Artículo publicado en El Correo (07/09/2026)

Las elecciones locales y forales marcarán el reparto de poder en las instituciones vascas en 2027. Aunque EH Bildu ganó las últimas elecciones municipales y fue la lista más votada en 102 de los 252 municipios vascos, no consiguió entrar en el poder ejecutivo en ninguna diputación foral y tan solo logró gobernar en uno de los diez municipios más poblados de la Comunidad Autónoma Vasca, Errenteria. Lo natural es que su estrategia para estas elecciones esté anclada en la necesidad de un cambio en las principales instituciones y ciudades para hacer las cosas de otra manera.
El PNV sería el principal responsable de las políticas desarrolladas a nivel local y foral durante los últimos cuatro años junto con el PSE como socio menor en las tres diputaciones y en las principales ciudades, salvo en Vitoria-Gasteiz, Irún y Portugalete, donde la mayor responsabilidad la han ostentado alcaldesas socialistas. Mientras las alcaldesas del PSE repetirán con toda seguridad como candidatas en las próximas elecciones, el PNV ha optado por visibilizar una renovación de sus candidaturas en la mayoría de las grandes ciudades donde ha gobernado en los últimos años.
Esta renovación también marcó las últimas elecciones vascas, cuando desde el partido se decidió que Iñigo Urkullu no volviera a presentarse tras doce años como lehendakari. El nuevo candidato, Imanol Pradales, tuvo que convivir con el lehendakari en el Gobierno durante varios meses antes de las elecciones de abril de 2024. También se buscaba un cambio, pero la realidad es que tanto durante los meses de cohabitación como durante la campaña electoral se visibilizó la tensión entre los mensajes de cambiar aquello que no funcionaba bien, como la sanidad, y el reconocimiento al trabajo realizado por su partido en el Gobierno.
La cohabitación entre un gobernante en funciones y el candidato de su mismo partido suele ser un periodo de transición delicado. El mandatario asume el papel de «pato cojo», perdiendo influencia política, mientras que el candidato busca desmarcarse para ofrecer una visión propia y renovada al electorado. El nuevo candidato se enfrenta al complejo reto de defender los logros y el legado de su partido en el poder pero sin cargar con el desgaste político o las políticas impopulares del gobernante saliente. Para ganar, el candidato necesita a menudo proyectar una imagen de cambio y frescura, lo que puede generar fricciones sutiles con quien deja el poder. Cualquier desacuerdo público sobre los temas relevantes que marquen la agenda electoral puede ser explotado por la oposición.
El caso del candidato Pradales ofrece una pista de lo que puede ocurrir en 2027. En las últimas semanas de campaña fue orientándose más hacia el cambio que hacia la conservación del legado heredado y, probablemente, esta estrategia fue uno de los factores que limitó las posibilidades de EH Bildu de ganar las últimas elecciones vascas. El candidato del PNV entendió que, para competir electoralmente, no bastaba con reivindicar la gestión realizada y que lo más importante era representar una expectativa de renovación.
En las elecciones locales y forales de 2027, los partidos que gobiernan partirán de una posición similar. Tendrán que defender su gestión y, al mismo tiempo, demostrar que son capaces de cambiar aquello que no funciona. Para la oposición, en cambio, el terreno parece más sencillo y el cambio sería una alternativa natural al poder establecido.
Por eso, todo apunta a que el cambio estará de moda en 2027. La cuestión no será tanto quién quiere cambiar como quién consigue convencer al electorado de que es el candidato capaz de hacerlo. Y ahí estará buena parte de la batalla electoral, en la apropiación de una palabra que por definición pertenece a quien aspira a sustituir lo que existe, pero que también puede ser utilizada por quien gobierna si consigue presentarse como garantía de una nueva etapa.
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