El poder del derecho internacional reside en la búsqueda d estabilidad con alianzas. El de Trump, en el caos a través de la fuerza
Artículo publicado en El Correo (07/03/2026)

La mañana del día 28, un periodista de la televisión iraní transmitía compungido y con la voz entrecortada el magnicidio del Líder Supremo, Alí Jameneí, que gobernó durante 36 años bajo la forma de una oligarquía de sacerdotes islamistas con puño de hierro. Se decretó el luto nacional durante cuarenta días. Al mismo tiempo, en varias regiones, grupos de ciudadanos salían a la calle para celebrar el fin del régimen, incluso con fuegos artificiales. La comunidad internacional asiste al fin de una era en Oriente Próximo.
El asesinato de Jameneí se producía como consecuencia de la agresión conjunta, a plena luz del día, de fuerzas de Israel y EE UU contra instalaciones civiles y militares y la residencia del dirigente en Teherán. Paradójicamente, ocurría en un momento en el que las perspectivas de las negociaciones de paz eran favorables. El ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, se mostró dispuesto a negociar, pero también anunció que no se plegaría a todas las exigencias de Washington. El problema, uno de ellos, es que Trump entiende por negociación la amenaza, la intimidación y el ultimátum. Y loro viejo no aprende a hablar.
El loro rompió las negociaciones y adujo varias razones para atacar, todas mezcladas: el secuestro de la Embajada estadounidense en Teherán y la toma de rehenes durante 444 días en 1979; el rescate a los manifestantes iraníes que protestaron contra el régimen a primeros de año y fueron acallados por la Guardia Revolucionaria con decenas de muertes, heridos y detenidos; y alegó también la amenaza del programa nuclear. En realidad, es un ataque de dos enfurecidos –Donald Trump y Benjamín Netanyahu– porque su rival no se rinde. La operación ‘Furia épica’ no puede llevar un nombre más representativo.
Pero han de recordar que Irán no es Venezuela. Su tamaño es casi el doble; su población –92 millones de habitantes– triplica la venezolana y su ejército es superior a los militares chavistas. Teherán ha respondido con ataques a bases militares estadounidenses en Bahréin, Catar, Kuwait, Arabia Saudí, Jordania e Irak. Ha bloqueado el tránsito por el estrecho de Ormuz, que controlan los hutíes de Yemen y el propio Irán. Y Hezbolá ha decidido intervenir en legítima defensa. El conflicto se alarga en el tiempo y se extiende en Oriente Próximo. Todo es impredecible. Será difícil encontrar una Delcy Rodríguez iraní.
Fue el ministro de Asuntos Exteriores noruego, Espen Barth, el primero que de manera contundente se mostró en contra de la agresión: «El ataque preventivo no está en línea con el derecho internacional porque requiere de una amenaza inminente e inmediata». China condenó la muerte del Líder Supremo por violar la soberanía y la seguridad de Irán. Y el Gobierno español declaró que se puede estar contra un régimen odioso y a la vez en contra de una acción militar injustificada.
La llamada operación de combate no ha sido autorizada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, único órgano en el mundo que puede legalmente aprobar el uso de la fuerza cuando existe una amenaza a la paz o a la seguridad internacional. Hay que recordar que en noviembre pasado el Consejo de Seguridad, en una especie de acto de inmolación, permitió la constitución de la Junta de Paz para Gaza, órgano que reemplazaría a la ONU en el proceso de transición gazatí. Es más, incluyó el plan de paz, que dirigirá Trump, en la Resolución 2803, de 17 de noviembre de 2025, aprobada con el voto afirmativo de trece Estados miembros y la abstención de China y de Rusia. Así las cosas, por el momento no cabe esperar mucho del Consejo de Seguridad, el órgano que encarna la garantía de paz en el mundo. Por su parte, la Unión Europea traslada mensajes para autojustificarse. El mundo espera que logre algo más, independientemente de lo que diga.
Los Estados transmiten de manera unilateral su respuesta a la agresión. Esto refleja la fragilidad de las instituciones internacionales, de las coaliciones de Estados. El primer ministro canadiense, Mark Carney, advirtió en Davos de que había que tejer alianzas entre compañeros fieles que compartan los mismos principios. El poder del derecho internacional reside en la búsqueda de la estabilidad a través de alianzas, es la antítesis de la ley de la jungla. El poder de Trump reside en el caos a través de la fuerza. Uno y otro son incompatibles. Pero la lucha pacífica contra la fuerza no es nueva, es el desafío y el destino del derecho internacional desde que en 1919 se aprobó el Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial.
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