Artículo publicado en el blog Ekonomiaren Plaza de El Diario Vasco (03/03/2026)

Durante años, el éxito industrial de China se explicaba con dos factores: costes laborales bajos y una producción en masa que derivaba en estándares de calidad discutibles. Pero esa historia se ha quedado en eso, en mera historia. La nueva narrativa industrial china se escribe con robots, sensores, líneas de ensamblaje autónomas y fábricas que, literalmente, funcionan solas.
No lo digo yo, ni tampoco parece ser una exageración. Diversos altos ejecutivos occidentales de sectores como la automoción, la comunicación, la energía o los materiales, así como diversos medios de comunicación han regresado de sus visitas a China con un mensaje claro: allí, una buena parte de la industria no se está transformando, ya se ha transformado. Una prueba de ello fue la demostración que se realizó el pasado 17 de febrero, durante la gala de celebración del año nuevo chino. Esto evidencia que la automatización, la digitalización y la robotización en China no están en un estadio de prototipos de laboratorio, sino de un despliegue real a gran escala.
El dato más revelador no está solo en las anteriores impresiones, subjetivas y personales, sino en las cifras que respaldan esta apuesta por el gobierno chino. Según la Federación Internacional de Robótica, entre 2014 y 2024, China ha multiplicado por más de diez su número de robots industriales, pasando de menos de 200.000 a más de dos millones. Este ritmo vertiginoso la ha colocado por delante de Reino Unido, Alemania y Estados Unidos (antiguos referentes de la automatización industrial), tanto en número absoluto como en densidad de robots por cada 10.000 trabajadores.
Detrás de este salto hay una estrategia de país. El plan “Jiqi huanren” (traducido como “sustituir humanos por máquinas”) combina exenciones fiscales, subsidios regionales y un marco institucional que permite a las empresas reembolsarse hasta un 20% del coste de su inversión en robótica. Un buen ejemplo de las consecuencias de esta estrategia se observa en el sector de la automoción. En cuestión de años, fabricantes como BYD o ZEEKER han pasado de representar un porcentaje marginal del mercado europeo a convertirse en competidores directos de marcas consolidadas como Renault o Volkswagen. Lo logran con productos mejor acabados, más baratos y desarrollados en tiempos récord gracias a la robótica, un uso masivo de datos y una cadena de suministro hiperoptimizada.
Las “dark factories” de China funcionan sin humanos, pero la evidencia científica existente revela cómo la automatización no es, como tantas veces se presenta, una amenaza para el empleo. Al contrario, las estadísticas muestran que los países que más apostaron por la robótica durante la gran irrupción industrial china de los 2000 fueron también los que mejor conservaron su tejido laboral (p.e., Corea del Sur, Alemania, Japón, Suecia). Puede que, en esta ocasión, la rápida difusión de la tecnología, acompañada de la escala a la que ésta se está produciendo, pueda hacer que los efectos sobre el empleo puedan ser diferentes a lo que nos indica la teoría económica, pero hay al menos dos razones para pensar que a corto plazo esto no tiene por qué producirse.
La primera es que la “China robotizada” no es un bloque homogéneo, ya que conviven la vanguardia de las grandes plantas (i.e., en automoción, electrónica, baterías) con una enorme periferia de talleres y cadenas de subcontratación donde la automatización avanza más lentamente. Esa dualidad importa, porque nos recuerda que el salto tecnológico ocurre allí donde se concentran capital, escala, datos y presión competitiva. La segunda es que, del lado europeo, tampoco partimos de cero ni necesitamos reinventarlo todo. En varios países y sectores ya existen capacidades industriales avanzadas, ecosistemas de automatización consolidados y empresas que compiten en calidad, ingeniería y procesos.
La cuestión, por tanto, no es tanto si habrá dark factories o no (i.e., que las habrá), sino quién las integrará en su tejido productivo y con qué velocidad. China muestra una frontera posible, pero tal vez no replicable ni deseable en Europa. La clave, en definitiva, será si Europa es capaz de converger hacia un tejido más productivo, cohesionado, y alineado con unas instituciones y unos valores compartidos que hagan de esa transformación una ventaja competitiva y no una renuncia.
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