Hablar de delincuentes fijándonos tan solo en el fenotipo de los mismos, en su origen geográfico, no explica nada
Artículo publicado en El Correo (19/02/26)

Las elecciones en Extremadura y las recientes celebradas en Aragón han demostrado que la tendencia ascendente de la ultraderecha en España no era un fenómeno pasajero. Hasta hace muy pocos años pensábamos estar a salvo de ese acaecimiento, o al menos lo contemplábamos, no sin cierto temor, desde la distancia. Pero no, Europa no está tan lejos, sus ciudadanos y ciudadanas, lo olvidamos a menudo, son nuestros conciudadanos y los fenómenos sociales que en su seno surgen, pongan ustedes los matices diferenciales que crean convenientes, terminan por tocarnos también. Y así ha sido.
Muchos analistas afirman que nos hemos convertido en una sociedad fascista, pero no puedo compartir ese diagnóstico por su simpleza o liquidez (Z. Bauman 2003). Prefiero alinearme con quienes opinan que existe un sustrato multifactorial y que tras esa tendencia de voto se oculta (excepto para una minoría radicalmente totalitaria, que ciertamente existe) una mayoría de personas enfadadas, descontentas, decepcionadas, excluidas o dolidas por haber sufrido situaciones varias, en ocasiones reales y en otras percibidas como tal fruto de exageraciones o bulos.
Uno de esos polémicos discursos tiene que ver con uno de los mayores cambios sociales que ha experimentado nuestra sociedad, cual es haber integrado a varios millones de personas migradas, hombres y mujeres que, es necesario repetirlo hasta la saciedad, están contribuyendo a que nuestro país siga incluido en el grupo de los afortunados del mundo. Pero es evidente que frente a esa abrumadora mayoría podemos encontrar una minoría que no acepte las reglas del juego y ataque a la sociedad receptora. Claro que sí, el delito no es nuevo y habitualmente no tiene que ver con el origen sino con otro tipo de situaciones.
Cualquier experto en criminología les dirá que puede haber comportamientos delictivos que rozan lo patológico, pero que son los menos frente a otros muchos generados por la desestructuración familiar, la exclusión social o, hablemos claro, la pobreza. Y esta falta de posibilidades que soportan los sectores más bajos de nuestro cuerpo social afecta al colectivo migrante, muy especialmente al que se encuentra en situación irregular.
Estas reflexiones están cargadas de significación cuando asistimos a una interesante polémica, especialmente en nuestro ámbito vasco, sobre la conveniencia de que los distintos cuerpos policiales publiquen los datos de delincuencia asociados al origen de quienes delinquen. No es un tema baladí, y si huimos de la liquidez antes mencionada, deberemos convenir que es de una complejidad enorme. No podemos negar que la seguridad es una demanda ciudadana. Como nos recuerda Adela Cortina (2017), «el afán de supervivencia nos induce a controlar nuestro entorno inmediato y a buscar lo familiar, la seguridad, a preferir lo conocido. Esta seguridad es necesaria para desarrollarse de forma sana, esto hace que prefiramos un entorno controlable». Si bien eso es comprensible, la misma autora subraya que nunca deberíamos excluir ni la libertad ni la ética de esa ecuación, añadiendo un tercer elemento: una mirada compasiva.
Hay que decir que la publicación de datos no es nueva, no al menos aséptica, pues cualquier ciudadano puede acceder a las estadísticas de delincuencia del INE, en las que se aportan de forma transparente cifras por origen. Y las cifras son claras: en términos absolutos el 72% de los delitos son cometidos por españoles, tan solo el 28% los cometen extranjeros. Ahora bien, si nos fijamos en la tasa de proporcionalidad de condenas, entre los nacionales es de 5,8 puntos mientras que entre los foráneos asciende a 14. Cualquier investigador social sabe que una estadística puede resultar sesgada si las cifras no son interpretadas de forma que nos hagan comprender esos datos. Hablando claro, a esas cifras hay que ponerles letra, hay que explicar por qué se ven reflejadas en un gráfico o tabla.
Y es ahí donde debemos sustanciar el debate, la polémica sobre la conveniencia o no de publicarlas surge más por el contexto político y por la posible utilización torticera de esos datos. Porque hablar de delincuentes fijándonos tan sólo en el fenotipo de los mismos no explica nada. Por el contrario, reconocer a quienes se sitúan en los lugares más bajos a nivel de estatus o roles sociales, reconocer que entre nosotros habita la pobreza y que la migración irregular debemos situarla en esos parámetros nos ayudará a identificar situaciones, a comprender a seres humanos y a aportar soluciones al problema de seguridad que demanda legítimamente la ciudadanía.
No soy partidario de ocultar nada, es más, opino que resulta contraproducente. A pesar de ello advierto también de los peligros de la utilización de la estadística. Cuidado con los datos, como A. Portes (2009) afirma, «lo realmente negativo sería estigmatizar voluntariamente a los migrantes y arrojarlos a las capas inferiores de nuestra sociedad». Y no, no se trata de un concurso televisivo. Cifras, sí, pero también letras, créanme, mucha, mucha letra.
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