Tristemente en este mercado de la discusión pública como show perdemos todos
Artículo publicado en El Correo (05/09/2026)

En ciertas cadenas de televisión nacionales ahondan últimamente programas de política basados en el show televisivo. No es que me llamen mucho la atención estos programas –aunque he de decir que me producen curiosidad sociológica como le producía también a Bauman el polémico programa de ‘Gran Hermano’–, pero sí que me parece significativa su relevancia mediática. Entre otras cosas, porque desvela el tipo de consumo informativo de nuestra ciudadanía.
El mes pasado, un mes carente de munición informativa, salvo que se te cuelen 80.000 personas por la frontera sur, también las parrillas informativas se llenaron de una amplia oferta televisiva basada en agrias discusiones, insultos y faltas de respeto político al rival. En uno de ellos, me abstendré de nombrar el programa (aunque muchos lo imaginarán), apareció un fuerte intercambio de palabras, cuando no descalificativos, entre un político de izquierdas y una influencer trans a propósito de si los partidos de izquierdas realmente defienden a las personas transexuales ante las agresiones homófobas de inmigrantes de otras culturas. Recuerdo que la influencer empezó a llamar de todo al político de turno, siendo la reacción de éste decirle que los partidos de derechas son los que realmente criminalizan a las personas LGTBI y no las pobres personas migrantes.
En otra edición del mismo programa, el mismo político de izquierdas apareció arremetiendo contra el expresidente de la RFEF, el famoso Rubiales, llamándole de todo: que si agresor sexual, que si delincuente, en fin. Todo ello porque el mismo Rubiales decidió aceptar la invitación del programa para explicar los entresijos de la candidatura del Mundial 2030 con Portugal y Marruecos. En aquella ocasión, sin mediar palabra ni argumento entre ambos intervinientes, el diputado de izquierdas acusó a Rubiales de delincuente y agresor sexual y, por tanto, como persona con una mínima ética civil, no podía aceptar discutir absolutamente nada con una persona así.
Desafortunadamente, todo esto no es una azarosa anécdota, más bien es la tónica general y contemporánea del periodismo televisado en nuestras democracias occidentales. En efecto, en nuestras televisiones se han colado, y bien colados, determinadas industrias culturales que invierten menos en la información y la formación de la ciudadanía y, por ende, más en lo que desinforma y deforma nuestra cultura política bajo la legitimación, diría imperio, de «lo que más vende». En este aciago contexto, el cruce de acusaciones, insultos y desprecios del rival son la norma. Lo raro es la deliberación y la argumentación. En todo esto, ejerce una influencia cada vez mayor la llegada de las redes sociales, cuya técnica de la viralización ha abierto todo un campo para que el mercadeo de la palabra sea cada vez más incentivador. Si uno entra en cualquier red social, véase X o Instagram, por ejemplo, observará fácilmente que los contenidos políticos que más venden son los de mayor agresividad, aquellos que no contemplan para nada el valor de la contención y el respeto no solo al «rival» político, sino a la misma palabra expresada.
Por eso, los medios de comunicación tradicionales, como las televisiones, cada vez más interesadas en no perder su cuota de pantalla y sus ingresos económicos, se emplean a fondo para que sus contenidos sean lo más llamativos y lo más excéntricos. Invitan a cada vez más influencers, los cuales también acuden a las televisiones buscando igualmente sus minutos de gloria para luego colgarlos en sus canales de YouTube y así llamar más la atención a una audiencia ansiosa por lo novedoso.
Tristemente en este mercado de la política como show perdemos todos. Es lógico y comprensible que las televisiones anden preocupadas por la llegada de la competencia del ‘fenómeno youtubers’ y de las redes sociales; sin embargo, deberían, por el bien de todos, elegir otro camino más honesto. En un mundo en el que la crisis de la verdad es cada vez más patente, las televisiones, en el caso de la política, deberían evitar contenidos vaciados de rigor informativo y formativo, apostando más por el binomio informativo y formativo en el que se entrecruzan con naturalidad el conocimiento riguroso de la realidad y, al mismo tiempo, la formación de un espíritu crítico que nos permita acceder a unas lentes básicas para la construcción de una ciudadanía civil capaz de discernir entre lo que es la charlatanería política, cuando no el mal político, y la complejísima realidad en sus múltiples dimensiones.
La televisión, ya de por sí controlada por grupos mediáticos oligopólicos, debería darse cuenta de que la solución a la competencia cada vez mayor de las redes sociales, no debería ser convertirse en aquello que más denunció Umberto Eco de la llegada de las redes como la fatídica «invasión de los idiotas»; más bien, en un mundo en el que la verdad está en crisis, ser la vanguardia de la construcción de la cultura política en sus dimensiones tanto informativas como formativas. Sin embargo, para ello, quizás haya primero que debatir sobre si es lícito que las televisiones estén controladas por dos gigantes grupos mediáticos.
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