovaciones, algo trascendental acababa de ratificarse ante los ojos de una marea de asistentes. El foro que durante décadas había simbolizado la cooperación, la previsibilidad y el orden compartido se había convertido en el altavoz de una ruptura anunciada entre el garante del sistema y el propio sistema.
Cuando Mark Carney subió al estrado no habló como un jefe de gobierno. Habló como alguien que venía a poner nombre a lo que todos habían sentido y pocos habían asumido. «Vivimos dentro de una mentira», proclamó. La frase no era retórica. Era quirúrgica.
Carney recordó una anécdota relatada por Václav Havel. La del tendero que cada mañana colocaba en su escaparate el cartel oficial de «¡Proletarios del mundo, uníos!». No porque creyera su contenido, sino para evitar problemas. La mayoría tampoco lo creía, pero todos lo hacían. Y ese gesto colectivo sostenía artificialmente un sistema imposible tras el telón de acero.
Durante décadas —vino a decir Carney— los países, las empresas y las instituciones habían colocado también su cartel en el escaparate: el de un orden internacional basado en reglas. Sabían que era una ficción parcial. Que las reglas se aplicaban de forma asimétrica. Que los fuertes se eximían de ellas cuando les convenía. Pero la ficción era útil. Permitía prosperar. Permitía hablar de valores bajo la protección de una hegemonía que garantizaba bienes públicos globales. Ese pacto había terminado.
Durante décadas se nos había enseñado que la interdependencia comercial convertía la guerra en improbable y que la integración financiera disciplinaba a los Estados. Carney estaba denunciando que ese supuesto había dejado de ser cierto. Que la interdependencia ya no protege: expone. Que las cadenas de suministro ya no conectan: subordinan. Y que la integración económica, lejos de ser garantía de estabilidad, se había convertido en un instrumento de coerción.
Las grandes potencias ya no disimulan. Usan los aranceles como palanca, las finanzas como presión y las cadenas de suministro como arma estratégica. La integración económica, que debía proteger a todos, se había convertido paulatinamente en el mecanismo que permite condicionar a los más vulnerables.
Y en ese punto, Carney pronunció lo que en Davos sonó como una herejía liberadora: ha llegado el momento de retirar el cartel del escaparate. El viejo orden no va a volver. Y la nostalgia no es una estrategia.
Carney no apeló al multilateralismo clásico, debilitado y exhausto. Tampoco propuso levantar murallas nacionales. Introdujo una categoría nueva: el protagonismo autónomo de las potencias medias. Hasta ahora, el mundo se explicaba en términos de grandes potencias y países satélite. Carney rompía ese esquema. Afirmaba que existe un tercer espacio formado por Estados que no pueden imponer, pero que tampoco están dispuestos a someterse. Y que, actuando coordinadamente, pueden generar un equilibrio nuevo en un mundo que ya no se rige por reglas compartidas.
A eso lo llamó «realismo basado en valores». Realismo, porque el mundo ya no funciona como se decía que funcionaba. Basado en valores, porque sin ellos la adaptación se convierte en pura sumisión. «Si no estamos en la mesa, estamos en el menú». La frase resonó en la sala con el mensaje agridulce de la sátira, como un principio estratégico y moral al mismo tiempo.
Pero el verdadero alcance del discurso iba aún más lejos. Si la integración económica puede ser utilizada como arma, entonces la autonomía estratégica deja de ser una consigna política para convertirse en una necesidad económica. Energía, minerales críticos, defensa industrial, tecnología y cadenas de suministro pasan a ser elementos de soberanía. No por nacionalismo, sino por supervivencia en un entorno donde las normas ya no protegen. Es, en términos intelectuales, el fin de la globalización ingenua.
Un mundo de fortalezas será más pobre y más frágil, advirtió. Pero un mundo donde las potencias medias dejan de competir por agradar al hegemón y empiezan a cooperar entre sí puede ser, paradójicamente, más estable que el que acabamos de perder. «Los poderosos tienen su poder. Nosotros tenemos la capacidad de dejar de fingir». En esa frase se concentra el legado del discurso.
Davos ha sido durante décadas el lugar donde se celebraba la ficción útil de un orden compartido. Este año, por primera vez, ha sido el lugar donde un gran estadista y un visionario ha explicado por qué esa ficción ya no puede sostenerse.
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