Tecnologías y modo de vida democrático

Adrián Almazán es licenciado en Física por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Filosofía por la misma universidad. Se incorporó recientemente al Centro de Ética Aplicada como docente e investigador. Almazán centra sus investigaciones en la ética de la tecnología y las humanidades ecológicas. Acaba de publicar el libro Contra la doctrina del shock digital junto al filósofo Jorge Riechmann.

Pregunta.- En sus investigaciones, relaciona el proceso de digitalización con el deterioro del medio ambiente. ¿En qué consiste ese vínculo?

Respuesta.– Lejos de lo que solemos pensar, Internet y las nuevas tecnologías no tienen nada de inmateriales. Internet es la infraestructura industrial más grande del planeta y, las TIC, el sector industrial cuyo impacto ecológico crece a una tasa más rápida, en una dinámica exponencial. De ser un país, las TIC ocuparían el tercer puesto en consumo de energía, solo superadas por EEUU y China. Ese consumo se convierte en un nivel de emisiones que podría alcanzar, en 2040, el 14 % del total. A todo ello se une el uso abusivo y acelerado de materiales muy raros y escasos como el litio o los metales raros.

Además, la apuesta por la digitalización es un contrasentido ecológico porque actúa como un acelerador del crecimiento económico capitalista, que se traduce siempre en un aumento de la destrucción ecológica. Lo que necesitamos es frenar, decrecer en nuestro consumo de energía y materiales y transitar hacia tecnologías más sencillas.

«Lo habitual es que los desarrollos tecnológicos se vivan como neutrales e incuestionables»

P.- No parece que, a nivel global, se esté produciendo un debate sobre este modelo de digitalización ¿Debería ser así?

R.- El debate sobre la tecnología creo que, con pocas excepciones, no se tiene ni a nivel global ni a nivel local. Hemos vivido algunos momentos en los que ciertas tecnologías, por ejemplo, la nuclear, se han analizado políticamente y combatido en la calle. No obstante, lo habitual es que los desarrollos tecnológicos se vivan como neutrales e incuestionables.

En ese sentido, lo que necesitamos no es un debate global, si con ello nos referimos a acciones legislativas de los oligopolios en los gobiernos del mundo. Lo que necesitamos es entender que las tecnologías moldean nuestros modos de vivir y nuestra relación con la naturaleza y, por tanto, tienen que poder ser analizadas desde un prisma radicalmente democrático.

Si entendemos que la democracia solo existe cuando tenemos la capacidad colectiva de decidir sobre cómo queremos vivir, entonces el debate sobre la tecnología debería ser precisamente aquel que nos permitiera decidir qué tecnologías son compatibles con un modo de vida democrático y sostenible, y cuales, en cambio, deberían desaparecer para siempre.

«La mentira y la creación de odio a través de Internet se han vuelto fuerzas políticas de primer orden»

P.- El documental The Social Dilemma ha puesto sobre la mesa la utilización de datos sobre nuestra actividad por parte de redes como Facebook, para captar nuestra atención, cambiar nuestro comportamiento y, en último término, conseguir beneficios a través de la publicidad.

 R.- El modelo de negocio de lo que se conoce como capitalismo digital o, en palabras de la investigadora Shoshana Zuboff, capitalismo de la vigilancia, se conoce desde hace ya varias décadas. ¿Cómo puede ser que la mayoría de los servicios virtuales ofrecidos por las grandes empresas de Internet sean gratuitos? Como leía en el periódico hace poco, cuando un servicio es gratuito es que la mercancía eres tú.

Ese es el caso de todas estas empresas, que han hecho de nuestros datos un nicho de negocio muy rentable. No obstante, el problema va mucho más allá de la publicidad. Lo que escándalos como Cambridge Analytica han sacado a la luz es que su capacidad para conocernos y manipularnos nos ha dejado en una posición extremadamente vulnerable en casi todos los ámbitos.

Empezando por el político, en el que el ya exiguamente democrático derecho al voto se pone en peligro ante la posibilidad de manipulación personalizada. Pero también en el laboral o legal, donde la aplicación de inteligencias artificiales en la selección de personal o en la resolución judicial nos deja cada vez más indefensos.

P.- Facebook y Twitter, entre otras empresas tecnológicas, han suspendido las cuentas de Donald Trump a raíz de sus declaraciones sobre el asalto al Capitolio ¿Cuál es la responsabilidad de estas compañías en el control de la desinformación?  

R.- Lo que ocurrió el día 6 de diciembre en Estados Unidos no es más que la apoteosis de una dinámica que lleva ya más de un lustro en marcha. El escándalo de Cambridge Analytica, que ha salpicado con sus ramificaciones las elecciones de líderes políticos como Trump o Bolsonaro, mostró claramente que la mentira y la creación de odio a través de internet se han vuelto fuerzas políticas de primer orden.

Aprovechando la opacidad de servidores virtuales como WhatsApp, lobbies políticos han podido utilizar sus recursos para extender mentiras irrefutables, por invisibles, que han aumentado el odio y la crispación en sociedades en crisis. Solo así puede entenderse el arrojo de quienes llegan al punto de atacar el Capitolio en defensa de una mentira: que las elecciones fueron ilegítimas.

Es evidente que las grandes compañías son responsables de lo sucedido, al igual que lo son de moldear nuestro consumo y nuestras formas de vida a cambio del dinero que les ofrecen las empresas. No obstante, la responsabilidad en este punto yo diría que es sobre todo nuestra. Son nuestras sociedades mal llamadas democráticas las que parecen haber olvidado que no puede haber democracia sin pensamiento crítico y sin paideia.

P.- Usted señala que la implantación del 5G no es un proyecto neutro. ¿Por qué?

R.- La extensión del 5G es un ejemplo perfecto de todo lo que venimos discutiendo, ya que no es más que la punta de lanza de un proceso mucho más amplio, la Cuarta Revolución Industrial. Lo que este proceso pretende, mediante transformaciones como la extensión del Internet de las Cosas o la generalización del coche autónomo, es llevar el capitalismo de la vigilancia de Internet a la vida real.

Este es un proceso que ya ha comenzado gracias a los smartphones, que permiten conocer en cada momento nuestra posición y grabar nuestras conversaciones incluso en los lugares más recónditos del globo. Pero, ¿qué pasará cuando pasemos de apenas tres objetos conectados a internet (móvil, ordenador, tablet) a decenas de ellos?

Que nadie se equivoque, los electrodomésticos o vehículos conectados a internet no serán inteligentes, sino espías. Permitirán a las empresas propietarias acumular datos sobre los detalles más nimios de nuestra vida cotidiana, datos que por supuesto se convertirán en muchos más beneficios en forma de publicidad. Y no solo eso.

Lo que ejemplos como el del Estado Chino nos muestran es que la infraestructura de las smart cities, las cámaras de videovigilancia con reconocimiento facial, etc. pueden convertirse en instrumentos para un control social simplemente terribles.

Todo eso sería imposible sin el mayor ancho de banda que va a supuestamente garantizar la red 5G. Por ello, es necesario que ahora nos opongamos firmemente a transformaciones que, a todas luces, van en una dirección contraria a la de la igualdad, la democracia y la libertad. 

«La pandemia está sirviendo de coartada para la imposición de una genuina doctrina del shock digital»

P.- En la esfera pública, en los medios, parece que la oposición al 5G está siendo liderada por los movimientos negacionistas. ¿Qué opina de sus argumentos?

R.- Me parece muy importante separar la esfera pública de los medios. Es cierto que en espacios virtuales como Twitter, los así llamados negacionistas -una categoría, por otro lado, confusa ya que recoge en verdad posiciones muy distintas y sensibilidades políticas antagónicas- han hecho bandera de la oposición al 5G vinculándolo con la extensión de la COVID-19. La defensa de una relación causal en ese sentido es simplemente insostenible, y no requiere demasiada discusión.

No obstante, si vamos a la esfera pública real, que es la de la sociedad civil organizada, la realidad es muy distinta. Hace ya más de seis meses desde Ecologistas en Acción, organización de la que formo parte, impulsamos una ciberacción contra el 5G que ha recabado casi 9.000 firmas. Entre ellas, las de decenas de colectivos vecinales, ecologistas o de personas enfermas. Los argumentos de estos son los mismos que los míos.

P.- ¿Qué consecuencia cree que puede acarrear el proceso de digitalización en este contexto de pandemia?

 R.- Como hemos desarrollado en varios lugares, por ejemplo en el reciente artículo que escribí junto a Luis González Reyes, Entre el límite y el deseo. Perspectivas estratégicas en el colapso de la civilización industrial, es un error entender esta pandemia como un episodio aislado y excepcional. La pandemia de la COVID-19 no es más que un episodio de un proceso mucho más amplio, el colapso ecosocial. Apostar por la digitalización como solución a la pandemia, que es un vector inequívoco de profundización en el colapso ecosocial en curso, es no haber entendido nada.

Pero, es más, si lo que está sucediendo es grave es porque la pandemia está sirviendo de coartada para la imposición de una genuina doctrina del shock digital. Si hemos elegido llamar al pequeño libro que he preparado junto a Jorge Riechmann Contra la doctrina del shock digital es porque entendemos que es eso justamente lo que está ocurriendo al calor de grandes planes de financiación como el Next Generation UE.

Si no queremos que todos los impactos negativos de los que venimos hablando se instalen en nuestra sociedad, tenemos la obligación de oponernos a las transformaciones en curso y luchar contra la implantación masiva y acelerada de cosas como el teletrabajo, la teleducación, la telemedicina o la virtualización de los afectos.