La inmensa mayoría de la ciudadanía vasca no compromete su tiempo, talento o recursos con el mundo asociativo
Artículo publicado en El Correo (06/01/2026)

A lo largo de las últimas décadas, repetimos como un axioma que la gente no participa. Las encuestas y los estudios inciden en el dato de que, aproximadamente, un 15% de la ciudadanía participa en asociaciones de naturaleza social, educativa, cultural, deportiva, ecologista, económica y/o política. ¿De este dato podemos concluir que estamos ante un bajo nivel de participación ciudadana?
No cabe duda de que la inmensa mayoría de la ciudadanía vasca, en torno al 85% del total, no toman parte en organizaciones formales, legalmente constituidas y registradas. La inmensa mayoría no compromete su tiempo, talento o recursos con el mundo asociativo en sus múltiples expresiones. No somos propensos a complicarnos la vida con cesiones altruistas de nuestro limitado tiempo disponible, sin retorno económico o beneficio personal directo, asumiendo responsabilidades añadidas, sufriendo agravios y disgustos… Optamos por la no participación en el tejido asociativo.
Pero sabemos que existen otras formas de participación ciudadana. Otros estudios nos hablan de un porcentaje significativo de seres humanos que participan en iniciativas no organizadas formalmente. Son acciones desarrolladas, individualmente o en grupo, que inciden en problemas concretos o comparten pasiones. No redactan estatutos, no distribuyen cargos, no acuden al registro, pero se activan. Podríamos sospechar que la inmediatez y concreción de la acción atiende a un mero interés personal, pero sienten como propio el problema o la pasión. Tenemos ejemplos cotidianos de personas que se suman a concentraciones de protesta por algo que les afecta directamente o que se agrupan en torno a un evento, sin tomar parte en una organización que haga frente al problema o promueva la pasión.
Llegados a este punto es necesario preguntarse por las razones de dicha (no) participación. Encontramos palancas que empujan a participar y barreras que impiden hacerlo. Algunas están relacionadas con nuestro modo de ser y estar en el mundo. Las motivaciones son elementos clave en la toma de decisión sobre la participación o no. Cuando tenemos una motivación profunda no hay condición externa que impida nuestra implicación. Nos entregamos en cuerpo y alma, aunque las barreras y obstáculos surjan en el camino. Por otro lado, nuestra escala de valores ordena las elecciones, condiciona nuestro paso adelante o no, a la espera de propuestas más acordes con nuestras prioridades. Otros aspectos subjetivos como las opiniones o las percepciones acompañan la decisión en uno u otro sentido.
Siendo los aspectos subjetivos mencionados condición necesaria, no siempre resultan suficientes para nuestra activación. Hay compañías, en el desempeño de la tarea, que nos desaniman, por su radicalidad, visceralidad, antipatía o postureo. Actividades para las que no nos sentimos suficientemente competentes o preparados. Espacios poco acogedores, incluso hostiles. Exigencias de tiempo fuera del alcance de nuestra agenda y necesaria conciliación. Propuestas que nos requieren aportaciones económicas que superan nuestro umbral de generosidad.
Otro aspecto a cuestionarse es si queremos, honestamente, que las personas participen. Tenemos que ser conscientes que, al incitar a la participación, estamos asumiendo el compromiso de dar respuesta a las expectativas de quien activamos: compartir información de un modo transparente; comunicar lo que se pretende hacer; escuchar con atención; cocrear con las personas activadas; asumir corresponsablemente los resultados; y considerar la posibilidad de que se desarrollen iniciativas que no coincidan con nuestra idea inicial. Una invitación a la participación implica asumir lo que surja de ella.
Si tienen dudas sobre participar o no, sobre animar a la participación o no, quiero darles dos buenas razones. Una, por egoísmo y supervivencia: la complejidad de los retos actuales solo encontrará solución en la activación e implicación del mayor número posible de personas. Y dos, por alteridad, empatía y solidaridad: la participación puede evitar dejar atrás a muchos seres humanos descartados. Podemos solucionar mejor los problemas y promover mejor las pasiones… participando.
Participar significa tomar conciencia de los retos que tenemos como sociedad. Supone activarse en la vida cotidiana, como ser humano, individuo, persona, usuario, consumidor, ciudadano… Y entraña implicarse en organizaciones formales o procesos informales que busquen alternativas a problemas y pasiones. ¿Se animan?
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