Un clamor desesperado recorre Palestina: impidamos la anexión israelí de Cisjordania, donde colonos judíos arrancan olivos centenarios y se instalan contra todo derecho
Artículo publicado en El Correo (15/08/2026)

Mi dedicación académica al mundo bíblico y mis reiteradas estancias en aquellas tierras me ha llevado a la valoración de muchas tradiciones judías y a una vinculación vivencial y afectiva con la población palestina de Jerusalén y de los territorios ocupados de cuyo trágico devenir he sido testigo directo prácticamente desde la Guerra de los Seis Días. Estas líneas, escritas con urgencia, son un imperativo moral. No lo oculto. El compromiso personal, cuando está bien fundado, da peso de verdad a lo que se dice. Los profetas tenían palabras terribles contra los reyes y sacerdotes cuando se alejaban del dios que libera a los esclavos. Pero pienso que hoy no tendrían palabras porque sus líderes y todo el pueblo –excepto una exigua minoría- se han despeñado por la degradación moral y las alianzas idolátricas, como jamás antes en su historia secular.
He visto patrullar, metralleta en mano, por la parte árabe de Jerusalén, a grupos de soldados judíos, muy jóvenes, algunos de los cuales llevaban escritos en sus cascos ‘Born to kill’ (nacidos para matar). Con la evidente connivencia de sus mandos y, por lo que ahora sabemos, rivalizando a ver quién, además de odio y racismo, tenía mejor puntería para matar a palestinos. En efecto, un informe publicado por el diario neerlandés ‘Volkskrant’, y basado en datos proporcionados por médicos de diversas nacionalidades, muestra el caso de, al menos, 114 niños menores de 15 años asesinados de un solo disparo en el cráneo o el corazón efectuado desde una cierta distancia, sin ningún otro indicio de metralla ni violencia. Dentro de la bestialidad del genocidio hay acciones que estacan por su especial vileza, crueldad e inhumanidad.
Cambiando de registro pienso en Taybeh, un pueblo palestino, de unos 1.500 habitantes, en el corazón de los territorios ocupados, a 30 kilómetros de Jerusalén y a 12 de Ramala. Es un pueblo totalmente cristiano, que hunde sus raíces en la historia. Cuenta el Evangelio de Juan que Jesús se escondió en él (llevaba entonces el nombre de Efraim) cuando los sumos sacerdotes le buscaban para matarle. Taybeh era un buen escondite, cerca del desierto, lo que facilitaba la huida en caso de necesidad. Los colonos judíos que se están instalando, contra todo derecho pero con la ayuda del Gobierno israelí, en los territorios palestinos ocupados han llegado ya a Taybeh. Pretenden que sus habitantes lo abandonen y quedarse con el pueblo. Ocupan casas, incendian pastos, cortan carreteras. Pero lo más significativo y doloroso es que arrancan olivos centenarios. La gente de Taybeh considera sus campos como parte de su familia y esos viejos olivos, retorcidos por los años, les vinculan a esa tierra y a sus antepasados. Arrancar un olivo centenario es destruir una parte fundamental del grupo humano.
Conocí bien Taybeh. Entablé cierta amistad con el Abuna John, el cura católico latino, muy espabilado y dinámico. Pretendía hacer de Taybeh un lugar acogedor e interesante para los visitantes cristianos del país. Recogió una serie de objetos de uso cotidiano en la vida palestina, que aparecen mencionados en los evangelios, y con ellos montó una especie de pequeño museo etnográfico en una tradicional casa palestina: un arado romano, los colchones que se extienden a la noche por el suelo, las vasijas y lámparas de barro, piedras de molino…
Echando mano de aquellos elementos, el Abuna John contextualizaba muchos textos evangélicos que adquirían un valor especial en contacto con la tierra y costumbres en que nacieron. A las afueras de Taybeh quedan los restos de una iglesia bizantina, que habla de la antigüedad de la comunidad cristiana, que venera aquellas piedras sin pensar para nada en su posible valor turístico.
El actual cura católico del pueblo, Bashar Fawadleh, clama continuamente para que no les dejen solos, denuncia las agresiones de los colonos, que actúan con total impunidad, reclama la intervención de las autoridades eclesiásticas y de las organizaciones internacionales. Pero me llama la atención que reiteradamente solicita la intervención de «los representantes diplomáticos», «la presión de la comunidad internacional», «la presencia de misiones diplomáticas». En Jerusalén existen consulados generales de varios países de tradición cristiana (España, Francia, Italia, Grecia, Reino Unido) que no dependen de sus embajadas en Tel Aviv ni están oficialmente acreditados ante el Gobierno israelí. Responden al estatu quo especial de Jerusalén, que Israel ha roto al declarar «que es la capital indivisible y eterna del Estado de Israel». Estos consulados ejercen una labor positiva y podrían haber sido la representación ante la autoridad palestina. Es claro que hoy esto es una quimera. Pero los palestinos ven en estos consulados una tabla de salvación. Creo que se refleja en las palabras del cura cuando implora «la presencia de misiones diplomáticas». Y lo vinculo con un recuerdo personal.
En 1984 era cónsul general de España en Jerusalén Ramón Armengol, que después pasó a ser director de la Escuela Diplomática en Madrid. Entablé una buena amistad con Ramón, hombre culto y muy religioso. Decidió aceptar la invitación de los patriarcas (cabezas de familias con autoridad tradicional indiscutible) para visitar Taybeh. Me pidió que le acompañase, cosa que hice con gusto y curiosidad. La recepción, dentro de la modestia y sencillez del lugar, fue solemnísima con un protocolo tradicional rebosante de hospitalidad. Ramón se movió con elegancia, como se esperaba en aquel ambiente, y con simpatía. Después los patriarcas desgranaron su agradecimiento y peticiones. Lo hicieron con enorme dignidad. No había cancillerías ni subvenciones por medio. Pero aquellos representantes de Taybeh estimaban y confiaban en los buenos oficios europeos. Me acuerdo de aquella escena entrañable de hace cuarenta años y me surge unirme al clamor desesperado que recorre Palestina: ¡Salvemos Taybeh, impidamos la anexión israelí de Cisjordania!
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