Se trata de una profesión que requiere una formación muy sólida, que paradójicamente sigue sin estar regulada en España.
Artículo publicado en El Correo (10/10/2026)

Hoy conmemoramos el Día Mundial de la Salud Mental, tema de actualidad y de debates, pero también de contradicciones y discrepancias. La OMS define la salud mental como un estado de bienestar en el que la persona puede afrontar el estrés de la vida, desarrollar sus habilidades, aprender, trabajar de forma productiva y contribuir a su comunidad. Al leer esta definición ‘de buena salud mental’, la sentimos de inmediato en mayor o menor medida, cierta preocupación por el trabajo, la familia, el pasado, el amor o los constantes giros y traumas de la vida; es la realidad y para la mayoría de los mortales forma parte de la existencia.
Pero cuando una persona no puede superar el sufrimiento psicológico, bien por sus vínculos personales con los múltiples aconteceres de su vida familiar, social, laboral, o bien por una insuficiente maduración emocional, es cuando pueden surgir la tristeza, la preocupación ansiógena o el estrés, pudiendo evolucionar hacia un diagnóstico psicopatológico. En tal caso, la definición de salud mental expuesta anteriormente se vuelve antagónica y el sufrimiento psicológico del paciente se extiende prontamente a su vida personal, social, familiar y laboral.
Entonces, ¿el sufrimiento psicológico es una enfermedad, algo genético o una respuesta desadaptativa? Los avances en epigenética nos muestran que nuestras predisposiciones genéticas son relevantes, pero que las diversas y múltiples respuestas que los seres humanos tenemos frente al sufrimiento psíquico tienen que ver de forma significativa con lo que hemos visto, sentido y aprendido a lo largo de nuestra vida.
En particular y como ejemplo, la exposición a un ambiente sociofamiliar hostil junto con experiencias vitales difíciles o traumáticas de todo tipo, pueden modificar la expresión de los genes pertinentes y en algunos casos alterar de forma grave la neurotransmisión cerebral.
Todo sufrimiento psicológico, aunque sea puntual, afecta el funcionamiento básico del cerebro y del cuerpo, de forma que lo mental, es decir, nuestro pensamiento, nuestros sentimientos, en definitiva, nuestra conciencia sobre el dolor afectan a nuestro entramado fisiológico cerebral.
Desde esta constatación científica es obvio que los tratamientos en salud mental deben incorporar de forma mucho más rigurosa técnicas psicoterapéuticas que se complementen interdisciplinarmente con los tratamientos biomédicos. Sigue siendo escasa o nula la aplicación coordinada, regular y prolongada de la psicoterapia en nuestros sistemas de salud.
Un buen diagnóstico en psicopatología debe integrar como pilar básico de toda intervención la parte mental y psicológica, junto con una parte social y familiar y también la parte biomédica, pero esta última al servicio del paciente como un eslabón más de la cadena terapéutica. Actualmente ya se sabe que la administración exclusiva de psicofármacos en pacientes con trastornos psicopatológicos resulta insuficiente. Por el contrario, si la psicoterapia está bien asignada y el psicofármaco es necesario, este se convierte en un fuerte aliado de la intervención psicológica, impidiendo esta última la cronificación, la hiperfrecuentación asistencial, favoreciendo la cura y el alivio sintomático y en la mayoría de los pacientes una incuestionable mejoría de su calidad de vida.
Las investigaciones en neurociencia confirman desde hace tiempo, los efectos directos y los cambios que producen las psicoterapias con evidencia científica en las estructuras cerebrales más complejas, cambios en plasticidad, cambios a nivel molecular y cambios en la conectividad cerebral, no solo a corto plazo sino también a largo plazo. Estos cambios se producen porque las diversas estructuras cerebrales que están en juego movilizan ese complejo entramado neuropsicológico de sensaciones, emociones y sentimientos que, a su vez, cuando son activadas a través de las diversas psicoterapias, producen los cambios cerebrales ya mencionados. La epigenética es clara al respecto: una psicoterapia bien enfocada revierte cambios químicos dañinos producidos por el sufrimiento psíquico y el estrés.
La psicoterapia es una profesión que requiere una base formativa muy sólida, que paradójicamente sigue sin estar regulada en España y es causa de un intrusismo preocupante. En las psicoterapias con base científica la palabra, la sugestión, la reflexión, la transferencia, el vínculo, en definitiva, la toma de conciencia con sus oportunos cambios cognitivos se producen en ese encuentro sutil y único entre un profesional de la salud mental y un sujeto. El proceso terapéutico puede ser largo, pero siempre es beneficioso para el paciente.
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