Con la masiva entrada de personas migrantes a Ceuta se ha abierto una ocasión de proyectar el odio racial como forma de hacer política y estrechar el cerco sobre Sánchez.

Artículo publicado en El Correo (31/10/2026)
Muchos insisten en que estas elecciones serán las más agresivas desde hace muchísimos años. Esto es preocupante, sin lugar a dudas; máxime cuando ya venimos malacostumbrados a un panorama político absolutamente propicio para la emergencia de identidades reactivas, vertebradas estas bajo los sentimientos más tóxicos de rechazo, odio y asco por el diferente. Simplemente por precisar esto: escuchar a los rivales políticos parece revelar más una contienda pre-guerracivilista que un ágora pública para una discusión política con altura de miras. Que si Óscar Puente insulta al líder de la oposición; que si Ayuso llama ‘hijo de p…’ nada más y nada menos que al presidente del Gobierno de España y encima luego se jacta de ello acuñando el ‘me gusta la fruta’… De verdad que cuando se dice que vamos a tener una de las campañas electorales más sucias de la historia reciente de España, me gustaría que lo aclararan, ya que ¿acaso todo esto que estamos viviendo ahora no es de lo más sucio que uno puede esperar?
En este contexto tan desalentador, y sobre todo tras la masiva entrada de personas migrantes a Ceuta, también parece que se ha abierto una nueva oportunidad política (cínica, diría) para ensanchar todavía más las viles ocasiones de proyectar el odio racial como forma de hacer política en este país. En efecto, Marruecos, y sobre todo lo marroquí, parecen emerger como dos constructos políticos muy potentes para estrechar el cerco político sobre Sánchez y así alinear a grandes masas sociales con viscerales discursos instrumentalizados para llamar a las entrañas de la españolidad más profunda en contra del ‘moro invasor’. Es como si la amenaza de lo marroquí y, por ende, de lo musulmán tuviera que salir a flote para rescatar una identidad somnolienta y, por tanto, derrotada por la frustrante polarización histórica que aqueja a este país entre peligrosos zurdos e independentistas traidores a la patria.
Así pues, desde finales de julio venimos presenciando una acalorada discusión pública sobre Marruecos. A veces desde límites claros en los que se distingue entre el Estado marroquí y la población marroquí, como cuando se dice que el Gobierno norteafricano es también cruel con sus propios ciudadanos; y otras veces, sin una distinción clara, mezclando todo y buscando siempre proseguir con esta ceremonia del caos y la confusión política en la que se allana el camino para la difusión acrítica de discursos no solo sobre Marruecos, sino también sobre los marroquíes en España, alineándolos de forma compacta con una única ideología política (que si de repente son todos votantes del PSOE), con una preferencia electoral el 29-N (que si la mayoría va a decidir las elecciones favoreciendo al peligroso Pedro Sánchez) o, simplemente, con una determinada voluntad política (se dice que la única lealtad política de los marroquíes a largo plazo es la corona alauí).
En este panorama, como digo, me inquieta más la indignante instrumentalización de ‘lo marroquí’ en esta campaña electoral, ya que no nos olvidemos: España cuenta con más de un millón de personas de origen marroquí, por lo que sería del todo preocupante, cuando no peligroso, utilizar un grupo etnonacional como estrategia partidista para seguir embarrando un escenario político definitivamente sucio por el nivel de desprecio (sí, el de los políticos y los medios de comunicación) que se revela constantemente hacia la palabra, la racionalidad y, en definitiva, la mesura política entre unos y otros.
Aquí, en este preciso punto, lo marroquí se convierte en un chivo expiatorio; en definitiva, hábil estrategia para enmarcar discursos grandilocuentes, alinear masas enfervorecidas y llamar a sentimientos movilizadores en términos psicosociales como son el miedo y la ira.
He sido árbitro de fútbol, y en el argot futbolero, los jugadores recriminan habitualmente al colegiado que ‘el partido se le está yendo de las manos’, máxime cuando los árbitros no intervienen para resolver los conflictos dentro de un simple partido de noventa minutos, sino que, más que eso, los alimentan con decisiones erróneas, percibidas como injustas. En el fútbol todo esto puede conducir a que en el partido pueda acabar habiendo unos cuantos expulsados porque el ambiente se caldea y los futbolistas son seres humanos con la sangre caliente de una contienda como la futbolística. Sin embargo, aquí no se trata solo de un partido que deben jugar nuestros políticos, más bien nos estamos jugando algo más profundo como es la convivencia. Y eso, sin duda, es mucho más peligroso en términos de cohesión social a largo plazo.
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