CIENCIA Defendió la idea de que el cerebro puede transformarse con esfuerzo y aprendizaje.
Artículo publicado en Expansión (11/08/2026)

“Todo ser humano puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”. Pocas frases escritas hace más de un siglo resultan hoy tan actuales como esta de Santiago Ramón y Cajal (1852-1934). En una época en la que hablamos de inteligencia artificial, aprendizaje continuo, liderazgo adaptativo o reinvención profesional, Ramón y Cajal defendió una idea profundamente revolucionaria para su época: el cerebro humano no constituye un destino inmutable, sino una realidad que puede transformarse mediante el esfuerzo, la constancia y el aprendizaje.
Ramón y Cajal en Reglas y consejos sobre investigación científica, publicado por primera vez en 1897, defendió una tesis que desafiaba muchas de las creencias de su tiempo. Aquel libro, cuyo subtítulo Los tónicos de la voluntad revela ya su verdadera intención, estaba muy lejos de ser un simple manual de metodología científica. Es una invitación a cultivar el pensamiento, la disciplina y el carácter. Afirma algo rotundo: la reputación se gana con regularidad y se pierde con descuido. El talento no es únicamente una cuestión de capacidades innatas; también depende de la disciplina, el pensamiento crítico, la perseverancia y la curiosidad.
Quizá esa convicción naciera de su biografía. En Recuerdos de mi vida (Alianza) comienza con una sencillez que contrasta con la magnitud de su legado: “Nací el 1o de mayo de 1852 en Petilla de Aragón, humilde lugar de Navarra…”. Nada hacía presagiar que aquel niño fascinado por el dibujo y la naturaleza acabaría convirtiéndose en el primer español galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina y en el padre de la neurociencia moderna.
Hay un aspecto de su trayectoria revelador de su amor por ir más allá. Su pasión por el dibujo, que en su juventud parecía alejarle de la ciencia, terminó convirtiéndose en una de sus mayores fortalezas como investigador. Ramón y Cajal no dibujaba para ilustrar lo que veía, sino para comprenderlo. No se limitaba a copiar lo que veía a través del microscopio; dibujaba cada preparación a mano alzada, obligándose a observar con una atención casi obsesiva. Para él, dibujar no era un ejercicio artístico, sino una forma de comprender.
Gracias a esa combinación de sensibilidad artística, disciplina intelectual, observación y pensamiento crítico, pudo revelar un universo que hasta entonces permanecía oculto. Sus ilustraciones de neuronas no solo documentaron con precisión la compleja arquitectura del sistema nervioso, sino que hicieron visible una realidad que cambiaría para siempre la historia de la neurociencia. Hoy siguen considerándose, al mismo tiempo, documentos científicos de valor excepcional y auténticas obras de arte. No es casualidad que, más de un siglo después, sus dibujos hayan sido objeto de grandes exposiciones internacionales, algo que el propio Ramón y Cajal probablemente nunca imaginó: que esos trazos trascenderían el laboratorio para ocupar también un lugar en las paredes de los museos de arte.
Visión incompleta
Durante gran parte del siglo XX predominó la idea de que el cerebro adulto apenas podía modificarse. La investigación posterior demostraría que esa visión era incompleta.
Los trabajos del neurocientífico y profesor emérito de la Universidad de California Michael Merzenich contribuyeron decisivamente a demostrar la plasticidad funcional del cerebro adulto. Como afirmaba en una entrevista concedida a la agencia Fapesp, una de las agencias públicas de fomento científico más importantes de Brasil y América Latina, “el cerebro está construido para cambiar de acuerdo con las experiencias vividas y con la forma de usarlo. A este proceso continuo lo denominamos neuroplasticidad”.
Al igual que Ramón y Cajal, Eric R. Kandel, uno de los principales neurocientíficos de nuestra época, premio Nobel de Medicina en el año 2000 por su labor innovadora en el campo del almacenamiento de recuerdos en la memoria, entendió que las grandes preguntas científicas nacen, con frecuencia, de preguntas profundamente humanas. Kandel dedicó su vida a responder una inquietud nacida de su propia vida: “¿Cómo pueden personas civilizadas llegar a ser tan brutales y crueles?”.
Vivimos inmersos en una economía de la atención –o quizás sería más acertado decir de desatención– donde la velocidad parece haberse convertido en sinónimo de inteligencia. Ramón y Cajal conocía bien algo que hoy olvidamos: las grandes ideas rara vez son fruto de la prisa. Nacen del tiempo, de la atención sostenida, y de esa perseverancia silenciosa que permite al pensamiento madurar. La creatividad necesita tiempo. El conocimiento exige paciencia. Pero la perseverancia, por sí sola, no basta. El pensamiento necesita apertura. Apertura de mente, de mirada y de ideas. Necesita curiosidad. Más de un siglo después, la neurociencia confirma que la curiosidad favorece la atención, incrementa la motivación y facilita la consolidación de nuevos aprendizajes.
Llevamos demasiado tiempo describiendo a las personas mediante etiquetas: “es un buen líder”, “no sabe comunicar”, “carece de empatía”. Y también demasiado tiempo debatiendo si el líder nace o se hace. Sin embargo, si aceptamos que el cerebro cambia con la experiencia, también debemos aceptar que el liderazgo puede desarrollarse. Comprenderlo es solo el primer paso; el verdadero cambio comienza cuando decidimos entrenar aquello que queremos llegar a ser.
En la era de la inteligencia artificial, la capacidad más valiosa seguirá siendo humana: aprender. Las organizaciones que prosperarán no serán necesariamente las que acumulen más conocimiento, sino aquellas capaces de construir culturas donde aprender, desaprender y volver a aprender forme parte del día a día. Porque aprender es la forma más profunda de reinventarse.
En el epílogo de Recuerdos de mi vida, Ramón y Cajal vuelve a mostrarse con la misma humildad con la que había comenzado sus memorias. Tras una vida que transformó para siempre la comprensión del cerebro humano, escribe: “Doy por seguro, y hasta por conveniente, que en el fluir del tiempo mi insignificante personalidad será olvidada; con ella naufragarán, sin duda, muchas de mis ideas…”. Y añade : “No pensemos en cosas tristes. Preocupémonos de la vida, que es energía, renovación y progreso”.
Quizá esa sea la enseñanza más vigente de su legado. Frente a la resignación, propone curiosidad. Frente al determinismo, capacidad de aprender. Frente a la inmovilidad, cambio. Y cierra sus memorias regresando a la naturaleza, el lugar donde comenzó su fascinación por el conocimiento: “La naturaleza nos es hostil porque no la conocemos; sus crueldades representan la venganza contra nuestra indiferencia. Escuchar sus latidos íntimos con el fervor de apasionada curiosidad equivale a descifrar sus secretos. ¿En qué más noble y humanitaria empresa cabe emplear la inteligencia?”.
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