La memoria de los jóvenes en Euskadi

Este año celebramos el Día de la Memoria en unas circunstancias especiales caracterizadas por el décimo aniversario del alto el fuego definitivo de ETA y por el énfasis que se ha hecho tanto desde el ámbito político como desde el mediático en incluir a las personas jóvenes como protagonistas del deber de memoria de la sociedad vasca.

Con frecuencia, se dice que estamos ante la primera generación que ha nacido y crecido en un escenario sin violencia. ¿Qué significa trabajar con la memoria de los y las jóvenes sobre experiencias o procesos históricos que no vivieron, pero que, de una manera u otra, influyen en su presente e influirán en su futuro?

A veces, se insiste demasiado en que la juventud tiene escasos conocimientos sobre lo que ha sucedido en Euskadi en los últimos cincuenta años. Es cierto. Así lo muestran distintos estudios de carácter sociológico. Algunos de los atentados más sangrientos cometidos por ETA como el de Hipercor (1987) les resultan completamente desconocidos. Muchos jóvenes confunden el asesinato de Carrero Blanco (1973), presidente del Gobierno de Franco, con el de Miguel Ángel Blanco (1997), concejal del PP de Ermua, secuestrado y asesinado por la banda terrorista.

Por supuesto, el déficit de conocimientos es preocupante. No hay que minusvalorarlo. Sin embargo, este énfasis en el desconocimiento de la juventud requiere por lo menos dos matices. Primero, cuando se insiste en esa ignorancia, pareciera que se culpa de ella a los propios jóvenes por lo que no han aprendido, por el escaso interés que tienen sobre el pasado y por tener una mirada cortoplacista y narcisista, sin ninguna preocupación por lo que sucede a su alrededor. Pero la responsabilidad hay que situarla en la sociedad que los educa para bien y para mal.

Manto de silencio

Una sociedad que ha desplegado un auténtico manto de silencio que ha hecho que este asunto siga siendo un tabú del que se habla poco en las familias, las cuadrillas e incluso también en la escuela. Así lo manifiestan jóvenes que participan en proyectos de educación de la memoria liderados por el Centro de Ética Aplicada. Unos dicen que en sus familias no se toca el tema, otros que sí se hace, pero desde una única perspectiva que ellos y ellas reconocen que es parcial o incompleta.

En su gran mayoría, en las cuadrillas el tema no se plantea para evitar discusiones o para no perder amistades. Respecto a la escuela, no recuerdan más que un tratamiento superficial del asunto, incluso aunque algunos o algunas hayan tenido ocasión de enfrentarse al testimonio de una o varias víctimas.

No obstante, cuando se les interpela, se hace evidente que sí tienen preguntas, inquietudes, creencias y reflexiones, pero que nos las pueden canalizar adecuadamente. Esto sigue siendo así a pesar de la notable cantidad y calidad de productos culturales (documentales, películas, series de televisión, novelas, cómics, etc.) y de iniciativas sociales que visibilizan públicamente el conflicto vasco y la violencia. Por eso, resulta fundamental plantearse como objetivo explícito levantar ese manto de silencio, abriendo espacios de diálogo y de discusión con la juventud.

Segundo, no tener conocimientos no significa carecer de memoria. Las personas jóvenes no tienen la cabeza vacía. Tienen muchos fragmentos de la memoria colectiva que han recibido a través de distintos canales de socialización, y que han hecho propios sin darse cuenta. Y tienen también memorias personales, si no de los años de violencia, sí de la experiencia de crecer en sus familias y en sus entornos de los que han heredado conversaciones o silencios, miedos, heridas y visiones del mundo y de los otros. Estos fragmentos de memoria son muy activos, y es desde ellos desde donde entienden la realidad y toman decisiones sobre cómo actuar con relación a ella.

Las memorias de las personas jóvenes

Desde el CEA hemos apostado por una aproximación a la educación de la memoria que interrogue los relatos de las memorias personales y colectivas desde la reflexión ética y la indagación histórica. Uno de sus principales objetivos es la desnormalización de la violencia, es decir, entender la violencia no como algo normal e inevitable, sino como un problema que necesita ser explicado y como una construcción social que puede ser transformada.

Atendiendo a los dos matices señalados sobre la ignorancia y la memoria de las personas jóvenes, conviene insistir en que cualquier iniciativa educativa que busque desnormalizar la violencia no puede hacerse de espaldas a las memorias que tiene la juventud. Al contrario, debe reconocerlas, sacarlas a la luz y trabajar sobre y a partir de ellas, para poder cuestionarlas mediante el análisis ético y el contraste con explicaciones históricas rigurosas.

Ética e historia en la educación

Pero la reflexión ética en abstracto y la explicación histórica no bastan por sí mismas. A pesar del potencial que estas tienen, es importante reconocer la dificultad que supone el hecho de que la memoria, y aún más aquella que versa sobre periodos conflictivos y violentos como el que hemos vivido, tenga fuertes componentes identitarios y emocionales que no se modifican con facilidad con datos históricos, principios éticos y argumentos racionales.

La importancia de la perspectiva de las víctimas

Resulta imprescindible romper con la abstracción o ideologización de los derechos humanos mediante su encarnación en las experiencias de las víctimas de la violencia que son precisamente las que encarnan su vulneración y que, de este modo, hacen tangible las consecuencias destructivas e injustas de la violencia. Una pedagogía de la memoria que dé un lugar central a la narrativa y a la perspectiva de las víctimas posibilita cultivar en los y las jóvenes sentimientos morales como la indignación, la compasión y la empatía desde los cuales pueden comprender mejor la dimensión de inhumanidad del pasado violento y proyectar estos aprendizajes en la manera de enfrentarse en el presente a otras formas de victimación.

Por otro lado, es imprescindible reconocer que, cuando los relatos de la memoria colectiva son cuestionados desde el análisis histórico, en esta confrontación se tocan fibras emocionales profundamente arraigadas porque se relacionan con las propias identidades de las personas jóvenes. Si bien la historia se refiere al pasado, interpela la manera en que los sujetos construyen representaciones sobre sí mismos, sobre los otros y sobre las relaciones establecidas en el tiempo. En consecuencia, una pedagogía de la memoria debe otorgar también un lugar central a la experiencia de los y las jóvenes cuando aprenden historias que pueden cuestionar sus relatos e identidades.