¿Cuidan las empresas a nuestros profesionales con esmero, empatía y compromiso?
Artículo publicado en El Correo (15/06/2026)

Durante décadas, la cultura laboral en nuestro entorno se cimentó sobre la promesa de la permanencia. En los hogares de la generación de mis padres, la empresa era concebida como un espacio de acogida y certidumbre, donde era posible desarrollar toda una vida laboral. La aspiración familiar, ligada a la excelente reputación de algunas grandes y sólidas entidades, pivotaba sobre el cuidado a la persona y la seguridad económica. Aquella generación buscaba, legítimamente, un refugio y un proyecto de vida.
Mi propia experiencia académica me permitió atisbar el inicio del cambio. Formar parte de las promociones pioneras del programa Erasmus en Francia o cursar estudios de posgrado fuera de mi entorno me descubrieron un horizonte de movilidad internacional. Aunque en mi caso particular las decisiones vitales y el arraigo pesaron más que las propuestas institucionales en el extranjero, aquella vivencia me enseñó una lección fundamental: las elecciones profesionales nunca responden únicamente a incentivos económicos.
Tres décadas después, los datos ratifican que esa movilidad es ya un fenómeno de carácter estructural. Así se constata en el reciente informe elaborado por Deusto Business School para Artizarra Fundazioa. Se trata de un exhaustivo trabajo de investigación que analiza con rigor la diáspora de jóvenes profesionales altamente cualificados de la Comunidad Autónoma Vasca y de Navarra.
Según las conclusiones de este estudio, el 17,5% de los jóvenes nacidos en Euskadi y Navarra reside actualmente fuera de su territorio origen. Y el perfil que dibuja el informe no admite equívocos: se trata de un capital humano con titulación superior, con un fuerte predominio de especializaciones estratégicas en áreas de ingeniería, ciencias y gestión empresarial.
Europa alerta ya de una competición global por el talento. Una realidad que en nuestro país colisiona con una preocupante asimetría que el análisis de Deusto y Artizarra Fundazioa ayuda a entender: estructuras laborales con alta presencialidad horaria, pero aquejadas de menor productividad y salarios sensiblemente inferiores a los de nuestro entorno europeo. En este escenario, la emigración juvenil no es una cuestión de desapego sino de la búsqueda legítima de reconocimiento, proyección, condiciones competitivas y bienestar.
Frente a esta realidad, considero que la pregunta institucional y empresarial ya no debe centrarse exclusivamente en cómo retener el talento. Desde mi punto de vista el debate se centra en qué tipo de vida quieren construir los jóvenes de hoy. Como madre de una hija que inicia ahora su etapa universitaria, mis aspiraciones para ella distan mucho de lo que deseaba la generación de mis padres de entrar en una buena empresa para toda la vida.
Desde una perspectiva tanto personal como de analista, creo que es de más interés que las nuevas generaciones apuesten y sean capaces de desarrollar carreras alineadas con su propósito vital, donde el trabajo aporte sentido y no sea una fuente continua de estrés y donde se perciba un equilibrio entre salario, exigencia y reconocimiento.
El talento cualificado busca entornos laborales coherentes con sus valores, donde se premie la autenticidad, la salud emocional, la flexibilidad y la conciliación real. Porque la ambición profesional solo es sostenible si contribuye al crecimiento integral de la persona.
Por todo ello, hoy resulta sumamente complejo señalar un modelo empresarial universal o una única organización de referencia. En la era digital, global e hiperconectada, la estabilidad ya no es el único motor; el propósito, el bienestar y el aprendizaje han tomado el relevo.
Ante esta mutación profunda, las organizaciones de nuestro territorio se enfrentan a una pregunta incómoda: ¿están gestionando y cuidando a sus profesionales con el mismo esmero, empatía y compromiso con el que desearían que fuesen tratados sus propios hijos e hijas en el mercado global?
El verdadero desafío de competitividad de nuestra economía ya no se mide en balances financieros, sino en términos de empatía y audacia estructural. No podemos pretender sostener un ecosistema de vanguardia operando bajo las expectativas del siglo pasado. Si las organizaciones e instituciones vascas y navarras no asumen de forma urgente este cambio de paradigma, la diáspora dejará de ser una opción de crecimiento personal para convertirse en la única salida razonable. Al final del día, el arraigo no se decreta ni se compra: se merece. Y solo retendremos el futuro de nuestra sociedad si somos capaces de construir un entorno donde quedarse, además de una opción laboral, vuelva a ser un proyecto de vida deseable.
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