Tengo 21 años y quiero creer en que cada vez más jóvenes se sientan concienciados como yo en la lucha contra el cambio climático.
Artículo publicado en El Correo (01/09/2026)

Hace unos días tuve una conversación un tanto grotesca con un amigo mío acerca del cambio climático. Yo le hice una pregunta simple: «¿Crees que es mentira que el ser humano esté provocando el cambio climático?» A lo que él me respondió que sí, que todo eran bulos de las elites para hacernos creer algo que siempre había ocurrido. No pude contestarle nada, no tenía fuerzas para contestar a unos argumentos que me parecen incomprensibles. Que siempre ha habido incendios; que siempre se han producido extinciones de animales; que siempre hemos visto terrenos destrozados por la naturaleza o por el hombre. Lo relevante de aquella conversación es que, después de haber estudiado todos los sucesos naturales y los intencionados, seguimos sin ser capaces de ser cuidadosos y respetuosos con nuestro medio ambiente. En teoría, cuando uno falla aprende del error. Pero la humanidad ha fallado tantas veces que todavía no hemos sido capaces de aprender para que no se vuelvan a repetir esos errores. Es como si quisiéramos seguir entorpeciendo nuestra propia existencia.
Este verano he recorrido España en coche y pude ser testigo de un gran incendio en Andalucía. No sé por qué, pero me dio por buscar información comparando los fuegos registrados con anterioridad. Como conclusión más relevante, comprobé que en 1976 ardieron menos hectáreas que en lo que va de este año. Otro dato curioso es por ejemplo que desde 1970 hasta 1976 se produjeron menos olas de calor y que el porcentaje de incendios provocados era notablemente inferior al de ahora.
Lo verdaderamente alarmante de esto es que los jóvenes no nos damos cuenta de cómo afectan estas olas de calor a nuestro clima, a nuestros animales y a nuestra vegetación. Y nosotros mismos, en vez de regar, en vez de plantar y cuidar los bosques, somos los que los ensuciamos, y los que los quemamos. ¿Por qué? Es una pregunta que haría a mucha gente. Uno intenta dar un paseo relajante por el bosque y deleitarse con la belleza de la naturaleza y tiene que ver basura por doquier, enormes franjas de terreno taladas que después están años sin volverse a plantar. ¿Quién es capaz de disfrutar así?
Al igual que los bosques, también están siendo perjudicados los prados e, incluso, las cosechas de trigo que producen luego nuestro pan.
Lamentablemente, nuestros gobernantes admiten que nuestra producción alimenticia no es suficiente y tenemos que recurrir a productos importados de países donde los pesticidas y los métodos presumiblemente cancerígenos son utilizados para rociar la comida que nos da la vida. Todo esto lo único que hace es restar trascendencia al enorme esfuerzo y el trabajo de los ganaderos y los agricultores locales, relegados por una opción aparentemente más «barata».
Sin embargo no hace falta irse al mundo rural de la España interior para comprender la gravedad de lo que está sucediendo y lo poco concienciada que está la población con el calentamiento global. Vertidos tóxicos en las playas que provocan la prohibición del baño en las costas vascas, carabelas portuguesas que incomodan e infunden el miedo entre los bañistas, multitud de plásticos y redes de pesca que navegan a la deriva… En fin, podría estar escribiendo mil páginas sobre el impacto del cambio climático y sus consecuencias en nuestra vida. Lo que verdaderamente importa es que estamos alterando para mal todo lo que nos rodea con el mantenimiento de esas actitudes ignorantes e impertinentes con el medio ambiente. Si no somos capaces de revertirlas, estaremos condenados en el futuro a vivir la naturaleza como un recuerdo de los documentales que mostraban lo que un día fue un planeta cuidado. No es sostenible la avaricia de las multinacionales o de los gobiernos que lo único que quieren es lucrarse de la ciudadanía y la naturaleza.
Tengo 21 años y quiero creer en que cada vez más jóvenes como yo se sientan concienciados con los cambios que está sufriendo nuestro mundo. Pero, además de la sensibilización, la solución también está en los pequeños actos. En ellos mismos me apoyé como argumento para tratar de explicarle a mi amigo que lo que él dijo solo eran afirmaciones que revelan lo que sufre el medio ambiente y lo que nosotros sufrimos por él. Es mejor pensar en que, como yo, haya muchos más a quienes les preocupe una realidad: se está destruyendo nuestro hogar y solo por eso merece la pena cualquier mínimo esfuerzo para cambiar las cosas.
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