Artículo publicado en Deia (24/07/26)

La competitividad ocupa desde hace décadas un lugar central en el debate económico vasco. Instituciones, empresas, centros tecnológicos y organismos públicos coinciden en la necesidad de reforzarla para afrontar los retos de un entorno global cada vez más exigente. Sin embargo, existe una particularidad llamativa en la forma en que Euskadi suele abordar esta cuestión. Rara vez se presenta la competitividad como un fin en sí mismo.
Conceptos como “competitividad para el bienestar”, “crecimiento inclusivo”, “cohesión social”, “desarrollo sostenible” o “prosperidad compartida” aparecen de forma recurrente en informes estratégicos y documentos de referencia. La competitividad se describe habitualmente como una herramienta al servicio de objetivos sociales más amplios, y no exclusivamente como una carrera por ganar posiciones en rankings económicos internacionales. Esta característica puede analizarse a través de la dimensión “Masculinidad” (MAS) del modelo 6D del sociólogo Geert Hofstede, una de las referencias más utilizadas para estudiar diferencias culturales entre sociedades.
La dimensión MAS distingue entre culturas que enfatizan la competición, el logro visible, la asertividad y el éxito material, y aquellas que conceden mayor importancia a la cooperación, la modestia, la calidad de vida y el consenso. En la terminología de Hofstede, las primeras se describen como más “masculinas” y las segundas como más “femeninas”.
España ya se sitúa relativamente cerca del extremo femenino de esta dimensión en comparación con muchas economías anglosajonas o asiáticas. Sin embargo, diversos indicadores sugieren que Euskadi podría situarse incluso más cerca de ese polo femenino.
Esta posibilidad encuentra cierto respaldo en numerosos diagnósticos recientes. Documentos o visiones como Competitividad para el bienestar de Euskadi 2040: una reflexión para la acción, elaborado por Orkestra entre los años 2021 y 2024, y acordado por las instituciones vascas en 2024, sitúan explícitamente el bienestar, la cohesión social y la inclusión en el centro de la estrategia vasca de competitividad. De hecho, la expresión “competitividad para el bienestar” es una formulación que desplaza el énfasis desde el crecimiento económico como fin hacia sus efectos sobre la calidad de vida de la ciudadanía.
La elevada importancia concedida a la cohesión social, el fuerte apoyo a los sistemas de bienestar, los niveles relativamente bajos de desigualdad, las políticas de conciliación, la atención prestada a la igualdad de género, la economía social o la insistencia en que las transformaciones tecnológicas deben realizarse sin dejar a nadie atrás apuntan en una dirección común: la prosperidad económica se considera deseable, pero sobre todo por su capacidad para sostener el bienestar colectivo.
Esta orientación también aparece reflejada en los siguientes indicadores. El Índice de Igualdad de Género del Eustat sitúa a Euskadi entre los territorios europeos con mejores resultados en aspectos relacionados con la distribución del tiempo de cuidados y la conciliación. Asimismo, diversos informes de bienestar de la OCDE (Regional Well-Being Index) y de instituciones europeas (Regional Competitiveness Index, ESPON Territorial Quality of Life, Regional Innovation Scoreboard) muestran resultados vascos especialmente elevados en ámbitos como salud, educación, entorno social y satisfacción vital.
Desde esta perspectiva, resulta comprensible que la competitividad se interprete como un medio para alcanzar determinados resultados sociales. Lo que para otras culturas podría medirse principalmente mediante exportaciones, productividad o crecimiento empresarial, en Euskadi suele evaluarse también a través de indicadores relacionados con la calidad de vida, la inclusión o el desarrollo humano.
Incluso en ámbitos tradicionalmente asociados a la competencia económica, como la digitalización o la innovación, los informes vascos suelen destacar sus contribuciones al bienestar social, la sostenibilidad o el desarrollo humano. Los informes DESI (Índice de la Economía y la Sociedad Digitales) sobre economía y sociedad digitales o diversas estrategias de especialización inteligente ilustran bien esta tendencia.
Ahora bien, esta aproximación plantea una cuestión interesante. ¿Hasta qué punto bienestar y competitividad son conceptos distintos?
Desde una perspectiva económica clásica, la competitividad suele entenderse como la capacidad de una economía para generar productividad, innovación, inversión y creación de valor. El bienestar aparece como una posible consecuencia de dicha capacidad. La secuencia causal sería relativamente clara: una economía competitiva genera prosperidad y esta, a su vez, permite financiar niveles elevados de bienestar.
Sin embargo, parte del discurso contemporáneo parece difuminar esa frontera. Cuando indicadores de bienestar pasan a formar parte de la propia definición de competitividad, surge la pregunta de si estamos ampliando legítimamente el concepto o si, en cambio, estamos mezclando causas y resultados dentro de un mismo marco de medición.
La cuestión adquiere todavía más interés desde una óptica cultural. Una sociedad con una orientación relativamente femenina puede sentirse menos atraída por narrativas centradas en “ganar”, “liderar” o “superar a otros”. Sin embargo, ello no implica necesariamente una menor propensión a la comparación. La búsqueda de reconocimiento de los logros puede desplazarse hacia otros ámbitos: calidad de vida, sostenibilidad, cohesión social o inclusión.
No deja de resultar significativo que algunos de los ámbitos en los que Euskadi obtiene mejores resultados comparativos, –como salud, educación, cohesión social, igualdad de género o calidad institucional–, coincidan precisamente con aquellos que han ganado peso en el discurso contemporáneo sobre competitividad. Esto no invalida dichos indicadores, pero sí abre una cuestión metodológica relevante: hasta qué punto la selección de determinados criterios de éxito refleja también preferencias culturales sobre aquello que merece ser valorado. Dicho de otro modo, las sociedades también compiten a través de los valores que consideran importantes.
Esto abre un debate legítimo. ¿Representa el enfoque vasco una concepción más completa de la competitividad, mejor adaptada a las prioridades del siglo XXI? ¿O existe el riesgo de prestar mayor atención a aquellos indicadores donde el territorio presenta un desempeño relativo favorable, en detrimento de otros factores económicos que podrían señalar pérdidas de dinamismo? Probablemente no exista una respuesta única.
Lo que sí parece evidente es que la forma en que una sociedad define el éxito económico nunca es neutral. Refleja también preferencias culturales profundas sobre qué merece ser perseguido, recompensado y celebrado.
En este sentido, la relación que Euskadi mantiene con la competitividad podría revelar algo más que una estrategia económica. Podría ofrecer una ventana privilegiada para comprender una característica cultural de fondo: una tendencia a interpretar la prosperidad no únicamente en términos de rendimiento agregado, sino también por su capacidad para sostener una determinada idea de bienestar colectivo. Y quizás esa sea una de las manifestaciones más visibles de una cultura relativamente femenina en el sentido descrito por Hofstede.
Bart Kamp es investigador senior en Orkestra-Instituto Vasco de Competitividad Javier San Martín es consultor asociado en The Culture Factor Group
Leave a Reply