El debate no es moral ni cultural, sino estratégico.
Artículo publicado en El Correo (09/03/2026)

Europa vuelve a hablar de competitividad. Los últimos debates sobre la aceleración del mercado único, las tensiones comerciales con Estados Unidos y la presión tecnológica ejercida por China han reactivado una pregunta que parecía adormecida: ¿estamos perdiendo peso relativo? No se trata de alarmismo, sino de aritmética. En un mundo que no se detiene, crecer menos durante demasiado tiempo acaba teniendo consecuencias.
La posición optimista es conocida. La productividad por hora trabajada en varios países europeos no es inferior a la estadounidense. Muchos europeos eligen trabajar menos horas y disfrutar de más tiempo libre, aceptando a cambio menores niveles de renta material. Ese equilibrio entre trabajo y vida privada, o entre renta y ocio, forma parte del atractivo del modelo social europeo. No todo se mide en toneladas de acero ni en décimas de PIB.
Pero el mundo no es una isla de preferencias individuales. Las economías compiten, y el poder económico se traduce en capacidad tecnológica, influencia política y resiliencia estratégica. Cuando durante décadas se amplía la brecha de renta entre bloques económicos, no solo cambian las estadísticas. También cambian las jerarquías. La historia económica está llena de declives silenciosos que apenas fueron percibidos hasta que resultaron irreversibles.
No hace falta mirar a Pekín o a Washington para entenderlo. Basta observar que España acaba de perder un puesto en renta por habitante frente a Polonia. En 2002, su renta era aproximadamente la mitad de la nuestra y tomó a nuestro país como referencia en su proceso de integración europea. La convergencia no es un derecho adquirido: puede acelerarse, pero también puede detenerse o invertirse.
A esta discusión se superpone una marea silenciosa: la demografía. Europa envejece con rapidez y su población en edad de trabajar disminuye en muchos países. El retraso progresivo de la edad de jubilación no responde a un capricho ideológico, sino a una simple operación contable. El ratio de menos cotizantes sosteniendo a más pensionistas. En ese contexto, el debate sobre trabajar más o menos horas adquiere otra dimensión. No se trata solo de preferencias individuales, sino del volumen total de horas disponibles en la economía.
El esfuerzo agregado no depende únicamente del número de horas por trabajador, sino también de la tasa de actividad, del capital humano, de la inversión y de la innovación. Sin embargo, cuando la base demográfica se estrecha y el crecimiento de la productividad es modesto, confiar exclusivamente en ese equilibrio vital puede resultar insuficiente para sostener el modelo social que valoramos.
En el caso español, el debate adquiere matices propios. Es cierto que en los tres últimos años la productividad ha mostrado señales más positivas que en las dos décadas anteriores, sometidas a tres crisis demoledoras. Conviene reconocerlo sin reservas. Pero tres ejercicios favorables no corrigen automáticamente una tendencia débil que se arrastra desde comienzos de siglo. Si la mejora no se consolida, el margen para experimentar con reducciones generalizadas de jornada será, en todo caso, limitado.
Por eso la discusión sobre una Europa a dos velocidades no es únicamente institucional. Si algunos países avanzan con mayor decisión en integración, reformas e inversión tecnológica mientras otros lo hacen con menor determinación, la divergencia interna puede ampliarse. La integración acelerada del mercado único no es una cuestión burocrática. Es un intento de reforzar la escala y la eficiencia en un entorno global exigente.
Nada de esto implica abrazar jornadas laborales extenuantes. El ejemplo asiático de horarios de 9 a 9, durante seis días a la semana, no es exportable. Ni siquiera deseable. Tampoco lo es la idea de que la competencia global puede ignorarse sin coste. La cuestión no es elegir entre bienestar y esfuerzo, sino encontrar un equilibrio que permita sostener ambos extremos.
Europa puede decidir cuánto quiere trabajar. Lo que no puede decidir es que el resto del mundo deje de hacerlo. Tampoco puede ignorar su propio ‘trilema’: una población que apenas ronda el 8 % del planeta, una cuota de PIB cercana a una cuarta parte del total y un gasto social que concentra casi la mitad del global. Mantener ese equilibrio exige una base productiva sólida. El debate no es moral ni cultural, sino estratégico. Conviene afrontarlo sin dramatismos, pero no con indiferencia.
Deja una respuesta