Es inverosímil que EE UU e Israel no hayan considerado los efectos de la muerte de Jamenei en el rearme ideológico del régimen que buscan debilitar.
Artículo publicado en El Correo (08/03/2026)

Conviene recordar que los hechos sociales no son unívocos y que la política internacional es un terreno de disputa por el significado. El 28 de febrero, apenas unas horas más tarde del inicio de la operación ‘Furia épica’ contra la República Islámica de Irán, medios de comunicación y fuentes oficiales de Estados Unidos e Israel confirmaron la ‘eliminación’ del Líder Supremo, Alí Jamenei. En la primera alocución a los medios para informar del inicio de las operaciones de combate contra Irán, el presidente estadounidense las vinculó con la «defensa del pueblo americano» y la necesidad de «eliminar amenazas inminentes por parte del régimen iraní». En esa misma declaración, Donald Trump esbozó la narrativa según la cual la decisión de intervenir militarmente en Irán sería la respuesta a la hostilidad demostrada por el país asiático desde que un grupo de revolucionarios tomó la Embajada estadounidense en Teherán en noviembre de 1979.
Establecer narrativas sirve a la función de ordenar los hechos, los comportamientos y motivaciones de los actores que, como en este caso, se vinculan dentro de una relación de conflicto y, en última instancia, para ofrecer justificaciones sobre el porqué de la decisión de atacar Irán. En esencia, sin embargo, una narrativa siempre constituye un relato parcial y selectivo de la cosa relatada.
En la perspectiva del ‘establishment’ iraní, la cosa relatada es distinta. El 1 de marzo llegó la confirmación, por parte de medios estatales iraníes, del ‘martirio’ del sucesor de Ruhollah Jomeini, líder de la Revolución que derrocó a la dinastía Pahlavi en 1979. Alí Jamenei no fue eliminado por las bombas que cayeron sobre su residencia en Teherán, sino que fue ‘martirizado’. Resulta inverosímil pensar que la inteligencia israelí y estadounidense (empleo inteligencia en un sentido amplio) no haya considerado la resonancia cultural de la muerte violenta del líder y los efectos que esta puede tener en el rearme ideológico del régimen político que se busca debilitar o derrocar.
Todo proyecto político se nutre y moviliza mitos y tradiciones culturales propias que otorgan un horizonte de sentido a la comunidad. Para las élites de la República Islámica de Irán esa tradición hunde sus raíces en el siglo VII, momento en que la comunidad musulmana se divide en las ramas suní y chií del islam. Sin diferencias doctrinales sustanciales, la división de la comunidad se dio por disputas relacionadas con la sucesión tras la muerte del Profeta Mahoma en el año 632.
Los chiíes consideran que, tras la muerte violenta del cuarto califa, Alí, el liderazgo de la comunidad musulmana es ejercido por gobernantes ilegítimos y los partidarios de Alí (a la postre, los chiíes) empiezan a diferenciarse como una minoría dentro de la comunidad musulmana. En el año 680, Husein, hijo de Alí y quien sería considerado por los seguidores de su padre como legítimo sucesor, es martirizado en la famosa batalla de Kerbala (hoy territorio iraquí) a manos del tirano omeya Yazid. La historia de lucha y resistencia de la comunidad chií frente a la injusticia impuesta por los tiranos tiene, por lo tanto, sus orígenes en este contexto.
En 2011, el profesor de Estudios Culturales de la Universidad de Columbia Hamid Dabashi definía el chiísmo como una «religión de protesta» y, a su vez, una «paradoja». El chiísmo «prospera y triunfa cuando es combativo y cuando libra una batalla cuesta arriba; pierde su autoridad moral y su voz desafiante en el momento en que alcanza el éxito y llega al poder. Paradójicamente, solo tiene poder cuando no lo tiene: cuando está en el poder, carece de legitimidad, autoridad y audacia». La República Islámica de Irán es una anomalía en la historia del chiísmo. Durante siglos el clero chií promovió el quietismo, una actitud resistente frente al poder, que, a su vez, no aspiraba a tomar el palacio de invierno. Hasta que Jomeini articuló una teoría de gobierno (el ‘velayat-e faqih’ o gobierno de los jurisconsultos) que se materializó con la fundación de la República Islámica de Irán en 1979.
Es esta república islámica, y Alí Jamenei en particular, la que construye su horizonte de sentido en la pelea contra los tiranos. Que el octogenario Jamenei haya sido martirizado a manos del Gran y Pequeño Satán (Estados Unidos e Israel) se inserta sin fricciones en el imaginario de las élites del Estado y de la base popular que llora la muerte del líder. Para estos, afirma también Dabashi, «el verdadero héroe es el héroe muerto». Es esta república islámica la que no ha sabido reconciliar un proyecto antihegemónico para sí misma y la región con la tarea fundamental de garantizar la dignidad de su pueblo. Ese pueblo, que ya ha sufrido demasiado, y que es despreciado también por Trump y Netanyahu.
Deja una respuesta