Es una estrategia psicológica extendida cuya finalidad es sentirse mejor y que advertimos mejor en los demás que en nosotros mismos.
Artículo publicado en El Correo (08/10/2026)

No me refiero aquí a decir ‘no’ a la petición de un favor o a afirmaciones como: «El eclipse de sol fue el 17 de julio». Me refiero a la estrategia de negar o no ver aspectos de la realidad exterior o interior (ideas, deseos, sentimientos) que resultan, en algún grado, turbadores o conflictivos. Son los mecanismos de defensa o defensas psicológicas, cuyo estudio ya no es exclusivo del psicoanálisis.
Una estrategia psicológica poco compleja y poco advertida, pero ampliamente extendida, practicada con diferentes formas y grados, cuya finalidad es sentirse mejor, o evitar sentirse mal. La advertimos mejor en otros que en nosotros mismos.
Ante el confuso conflicto interior entre la atracción del alcohol y el conocimiento de sus consecuencias negativas, hace su aparición la negación. Para eso la negación tiene sus cómplices, como hacer trampas en la cantidad («Menos de media copa», «No todos los días») o en la percepción de control («Cuando quiera lo dejo»). Algo parecido ocurre en la adicción a otras sustancias psicoactivas o a los juegos de azar.
No es solo engañar a otras personas, sino también engañarse a uno mismo; porque la mejor forma de engañar con éxito a otras personas es comenzar por engañarse a uno mismo: para mentir, mentirme. Negar que hay problema y negar que se necesita que le ayuden o, más exactamente, que le ayuden a ayudarse: «Me basto yo; no necesito a nadie».
Muchas veces los hechos son tan evidentes y tozudos que resulta imposible negarlos. No conseguir un determinado puesto de trabajo se puede ocultar a otras personas, pero resulta muy difícil o imposible negárselo a uno mismo. Una solución es negar su importancia: «Es un trabajo que no me gusta; así buscaré otro mejor». En este ejemplo, otra defensa psicológica, la racionalización, viene en ayuda de la negación y recuerda lo de «Las uvas están verdes», de la fábula de Samaniego.
Negar los síntomas de una enfermedad, física o mental, no significa que lo aconsejable sea enfocar de forma obsesiva nuestro cuerpo y realizar un chequeo médico o psicológico semanal «por si acaso». Tan desaconsejable es ver con gafas de soldador algo que nos genera ansiedad como verlo con lupa o microscopio.
En el amplio abanico de conductas de riesgo –deportes, conducta sexual, ingestión de sustancias, inversiones económicas…– con frecuencia hace acto de presencia la negación. No ver el peligro, minimizarlo, negación de la vulnerabilidad, actuar como si estuviera convencido de que es una excepción a las leyes de la naturaleza. O pensar que mantiene el control: «De acuerdo, estoy cogiendo unos kilos de más, pero en abril empezaré a adelgazar».
Las relaciones abusivas, por ejemplo en la pareja, con frecuencia se tratan de invisibilizar con la práctica de la negación. El abusador no reconoce que lo es («Lo que hago es corregir, no maltratar», «Es por su bien»). Pero a veces la víctima tampoco reconoce con lucidez la situación y niega que sea víctima de una relación abusiva («En el fondo me quiere», «A veces me abraza») hasta que las consecuencias adquieren extrema gravedad y ya no se pueden ocultar.
Porque los sentimientos constituyen un universo abigarrado y versátil que dificulta o impide su identificación, facilita su manipulación y negación y dificulta o impide su identificación. «No estoy enfadado», «No me molesta».
Aunque de forma lenta e insidiosa, el envejecimiento envía sus señales de forma implacable e irritante. El espejo confirma los mensajes que nos envían otras partes del cuerpo. ¿Negar el envejecimiento? Los elevados costes de los tratamientos «antiedad» –o mejor, «antienvejecimiento»–, o intentar alguna ‘proeza’ física insensata son solo dos ejemplos. No hay que recibir las señales de envejecimiento pasiva y resignadamente, sino de forma activa, que comienza por reconocer la realidad y, sin tirar la toalla, seguir adelante sordo a los mensajes del edadismo.
Negación de la información que se considera amenazante a nuestras opiniones. De este modo nos cerramos a informaciones que no confirman o que no están de acuerdo con nuestros puntos de vista. Y nos empequeñecemos. «Solo lo de mi partido».
La negación va más allá de lo estrictamente personal. A cientos y miles de kilómetros, pero también a pocos metros, viven y crecen injusticias sociales y múltiples formas de sufrimiento. Lo más sencillo es mirar para otro lado, esconder la cabeza…
Según los expertos, el dicho popular «esconder la cabeza como la avestruz» no responde a su conducta. Es muy de desear que tampoco resulte aplicable al comportamiento de los seres humanos.
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