Aquella frágil democracia se ve en Europa como mejor opción que China o EEUU.
Artículo publicado en El Correo (03/02/2026)

Se acaba de alcanzar, después de casi 20 años de negociación, «la madre de todos los acuerdos», un pacto comercial entre la Unión Europea e India. Crea un mercado de 2.000 millones de personas que representan una cuarta parte del PIB mundial.
Se trata de un acuerdo con el país más poblado del mundo, con casi 1.500 millones de habitantes; con la quinta mayor economía del mundo después de más de tres décadas de rápido crecimiento; con la mayor democracia, con 970 millones de votantes; y con una nación, finalmente, que desde su independencia en 1947 ha venido jugando un importante rol en las relaciones internacionales, ya sea por su papel de promotor del Movimiento de los Países No Alineados en el contexto de la Guerra Fría, por su portavocía de los intereses del Sur Global y actualmente, sobre todo, por su importancia geoestratégica en Asia.
India se considera un aliado estratégico de Estados Unidos, de la Unión Europea, de Rusia y de China, especialmente de estos dos últimos, pues están asociados en el marco de los BRICS, la agrupación de economías emergentes de la que India es miembro fundador y que podría considerarse como un bloque estratégico rival del G7.
En un contexto mundial cambiante que parece rumbo a la creación de bloques rivales, incluso de una Guerra Fría 2.0, vale la pena preguntarse cómo puede India mantener buenas relaciones con todo el mundo en un ejercicio de «ambivalencia estratégica», muy evidente en su reacción a la invasión rusa de Ucrania en 2022.
La preocupación principal de la política exterior india es China. Firmes aliados en el marco de los primeros años de No Alineación, esta relación se torció en 1962, cuando China atacó a India para consolidar su control sobre Tíbet y la frontera en el Himalaya.
Desde entonces Pekín ha sido el principal proveedor militar –incluso de tecnología nuclear– de Pakistán, con el que India ha librado cinco guerras desde 1947. Sin ir más lejos, en 2020, soldados de ambos países llegaron a las manos en la frontera desmilitarizada que comparten en el Himalaya, con varios muertos.
Y sin embargo, China e India están asociados dentro de los BRICS, junto con Rusia, promoviendo una alternativa al dominio de Occidente y, sobre todo, de EE UU. Esta alianza se ha fortalecido en el último año como respuesta a los aranceles adicionales impuestos a Delhi por el presidente Trump como castigo por sus constantes importaciones de petróleo ruso, lo que llevó al presidente chino a invitar a India a estrechar relaciones.
Asimismo, India se niega a abandonar su amistad con Rusia, ya sea por el legado de sus tradicionales relaciones con la antigua URSS, o por el hecho que importa de allí hasta el 80% de sus armas, o por la fuerte dependencia de un crudo ruso barato.
No obstante su alianza económica y estratégica con Rusia y China, India mantiene acuerdos de seguridad con Washington y participa en el llamado Quad, el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral que mantiene con Japón, Australia y EE UU, cuyo objetivo es controlar el expansionismo de Pekín en el mar de China Meridional.
En un mundo que cambia cada vez más rápido, donde se desmorona el orden mundial establecido y aumentan las incertidumbres, la consolidación de las relaciones comerciales entre la UE e India tiene mucho sentido.
Tradicionalmente, los vínculos entre las dos partes se han centrado en lo comercial; este acuerdo fortalece estos aspectos pero también abre la posibilidad de una mayor flexibilidad geoestratégica para las dos partes. Ya existen planes para acuerdos más políticos, relacionados con la lucha contra el cambio climático y la seguridad. Y precisamente ahí se abren nuevas incógnitas.
Aunque India es la mayor democracia del mundo, desde 2014 gobierna un partido –el BJP de Narendra Modi– inspirado en el nacionalismo hindú, que defiende políticas abiertamente discriminatorias contra la minoría musulmana y parece tener más en común con el populismo ultraderechista de Francia, Alemania o España, o con el propio movimiento MAGA de Donald Trump.
La desigualdad de género es de las más flagrantes del mundo, se presencian todos los años miles de actos de violencia contra las castas inferiores, sobre todo contra los dalits, y el conflicto de Cachemira es una sangrante ciénaga de abusos militares y atentados integristas. Por si esto no fuese suficiente, alrededor del 20% de la población vive en la pobreza extrema.
Y sin embargo, para la clase dirigente europea esta democracia tan frágil parece una opción mejor que China, un claro rival económico y político, o incluso unos hasta ahora imprescindibles Estados Unidos pero cada vez más sumidos en una inquietante deriva autoritaria.
¡Nos toca vivir tiempos interesantes!
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