La Premio Nobel de la Paz inauguró el BBK Bilbao Kultura Social Forum con una conferencia en la que recorrió su experiencia personal y los grandes desafíos de nuestro tiempo: la memoria, la justicia, el perdón, la guerra, el hambre, el cuidado de la Tierra y el papel de las nuevas generaciones


Ane Bores | Gabinete de prensa de la Universidad de Deusto(28/09/2026).
Un «Kaixo» bastó para romper la distancia entre una Premio Nobel de la Paz y un Paraninfo lleno. Rigoberta Menchú Tum comenzaba así su encuentro con la comunidad de la Universidad de Deusto, en la apertura del BBK Bilbao Kultura Social Forum, impulsado por Fundación Fair Saturday. A partir de ese momento, su intervención fue avanzando entre recuerdos personales, enseñanzas de la cosmovisión maya y reflexiones sobre un mundo que, en muchos aspectos, sigue enfrentándose a los mismos problemas que ella lleva décadas denunciando.
La decana de Deusto Business School Macarena Cuenca y Jordi Albareda, fundador y CEO de Fair Saturday, participaron en el encuentro, que reunió a estudiantes, profesorado y miembros de la comunidad universitaria. El título de la conferencia —«Resistir, perdonar, reconstruir» (Eutsi, barkatu, berreraiki)— terminó siendo también el hilo conductor de un relato en el que Menchú habló de lo colectivo, pero sin dejar nunca de volver a la experiencia de cada persona. Porque, para ella, las grandes transformaciones comienzan precisamente ahí: en cada uno.
Escuchar a la Tierra, escuchar a los demás
Menchú empezó hablando de sus raíces. De una manera de entender la vida en la que el ser humano no está separado de la naturaleza y en la que el conocimiento de los antepasados continúa teniendo un papel fundamental. Habló del calendario maya, de sus ciclos y del significado de la jornada en la que se celebraba el encuentro, asociada al símbolo Toh, relacionado con el fuego sagrado y con la capacidad de escuchar a la Madre Tierra y al Creador.
Desde ahí, llevó la conversación a una pregunta muy actual: ¿qué entendemos por riqueza? La Premio Nobel distinguió entre riqueza espiritual, social y material. Tres dimensiones que, explicó, necesitan mantener un equilibrio. Cuando la dimensión material ocupa todo el espacio, la persona corre el riesgo de perder de vista aquello que da sentido a la vida.
Su reflexión desembocó en una expresión que repetiría como una de las claves de su intervención: una «agenda de esencia». Una agenda que debería poner en el centro el cuidado de la Tierra, la convivencia, la dignidad de las personas y unas prioridades diferentes para los recursos disponibles.
Y ahí apareció una de las contradicciones que quiso poner ante el público de Deusto: mientras hay personas que no tienen qué comer, se destinan enormes cantidades de recursos a la guerra y al armamento. Menchú habló de conflictos internacionales, pero su preocupación estaba puesta, sobre todo, en las personas que sufren sus consecuencias.
Cuando la memoria no permite olvidar
A medida que avanzaba la conferencia, la voz pública de la Premio Nobel se fue mezclando con la historia personal de Rigoberta Menchú. Guatemala apareció en el Paraninfo. Aparecieron también las pérdidas de su familia, la violencia y el exilio. Recordó a su padre, muerto junto a otras 37 personas, y a su madre, secuestrada durante el conflicto.
No fueron únicamente recuerdos. Fueron la explicación de por qué para ella hablar de paz significa necesariamente hablar de memoria. El dolor, explicó, permanece. Pero no debe convertirse en odio ni en una condena permanente. Recordar no significa quedarse atrapado en lo ocurrido. Significa reconocerlo para poder construir algo diferente.
En este punto llegó uno de los mensajes más claros de la conferencia cuando habló del perdón: «Para que exista el perdón, tiene que haber un reconocimiento previo de la culpa». La frase resume una parte esencial de su concepción de la reconciliación. No hay que confundir perdón con olvido. Antes está la verdad, el reconocimiento de lo sucedido y la dignificación de las víctimas.
También habló de la justicia y de su propia experiencia en los procesos judiciales. De las dificultades para demostrar una verdad histórica ante los tribunales y de la importancia de que las leyes se conviertan en instrumentos efectivos para defender los derechos humanos.
Una universidad que reúne conocimientos diferentes
En su recorrido por los derechos humanos, Menchú reivindicó también la necesidad de unir diferentes disciplinas. La defensa de los derechos no pertenece exclusivamente a los abogados. También necesita médicos, investigadores, profesionales de las ciencias sociales, artistas, comunicadores y personas de muchos otros ámbitos. Cada conocimiento aporta una mirada diferente.
Y precisamente por eso insistió en la importancia de que los jóvenes sean interdisciplinarios y multidisciplinarios. Pero inmediatamente añadió algo que terminó convirtiéndose en uno de los mensajes centrales de la jornada: antes que profesionales, deben ser personas.
El momento en que Menchú habló directamente a los jóvenes
Fue entonces cuando su mirada se dirigió de manera especial al alumnado que tenía delante. Les habló de liderazgo. De participación. De frustración. De la necesidad de tener una agenda propia y de no esperar a que sean otros quienes decidan qué futuro quieren.
Los jóvenes, recordó, tienen herramientas que otras generaciones no tuvieron. Tienen acceso al conocimiento, a nuevas tecnologías y a nuevas formas de comunicación. Pero esas herramientas solo tienen sentido si se utilizan para hacer algo con ellas. Les pidió que expresaran sus ideas, que aprendieran a convencer, que escucharan, que dialogaran y que supieran pedir perdón. Y, sobre todo, les recordó que son el relevo: «Los jóvenes serán de gran ayuda siendo interdisciplinarios o multidisciplinarios, pero más que nada, seres humanos. Ellos son nuestro relevo generacional, quienes deben mantener viva la fe en que todo es posible mientras el ser humano tenga conciencia».
Esa frase conectó directamente con el sentido del encuentro. No se trataba únicamente de hablar sobre los problemas del mundo, sino de preguntarse qué puede hacer cada persona desde el lugar que ocupa.
Del cambio climático al hambre
La conversación volvió después a algunos de los grandes retos globales. Menchú habló del cambio climático y de cómo sus efectos recaen con especial intensidad sobre quienes menos recursos tienen. Habló de Guatemala y de la desnutrición crónica. Y habló de soberanía alimentaria.
Porque, explicó, no basta con llevar ayuda a una comunidad si las personas no tienen después la posibilidad de sembrar, producir y alimentarse. La tierra vuelve a aparecer así como parte de la solución. No solo como un espacio que proteger, sino como un elemento esencial para garantizar la vida y la autonomía de las comunidades.
La frustración también forma parte del camino
Entre los consejos dirigidos a los jóvenes apareció también una cuestión más cercana: cómo afrontar la frustración. No todo sale como se espera. Hay proyectos que no funcionan, decisiones que no salen bien y momentos en los que parece que los objetivos se alejan.
Menchú animó a no quedarse detenidos ahí. A mirar de frente la frustración y convertirla en nuevas metas. Su mensaje no planteaba una vida sin dificultades. Más bien lo contrario. La dificultad forma parte del camino. Lo importante es qué hacemos con ella.
Y en ese proceso vuelven a aparecer la comunicación, la escucha y la capacidad de trabajar con otros.
La reconstrucción también puede ser personal
Quizá fue en este punto cuando la conferencia adquirió su dimensión más íntima. Rigoberta Menchú habló de sí misma. De cómo las experiencias vividas durante su juventud habían influido en su manera de entender el matrimonio y la maternidad. Durante un tiempo no quiso formar una familia. El contexto de violencia en el que había crecido le hacía difícil imaginar ese futuro.
Hasta que conoció a Ángel. A partir de entonces, explicó, comenzó también un proceso de reconstrucción personal. Recuperó vínculos, volvió a construir un entorno familiar junto a sus hermanos, tíos, primos y seres queridos y encontró una nueva manera de mirar hacia adelante.
También habló de la pérdida de uno de sus hijos. Lo hizo desde el dolor, pero sin quedarse únicamente en él. Porque reconstruir no significa borrar las heridas. Significa aprender a vivir con ellas y, al mismo tiempo, volver a encontrar razones para seguir construyendo.
Una mujer que se define como optimista
Después de hablar de la guerra, de la pobreza, del hambre, de la justicia, de la pérdida y de la frustración, Menchú terminó hablando de esperanza. Se definió como «la mujer más optimista del planeta». Y quizá ahí estaba la clave para entender todo lo anterior.
Su optimismo no nace de desconocer el dolor. Nace precisamente de haberlo vivido. De haber perdido y haber seguido adelante. De haber conocido la injusticia y continuar buscando justicia. De haber visto la destrucción y seguir hablando de reconstrucción.
Antes de terminar, volvió a los jóvenes. A quienes están estudiando hoy en las aulas y mañana ocuparán otros espacios de responsabilidad. A quienes tendrán que decidir qué hacer con los conocimientos y las herramientas que tienen a su alcance. La invitación fue clara: crear su propia agenda, participar, escuchar, defender sus ideas y no perder la conciencia de que cada persona puede contribuir a transformar su entorno.
La conferencia «Resistir, perdonar, reconstruir» terminó así como había comenzado: poniendo a las personas en el centro. Primero, resistir ante aquello que no queremos aceptar. Después, buscar la verdad y entender que el perdón necesita reconocimiento. Y finalmente, reconstruir. No para volver exactamente al lugar de partida, sino para ser capaces de levantar algo nuevo sobre lo vivido. En el Paraninfo de Deusto, Rigoberta Menchú dejó esa tarea especialmente en manos de las nuevas generaciones. «Todo es posible mientras el ser humano tenga conciencia», recordó.
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