El absentismo consume cientos de millones de euros y erosiona nuestra competitividad en Europa
Artículo publicado en El Correo (09/02/2026)

El ausentismo es un estado de ánimo derivado de no estar del todo donde una institución, un horario o un contrato exige que estemos. No se trata solo de la silla vacía o de la tarjeta no fichada. En su versión más idealista, constituye una resistencia callada del sujeto a ser reducido a una función, un recurso o un número. En su versión más prosaica y operativa, es la resultante de quien no encuentra fuerzas suficientes para seguir representando el rol que le fue asignado, al menos por un periodo de tiempo reparador o, comúnmente, cuando es rehén de una enfermedad. Decía Orio Giarini: «Eres tu trabajo». Pero esa frase tiene muchas resultantes distintas y también puede ser lastimosa.
Cuando el ausentismo se vuelve estadística —escolar o laboral— pierde su aura y se viste de lenguaje administrativo y económico: días no asistidos, porcentajes de incomparecencia, horas lectivas perdidas, costes directos e indirectos, brechas de aprendizaje acumuladas, deterioro de la productividad, impacto en la cohesión de los equipos.
En otros contextos, el ausentismo deja de ser solo un estado de la mente para convertirse también en un indicador de malestar estructural: en las aulas, suele ser el primer lenguaje que usan los adolescentes para decir que algo (el currículo, el método, el trato, el futuro prometido) no les convence. En el trabajo, es con frecuencia la forma más extendida y menos ruidosa de reflejar que el sentido, el reconocimiento, la adecuación a la tarea, la justicia retributiva o la conciliación se han vuelto insostenibles. El ausentismo se revela, entonces, como la distancia —física o emocional— entre el lugar donde se nos convoca y los límites que el imperativo del deber aún puede imponer al sentimiento o a la enfermedad.
Pasemos ahora del ausentismo al absentismo. Hace unos días, AIReF, el gendarme de la ortodoxia económica en este país llamado España, ha puesto el grito en el cielo ante el desbordamiento de las estadísticas del absentismo como incapacidad laboral (IL) y ausencia del puesto de trabajo. El absentismo laboral se produce por enfermedad real o, a menudo, provocando la autocoartada interna frente a la oscuridad impenetrable. AIReF cita como causa clave de esta borrasca mutando en Dana a la separación entre quienes conceden la prestación —los médicos— y quien la financia —la Seguridad Social—. Tiene sentido cuando se dilapida no el dinero propio, siempre más celoso, sino el peculio ajeno.
Los estragos hablan: la incidencia de bajas por contingencias comunes ha subido cerca del 60% entre 2017 y 2024, la duración media un 15%, y el gasto se ha triplicado en una década. En 2025 se superó el millón de personas de baja al trimestre.
Por procedencia socioeconómica, los grupos con mayor incidencia de IL son funcionarios, trabajadores de grandes empresas, jóvenes y mujeres. El menor porcentaje recae en autónomos, hombres y rentas bajas. El absentismo, en su versión más extendida, atañe a las enfermedades mentales, pero, además, empieza a ser una enfermedad en sí misma: no solo síntoma de un malestar, sino un hábito social que se adopta sin excesivas cautelas cuando el trabajo deja de ser soportable.
España registra la tasa de absentismo por incapacidad temporal más alta y pertinaz de la Unión Europea —4,5% de ocupados ausentes por IT en 2024, muy por encima de la media comunitaria del 2,5%—. Nuestro sistema laboral no es idílico: lejos de ofrecer empleo gratificador, reconocido y sostenible para todos, genera amplios espacios de hastío que o se medicaliza o se suplanta. Sin embargo, cuando el abuso se abre por la permisividad estructural y la descoordinación administrativa, el fallo se generaliza y nos acarrea males de múltiple índole.
Países con economías menos prósperas, que miran con envidia nuestra protección social y nuestra estabilidad laboral, mantienen tasas mucho más bajas de IL. Para ellos, un empleo como el nuestro es un sueño. Pregunten a nuestros inmigrantes.
El absentismo consume cientos de millones de euros de la Seguridad Social y erosiona nuestra competitividad en Europa y nuestra convivencia en España. El camino no pasa por negar el sufrimiento presente, sino por gestionarlo con rigor compartido y empatía genuina. Porque cuando el trabajo se convierte en una dolencia —real o fingida— algo más profundo que la salud está fallando en nuestra sociedad.
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