Artículo publicado en El Correo (17/09/2026)

Llevo tiempo fijándome que en muchas películas y series, alguien dice a una persona que está muy perjudicada físicamente y/o emocionalmente: «todo va a salir bien».
Gracias a la IA he encontrado que la frase aparece en más de 1.200 (!) escenas de películas y series, según la obra ‘Everything Will Be O.K.’ del artista conceptual Allan McCollum, que recopila capturas de pantalla donde actores pronuncian exactamente esa línea o variantes muy cercanas.
Otra expresión que también hemos escuchado de un importante político de nuestro país en dos crisis de espanto como la pandemia y ahora la de Ceuta es que «saldremos más fuertes». También la he encontrado en los presidentes de la UE, Francia, USA, etc.
La última frase que me da que pensar es «no dejaremos a nadie atrás», que con diversas variantes la usa también nuestro presidente de gobierno y otros mandatarios internacionales
No sé qué pensará usted, pero tengo serias dudas que todo vaya a salir bien a todas las personas, que todos seremos más fuertes y que no haya personas que se queden «atrás» en el mundo que vivimos.
Desgraciadamente, la realidad es mucho más áspera que lo que parece en las cápsulas de los mítines, conferencias, entrevistas o la hora de ocio en la televisión o en el cine.
Empecemos observándolo con la desigualdad económica estructural. Hay muchas evidencias que la atestiguan como las brechas educativas acumuladas por décadas, una progresiva y constatable mayor concentración de riqueza en grandes patrimonios y empresas y una gran dificultad para financiar políticas redistributivas sin aumentar la deuda, que ya está sobredimensionada o subir impuestos que provoca que el capital se mueva a territorios más atractivos fiscalmente.
Además, tenemos nuestros sistemas de bienestar muy tensionados. Las pensiones, la educación, la sanidad, la vivienda. En nuestro marco constitucional se promete la protección universal ideada hace 5 décadas, pero tenemos un envejecimiento acelerado, nos va a costar mucho dinero e imaginación equilibrar la balanza de las pensiones con el atracón de los «baby boomers», una gestión muy complicada de profesionales de la salud y de la educación y un problema con la vivienda que nadie da con la solución perfecta. Queda muy bien decir que protegeremos a todos en todo, pero financiarlo es inviable con el sistema actual.
También hablamos de que los trabajadores y las empresas van a salir más fuertes de las crisis, pero la realidad es que algunos salen del mercado. Solo hace falta ver la alta temporalidad histórica, la precariedad de los empleos para los jóvenes, y ahora nos enfrentamos al impacto en el mundo laboral de la inteligencia artificial que a corto plazo está segando muchos empleos y acceso de juniors al mercado.
Lo anterior se agrava con las crisis migratorias que nos reta a todos en conseguir una sana cohesión social. En el mundo occidental tenemos diversas posturas: negacionistas, prácticas (sólo permitimos a los que aporten y necesitemos) y humanistas (el inmigrante es un ser humano que necesita ser atendido e integrado). Prometer que «todo va a salir bien» en contextos de tensión social es simplemente mentir, porque es imposible. Se me ocurren al menos cuatro razones: la integración es desigual por temas de idioma, religión y cultura, la financiación pública también es limitada y a menudo miope, la polarización política la estamos observando en casi todos los países desarrollados y la desinformación está distorsionando los conflictos.
Cuando nos encontramos entre tantas encrucijadas mezcladas, tendemos a mirar al Estado. Pero para la Administración es inviable resolver todo, aunque prometa mucho. Conocemos sus límites porque todos hemos chocado alguna vez con ellos: procesos administrativos, límites presupuestarios, capacidad de ejecución de proyectos más allá que los cuatro años de gobierno o la coordinación entre los cinco (!) niveles de administración: UE, Estado, Gobierno autonómico, diputaciones y ayuntamientos (cuando nos visitan mis amigos del extranjero y les explicamos nuestro entramado, alucinan). Sabemos que los discursos son relativamente fáciles de hacer, pero desarrollar la acción pública suele ser muy lenta. En los discursos de nuestros líderes normalmente suavizan la realidad, pero no la cambian. Por eso se repiten tanto: son fáciles de decir y difíciles de cumplir.
Erich Fromm, psicoanalista y sociólogo que escribió «El miedo a la libertad» dijo que el individuo quiere recibir órdenes, para no tener que tomar decisiones ni asumir responsabilidades. Es decir, que la incertidumbre y el miedo pueden volver seductora una autoridad que ofrece certezas. ¿Les recuerda esto al momento que vivimos y a los cantos de sirenas que escuchamos?
Por tanto, igual es el momento de darle una vuelta a la frase del comienzo, como, por ejemplo: «Todo puede salir bien si pongo ilusión y trabajo en ello, si me apoyo en personas con las que podamos ayudarnos mutuamente y si exigimos al Estado que cumpla con aquello para lo que existe, cuando sea necesario». Probablemente no la escuchará en ninguna película o a un político, pero, ¿no le parece que es más completa y realista?
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