CONVERSACIÓN No solo transmite información, moldea la confianza y la cultura corporativa.
Artículo publicado en Expansión (04/08/2026)

¿Cuál ha sido la palabra más importante que ha pronunciado hoy? Es una pregunta sencilla. Tanto que pocas veces nos detenemos en ella. En El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes hace pronunciar una frase a uno de sus personajes: “La pluma es la lengua del alma”. El escritor comprendía que las palabras no eran simples instrumentos para transmitir información, sino la expresión de quienes somos. Y, sin embargo, más de cuatro siglos después seguimos subestimando su poder: vivimos empeñados en llevar siempre la razón, obstinados en hablar por encima del otro y no llegamos a comprender que hay palabras que cambian una vida. Un “te quiero”, un “lo siento”, un “confío en ti”. Pero también un “no vales” o “no lo vas a conseguir”.
También existen otras palabras, las más silenciosas, aquellas con las que nos hablamos; esa conversación interior puede convertirse en nuestra propia prisión o en la fuerza que nos empuja a soñar. Porque no solo importa lo que decimos a los demás; también lo que nos contamos y cómo lo hacemos. Las palabras tienen una capacidad extraordinaria: pronunciadas en un instante, algunas son capaces de acompañarnos una vida. Ninguna otra herramienta de la que disponemos posee un impacto tan profundo sobre los demás como las palabras que elegimos pronunciar.
Sencillez y eternidad
Hay palabras que nunca olvidamos. También frases. Y comienzos de libros capaces de superar el paso del tiempo. “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…” sigue resonando más de 400 años después como si Cervantes hubiera encontrado la combinación perfecta entre sencillez y eternidad. Quizás ese sea el verdadero secreto del lenguaje de una persona que gestiona equipos: permanecer cuando todo lo demás desaparece.
Pero Cervantes no escribió desde la comodidad de una vida tranquila y resuelta. Antes de cambiar la literatura, fue soldado en la batalla de Lepanto, donde recibió tres disparos de arcabuz (dos en el pecho y uno en el brazo) que le dejaron sin movilidad en la mano izquierda. Pasó cinco años cautivo en Argel, planeando cuatro fugas llevado por la desesperación. Trabajó como recaudador de impuestos, sirvió como comisario de la armada, y sufrió el fracaso antes de publicar, a los cincuenta y siete años, la primera parte del Quijote.
Su obra nació de una vida intensamente vivida, y de una mirada atenta para observar los hilos invisibles que mueven el alma. Quizá por eso comprendió tan bien la condición humana. Entendió a las personas, porque las había observado en muchos lugares y circunstancias: las generosas y las egoístas; las valientes y las cobardes, las soñadoras y las resignadas.
Durante mucho tiempo la literatura intuyó algo que la ciencia todavía no podía demostrar. Hoy sabemos que aquellas intuiciones tenían un sólido fundamento biológico. El neurocientífico y neurólogo portugués, Antonio Damasio, uno de los investigadores más influyentes en el estudio de la relación entre cerebro, emoción y conciencia, revolucionó la comprensión de la mente con sus publicaciones y su libro El error de Descartes. La emoción, la razón y el cerebro humano (Destino). Frente a la vieja idea de que la razón debía imponerse a las emociones, Damasio demostró que emoción y razón no funcionan como sistemas independientes. Pensamos sintiendo y sentimos mientras pensamos. Las emociones participan en la memoria, la atención y la toma de decisiones.
Años más tarde, el neurólogo estadounidense Andrew Newberg y el escritor Mark Robert Waldman, en Words Can Change Your Brain (Penguin Publishing Group) mostraron cómo el lenguaje activa regiones cerebrales relacionadas con la atención, la memoria, la regulación de las emociones y la respuesta al estrés. Las palabras que transmiten apoyo, reconocimiento y confianza no son neutras. Dejan una huella en nuestro cerebro y favorecen estados de mayor seguridad y apertura. Las que percibimos como amenaza pueden activar respuestas de alerta.
Quizás Cervantes lo intuía mucho antes de que existieran los laboratorios. Hoy la ciencia confirma que el cerebro recuerda, sobre todo, lo que le hace sentir. Y, en el fondo, eso es precisamente lo que le sucede a Alonso Quijano. Decide convertirse en Don Quijote porque cambia la narrativa que construye sobre sí mismo. Su transformación comienza mucho antes de iniciar su camino en busca de aventuras. Empieza en su interior, cuando encuentra nuevas palabras para nombrar su realidad. Cambia la forma en la que se mira y en la que entiende el mundo.
Los líderes comprenden –o deberían– este principio mejor que nadie. Con frecuencia asociamos el liderazgo a la estrategia, la visión o la capacidad para tomar decisiones complejas. Todo ello es importante. Pero pocas veces prestamos atención al instrumento que utilizan cada día quienes inspiran: las palabras.
Las organizaciones no solo se construyen con estrategias, también con conversaciones. La calidad de una cultura organizativa puede reflejarse en el lenguaje que circula por ella. Y cuidado con extraer conclusiones equivocadas: esto no va de usar palabras bonitas o discursos decorados. El liderazgo real no se mide por la elocuencia, sino por la verdad y el respeto que transmiten nuestras conversaciones. Allí donde predominan el reconocimiento, la escucha y el respeto, aparece la creatividad, la colaboración y la confianza. Y al revés, donde abundan el miedo, el talento termina por marcharse, aunque permanezca físicamente sentado ocho horas en la oficina.
Vivimos en una época en la que no habíamos dispuesto de tanta información, tanta tecnología ni tantas herramientas para comunicarnos. Paradójicamente, quizá nunca habíamos reflexionado tan poco sobre la responsabilidad que implica utilizar nuestras palabras.
Cervantes comprendió que las palabras poseen una extraordinaria capacidad para sobrevivir a quienes las pronuncian. Nos acompañan, nos consuelan, nos inspiran y, en ocasiones, cambian el rumbo de nuestras vidas. Por eso merece la pena que se pare para pensar: ¿cuál ha sido la palabra más importante que ha pronunciado hoy?
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