Algo ha dejado de funcionar en nuestros sistemas políticos si parte de la juventud siente más propio el discurso de un agitador que el de cualquier representante democrático.
Artículo publicado en El Correo (13/06/26)

Algo ha dejado de funcionar en nuestros sistemas políticos si parte de la juventud siente más propio el discurso de un agitador que el de cualquier representante democrático.
Hce escasamente seis meses mucha gente se llevó las manos a la cabeza por los alarmantes resultados de una encuesta del instituto 40dB. Aquella investigación arrojaba datos sumamente preocupantes sobre la deriva autoritaria de un sector importante de la juventud española: prácticamente el 25% de los jóvenes afirmaba que el autoritarismo es mejor que la democracia en determinadas circunstancias políticas. Lejos de ser una accidentada anécdota, esta encuesta viene a señalar lo que ya llevan tiempo revelando otras investigaciones.
Sin ir más lejos, el CIS refleja con evidencia cómo Vox, un partido muy próximo al punitivismo y al autoritarismo social, se nutre cada vez más de un electorado joven y masculino. En contraposición, el resto de las fuerzas políticas –desde el Partido Popular hasta Sumar y Podemos, pasando por el PSOE– apenas consiguen contrarrestar esta creciente influencia de la derecha radical en los hombres jóvenes.
Esta situación se extiende también a otros países europeos. Por ejemplo, Alternativa por Alemania (AfD) obtiene grandes apoyos de la juventud germana, particularmente del este del país. En Francia sucede lo mismo, pues Le Pen y Bardella también construyen su músculo político gracias al apoyo de los jóvenes franceses desencantados con la deriva del sistema democrático. Este contexto denota que algo no funciona o, al menos, ha dejado de funcionar en nuestros sistemas políticos, puesto que es insostenible pensar que nuestras generaciones jóvenes, particularmente los hombres, se hayan fascistizado de la noche a la mañana.
Como no creo en esto, pienso que hay que buscar posibles razones en otras causas concomitantes. Eso sí, sabiendo que se trata de un fenómeno social poliédrico –como cualquier cuestión sociológica, por cierto–, absolutamente abierto a múltiples interpretaciones razonables. Sin embargo, bajo mi punto de vista, una de las más relevantes tiene que ver con la cada vez más difícil relación del sistema político y el electorado joven. En este punto, me refiero a que el hombre joven ha dejado de encontrar en el espacio público institucionalizado soluciones a gran parte de sus demandas, preocupaciones e inquietudes como ciudadano. Por eso, quizás, recurra con mayor empeño a buscar ‘soluciones’ en otros espacios carentes de autoridad democrática.
Al final, los grupos sociales, entre los cuales claramente está la juventud, se mueven bajo expectativas y, en este caso, las respuestas políticas en torno al hombre joven no existen para la mayoría de los partidos políticos en España. En un tiempo en el que la precariedad económica machaca de manera inmisericorde a la juventud, la vivienda está por las nubes –de media un joven necesita destinar el 99% de sus ingresos para poder acceder a un piso en solitario (Consejo de la Juventud, 2026)–, existe la percepción de que el sistema político se ha centrado más en las demandas de las mujeres que en aquello que interesa a los hombres (garantizar que exista movilidad social ascendente, por ejemplo).
Acostumbrados a poner siempre el acento en otras demandas políticas (absolutamente legítimas, por otra parte), nuestra clase política olvida, o casi siempre lo hace, que el hombre joven es un actor fundamental para que nuestras democracias puedan funcionar a corto plazo y prosperar a largo plazo. Lo peor que puede incentivarse es la polarización sexual, que parece estar en auge según los estudios de ciencias políticas. Esta polarización que conduce a los hombres jóvenes a apoyar a los partidos de la derecha radical, mientras que las mujeres jóvenes apoyan a partidos de la izquierda, es un enorme problema que requiere replantear con urgencia, no solo las políticas públicas (¿cómo mejorar la vida de la gente?), sino también los discursos (¿cómo dirigirnos a los hombres jóvenes?) a fin de promover con pedagogía política lo que los anglosajones llaman ‘political engagement’. Esto es, la promoción de acciones políticas que sean capaces de restaurar la confianza en las instituciones, las cuales, sin duda, son nuestro principal capital político.
En este mismo contexto, la gran capacidad de movilización juvenil del agitador ultra Vito Quiles en las diferentes universidades debe trasladar, ante todo, una llamada de atención para nuestra clase política. Ahora, esa llamada de atención no debe pasar por criminalizar a esos jóvenes que acuden desesperados a escuchar discursos fascistizados; más bien, como sugieren Manuela Carmena o Emilio Delgado, debe pasar por un valiente ejercicio de autocrítica de nuestra clase política de cara a reconocer por qué esa juventud siente más propio el discurso de un agitador que el de un representante democrático.
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