
Artículo publicado en Deia (13/07/2026)
Hace algunas semanas escuchaba en una homilía que las grandes preocupaciones de la humanidad no han cambiado con la llegada de la Inteligencia Artificial: siguen siendo el miedo y el ego.
Vivimos una época fascinante, nunca habíamos dispuesto de tanta tecnología, tanta información y tanta capacidad para transformar el mundo. Sin embargo, pocas veces las organizaciones habían convivido con un nivel tan elevado de incertidumbre. Se habla de digitalización, productividad, automatización y de nuevos modelos de negocio. Todo ello es importante. Pero quizá estemos mirando hacia el lugar equivocado.
Si nos reflejamos en el espejo de la historia, el mensaje es tranquilizador porque la tecnología ya desafió estos grandes males: con la llegada de la imprenta de Gutenberg (S. XV), en la revolución industrial (S. XVIII–XIX), o recientemente en la era de internet (S.XX), y vemos que el patrón se repite: desaparecen tareas pero la humanidad se redefine encontrando un nuevo propósito.
Y es que la tecnología no cambia la naturaleza humana. La pone a prueba.
La Inteligencia Artificial no ha creado los problemas de las organizaciones. Ha acelerado y amplificado estas dos fuerzas que ya estaban presentes: el miedo y el ego. El primero paraliza; el segundo divide. Ambos son contagiosos y erosionan la confianza, que es el verdadero motor de cualquier organización humana.
El miedo adopta múltiples formas: miedo a quedarse atrás, a perder el empleo, a no ser capaz de aprender lo suficiente, a que una máquina haga mejor aquello que durante años definió nuestro valor profesional…
El ego aparece como respuesta defensiva. Nos aferramos al conocimiento como si fuera una propiedad privada, competimos donde sería más útil colaborar, confundimos liderazgo con protagonismo y autoridad con control…
Paradójicamente, cuanto más inteligente se vuelve la tecnología, más decisiva resulta la calidad de nuestras relaciones.
Porque las organizaciones no compiten únicamente por disponer del mejor algoritmo. Compiten por generar confianza, un fenómeno profundamente humano que atrae personas que buscan en su desarrollo profesional motivadores trascendentales, algo mucho más serio que un sueldo a final de mes.
Cuando el miedo domina la cultura, las personas dejan de experimentar. Cuando el ego domina el liderazgo, dejan de compartir. En ambos casos, la innovación se resiente mucho antes de que aparezcan los indicadores económicos.
Quizá por eso algunas empresas sufren un absentismo que no siempre es físico. Personas presentes, pero emocionalmente desconectadas. Profesionales que cumplen objetivos, pero han dejado de creer en el proyecto. Talento que permanece, aunque hace tiempo que abandonó la conversación.
Como dice el proverbio, “el agua busca su nivel”. Las organizaciones del futuro no serán las que tengan más Inteligencia Artificial, serán las que sepan quiénes son por su autenticidad en lo que hacen, apliquen la confianza en sí mismas y se lo crean, lo sepan comunicar, y desarrollen más inteligencia colectiva integrando personas migrantes que aportan la riqueza del valor de la visión y hacer de otras culturas.
Porque en esta nueva era conviven dos fuerzas magnéticas: el imán de las máquinas, capaz de atraer datos, optimizar procesos y arrastrar la lógica del negocio, frente a otro mucho más crucial y poderoso, el verdadero imán de las almas: esa fuerza invisible basada en la confianza y el propósito, que es la única capaz de generar esperanza, atraer el talento genuino, aprender de continuo desde la humildad, conmover y conectar voluntades.
Las organizaciones del futuro no competirán por tener más IA. Competirán por combinar mejor la Inteligencia Artificial con la Inteligencia Humana.
Directora de Open Programmes y Transferencia de Deusto Business School
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