Artículo publicado en El Economista (26/02/2026)

Está ahí, aunque de relativo incógnito: un sucedáneo de los mercados de valores donde no se compran ni venden acciones de empresas, sino fragmentos del futuro. Un sí o un no sobre si la Fed bajará tipos en marzo, o si Donald Trump arrancará a los legisladores la legitimación para un tercer mandato, o cualquier otro tema menos técnico o trascendental. Plataformas como Polymarket o Kalshi innovan con contratos binarios: sí o no, sucede o no sucede. El precio replica la probabilidad colectiva del mercado. Robinhood, la aplicación que ha democratizado este tipo de trading ha reportado más de 12.000 millones de contratos en 2025 y 4.000 millones en lo que va de 2026. Su CEO, Vlad Tenev, no se anda con modestias: “Estamos en el comienzo de un superciclo de mercados de predicción que podría generar trillones de dólares en volumen anual”.
Como es natural, hay que poner sordina a esa epatante declaración: el Dorado no existe. Polymarket, Kalshi y las marcas que emergen con celeridad son, en realidad, casas singulares de apuestas. Privilegian el desafío adivinatorio sobre eventos económicos y financieros, agregando el pronóstico colectivo de miles de apostantes al valor futuro de la variable especulada.
Existen diferencias significativas con las casas tradicionales de apuestas. Allí el apostante pone un stake (cantidad apostada) que pierde si no acierta, o gana recuperando stake más beneficio según las cuotas ofrecidas. Apuesta contra la casa.
La mecánica de los mercados de predicción difiere sustancialmente: el participante opera en contratos binarios sí/no, cuyo precio –entre 1 y 99 centavos de dólar– lo fija el mercado en tiempo real según la probabilidad colectiva del evento (por ejemplo, 72 centavos equivale a un 72 % de probabilidad según los participantes). Si el evento se materializa, cada contrato paga 1 dólar. Si no ocurre, vale cero. La diferencia clave es que no se apuesta contra la casa, sino contra otros usuarios: si un inversor estima una probabilidad real superior al precio actual (por ejemplo, 85% frente a 72%), comprará nuevos contratos. Si la estima inferior, podrá venderlos o simplemente no participar. Pero cada compra o venta requiere una contrapartida de otro cliente en sentido contrario. Esta mecánica se ejecuta instantáneamente a través de un order book.
Intercontinental Exchange (ICE), propietario de la Bolsa de Nueva York (NYSE), invirtió cerca de 2.000 millones de dólares en Polymarket en octubre de 2025, según estimaciones. No marca récords, pero es una clara señal de interés estratégico: valora la información probabilística de Polymarket y la distribuye como herramienta colateral a sus clientes institucionales.
La rueda gira a buen ritmo. La Super Bowl de febrero de 2026 ha roto todos los récords: Kalshi y Polymarket movieron más de 1.600 millones de dólares en un solo día en contratos sobre el resultado, el MVP, el color del Gatorade y hasta si se produciría un apagón en el estadio. Pero el verdadero terremoto vino con Bad Bunny en el descanso: más de 300 millones de dólares jugados en unos minutos de actuación, desde qué canción abriría el evento (Tití Me Preguntó fue la ganadora) hasta si Cardi B cantaría o solo bailaría. No fue un experimento académico: fue una estampida de dinero real, con fondos institucionales fajándose buscando contrapartidas para mantener posiciones. La famosa jornada demostró que estos mercados no son una curiosidad técnica, sino un pulso vivo que atrae más atención que muchas líneas de bolsa tradicionales.
Naturalmente, si nos atenemos al volumen promedio diario de facturación, la comparación entre las casas de predicción (200 millones de dólares) y la bolsa de valores (800.000 millones) en EEUU, resulta irrisoria. Pero frente a la industria de apuestas tradicionales –con un handle (volumen de apuestas) diario promedio de 400-470 millones de dólares–, la nueva corriente no resulta tan alejada ni marginal, sino acercándose en la escala cotidiana.
Aparecen también, como es lógico en toda iniciativa emergente, las sombras. Primero en el terreno regulatorio: aunque Kalshi esté registrada a nivel federal, la industria de los casinos ha interpuesto más de 20 demandas exigiendo su cierre o restricciones operativas. Se denuncian manipulaciones, fraudes, hackeos o ganancias con información privilegiada. Y ha surgido un determinado descrédito informativo –con razón o sin ella– que reduce la nueva operativa a un puro juego sin funciones de cobertura ni volúmenes significativos.
A pesar de todo, hay procesos disruptivos al estilo Schumpeter y su destrucción creativa que despiertan curiosidad y merecen el beneficio de la duda: son realidad de poco, pero promesa de algo o tal vez de mucho. Ahí se inscriben los binary event contracts. Otros mercados se sirven en la misma bandeja: la deslumbrante trayectoria de los stablecoins, por ejemplo. A diferencia de un numeroso colectivo de criptobasura de valor nulo que flota diletante por las incomprensibles alturas de muchos miles de dólares la unidad.
Deja una respuesta