Artículo publicado en El Correo (30/12/2025)

Creo que Gremlins es la película que más veces he visto en mi vida. Más allá de ser un ritual navideño, cada año descubro un objeto nuevo en la tienda de antigüedades de Chinatown donde Rand Peltzer, el inventor, busca un regalo de Navidad para su hijo Billy. Los objetos de la tienda del viejo Sr. Wing no son recuerdos inofensivos, sino reliquias con peso, con intención, como si aguardaran al próximo dueño para revelar su verdadera naturaleza. Este año veo apilados de forma desordenada y cubiertos de polvo los cubos de colores de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Junto a los cubos, están un Cobi y un Curro del 92, una urna de referéndum del 17 y unos aplausos de balcones en bronce del 20.
La Agenda 2030 fue un plan de acción aprobado en 2015 en favor de los derechos de las personas, el planeta y la prosperidad para alcanzar el desarrollo sostenible acordado por 193 Estados miembros de las Naciones Unidas. Se estructuraba en 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (conocidos como ODS) y 169 metas que perseguían que los Estados, empresas y ciudadanos adoptaran las reformas necesarias para su consecución. Su visualización era a través de cubos de colores y el lema era «no dejar a nadie atrás». A la ultraderecha suele no gustarle por una combinación de razones ideológicas, políticas y discursivas. Interpreta la Agenda 2030 como un proyecto globalista, intervencionista y culturalmente progresista, incompatible con su énfasis en la soberanía nacional, la tradición y la desconfianza hacia las élites internacionales. Criticar la Agenda 2030 se convirtió en un símbolo identitario: oponerse a ella servía para diferenciarse de la izquierda, del liberalismo y del consenso internacional, y sobre todo, para canalizar el malestar social de los que se quedaban atrás.
La Comisión Europea llevó en persona los cubos a la tienda de antigüedades antes de acabar este año dando un giro significativo en una de sus políticas climáticas más emblemáticas al suavizar el veto a la venta de coches de combustión a partir de 2035, un cambio que modifica la norma original que exigía una reducción del 100% de las emisiones y suponía el fin total del motor de combustión. Pero la disputa a la capacidad de la ultraderecha para canalizar los malestares sociales buscando terrenos ganadores ya había empezado a girar anteriormente alrededor de nuevos discursos menos coloridos cargados de seguridad y bienestar.
Dos países que se mantienen en el ‘top 10’ de las mejores democracias del mundo marcaban nuevos caminos ganadores al espacio progresista. El Gobierno socialdemócrata danés aboga firmemente por que Europa sea capaz de defenderse por sí misma para 2030 instando a un rearme inmediato frente a la guerra híbrida rusa. El fortalecimiento de la capacidad militar y la seguridad es una prioridad central tanto a nivel nacional como en la agenda de la UE. En los Países Bajos tampoco se apoyaron en los cubos de colores para llegar al poder este año. Para huir de la polarización, los progresistas buscaron refugios consensuados de bienestar para sus ciudadanos y ganaron. Por otro lado, el nuevo alcalde de Nueva York no tiene miedo de hablar de seguridad y de buscar la manera de luchar contra la delincuencia al mismo tiempo que contra la desigualdad en el acceso a las mejores cartas para una vida digna. En Euskadi y Cataluña, gobiernan sin situar los colores al frente de su narrativa política y disputando el terreno de la gestión de la inmigración y de la seguridad desde otras coordenadas.
Todavía es pronto para saber si los nuevos inventos acabarán mal, como la mayor parte de los inventos del bueno de Rand Peltzer en Gremlins. Igual no es el mejor momento para soñar ideas fantásticas para un mundo fantástico, pero la dirección y el enfoque de los buenos propósitos no es conveniente perderlo y reconocer la ineficacia de los cubos de colores y mantener su espíritu en forma de refugio y el bienestar para no perder todo.
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