Artículo publicado en Levante (27/01/2026)

¿Es que puede haber una sociedad vivible sin educación?, ¿es que puede haber desarrollo humano sin conocimiento?, ¿es que las personas podemos sentirnos libres sin pensamiento crítico?
En una realidad como la actual, cada vez más compleja e incierta y en la que cada vez estamos más interrelacionados y somos más interdependientes, de cara a la igualdad de oportunidades, se hace preciso que la luz del conocimiento llegue a cada rincón del planeta.
Nelson Mandela comentaba con frecuencia: «La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo».
Es un derecho que permite sostener el primero de los derechos: el derecho a vivir. Vivir implica crecer, evolucionar, desarrollarse. Y eso no se hace posible sin educación. La simple subsistencia no es vivir, solo implica «sobrevivir», en lo que resalta nuestra naturaleza animal y apenas aparece lo humano. El colapso de la educación desencadena el colapso de cualquier nación.
El 24 de enero se ha conmemorado el Día Internacional de la Educación. Es el día proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas para destacar el papel fundamental de la educación en la paz, el bienestar y el desarrollo humano.
La educación va mucho más allá que el simple conocimiento. Nos posibilita saber cómo actuar respecto y frente a uno mismo, los demás y una realidad plena de incertidumbres y cada vez más compleja.
El ir viviendo exige el ir decidiendo. La educación se convierte en la puerta de nuestras decisiones. Al ir aprendiendo vamos dotándonos de recursos, modificamos nuestra actitud, haciéndonos más conscientes de la dimensión y diversidad del planeta. Y, sobre todo, nos hace más libres, más autónomos.
Desde Fundación por la Justicia apoyamos diversos proyectos que inciden en la escolarización de niños con riesgo de exclusión social. Es como abrir un sendero que les permita pasar de la oscuridad a la luz.
APRENDER viene de A (sin) y PRENDER, es decir, soltarse de donde estoy prendido. Por eso, aunque es cierto que cada uno va aprendiendo en su vivir y a través de los que nos rodean, si no queremos simplemente copiar —que es lo más fácil— tenemos que buscar ideas, pensamientos, conocimientos y experiencias lejos de lo que ya controlamos con facilidad.
Todas las cosas valiosas requieren tiempo. Así sucede con un embarazo, una amistad, la creación de una obra de arte, la confianza o el amor. Y el esfuerzo que se ha puesto para llegar a ellas les infunde más valor. Con la educación el proceso se alarga durante toda nuestra vida: siempre aprendiendo, siempre desarrollándonos, siempre buscando ser más humanos.
Para aquellos que estén despiertos, está claro que el ir viviendo es ir aprendiendo lo que van experimentando durante el camino que van eligiendo. Para los que dormitan, la vida se repite cada día y se va convirtiendo en un esperar a que esta termine.
Los que deciden vivir constatan que el verdadero disfrute deriva fundamentalmente de la comprensión. Y, por otra parte, el aprendizaje eficiente exige ir acompañado de disfrute. Lo emocional lo estimula y lo refuerza.
Somos seres emocionales que razonamos (en algunas ocasiones, no siempre).
Siempre he concedido mucho valor a las personas que aúnan pensamiento y acción. Para mí, aprendizaje no es sinónimo de adquisición de conocimiento sino, más bien, de cambio. Somos seres que todavía no somos: vamos siendo. Y así, una persona de valor y con valor como Teresa de Jesús ya nos decía: «Lee y conducirás. No leas y serás conducido».
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