La agenda de la derecha radical conduce al miedo a los musulmanes.
Artículo publicado en El Correo (20/03/2026). Investigador de la Universidad de Deusto.

Sostiene el prestigioso historiador y demógrafo francés Emmanuel Todd que, una vez la cuestión judía (la ‘Shoah’) se ha descartado del mercado del odio, el islam empieza a ocupar su puesto en el imaginario colectivo europeo. He de decir que la oportunidad es inmejorable para aquellos que buscan la creación de la figura del enemigo: el islam no solamente es un ‘otro’ a nivel religioso, también lo es a nivel social y económico, puesto que en la mayoría de los casos ocupa los estratos sociales más depauperizados del mundo. En este mercado de odio y descarte, los países musulmanes, pobres la mayoría, son los excluidos del sistema. Para más inri, el islam protagoniza, además, uno de los grandes temores del siglo XXI, las migraciones internacionales. Así, siendo este el contexto, huelga decir por qué el islam se está convirtiendo en una poderosa, y cínica a la vez, herramienta de poder político para aquellos que se disputan los ingentes intereses que produce y reproduce incesantemente el sistema capitalista globalizado.
El espíritu de nuestro tiempo nos está conduciendo a esta barbarie social: sospechar de manera inopinada del que es diferente a nivel cultural y religioso. Hasta hace unos años la actitud ante el diferente era expectante; hoy, en cambio, es de generalizado temor y miedo. Tengo claro que a ello nos ha conducido una agenda política promovida y organizada internacionalmente por la derecha radical. En este movimiento no solo participa MAGA (la idea nacionalista de Trump de hacer ‘EE UU grande otra vez’), también actores tan variopintos a nivel internacional como Aznar o Milei, quienes, cada vez que pueden, insisten en la destrucción inmisericorde de Gaza bajo el imperativo de acabar con el temido islamismo; Orbán con su política de ‘cero refugiados’; o Abascal insistiendo en la necesidad de derrotar la deriva «islamizadora» de España.
Sin duda, este trabajo, tan brillantemente organizado (en redes sociales), obtiene sus frutos. En un mundo de democracias, estos son votos (por supuesto, con todo el significado que ello comporta de futuro clientelismo político) capaces no solo de hacer frente a los competidores electorales, sino incluso de empezar a desmontar progresivamente toda la arquitectura sobre la que está asentado el mismísimo derecho. En este punto, el derecho internacional, que no era realmente derecho debido a la infame lógica del Consejo de Seguridad de la ONU y el veto, es papel mojado. Está ahí pero no obliga a nada. Lo paradójico de todo es que los mismos que promovieron estas normas internacionales, tan beneficiosas para los ganadores de la II Guerra Mundial, sean los que ahora deciden saltárselas de manera absolutamente arbitraria. Como si el mundo les perteneciera en exclusiva, toman decisiones catastróficas sin remordimiento alguno. Lo último de Trump y el cruel bombardeo de una escuela iraní, que se llevó consigo la vida de casi doscientas niñas inocentes, representa a las claras este espíritu tan endiablado.
Pero, claro, hay un enemigo al que batir: el islam y los musulmanes. Aquí, la ‘doctrina del shock’ de la escritora Naomi Klein funciona a la perfección. Como el malo es tan malo (quiere acabar con nuestra forma de vida), todo está permitido, incluso dejar de lado los derechos humanos. Para llegar a toda esta barbarie, primero hemos tenido que ser preparados con ingente cantidad de estímulos psicosociales negativos, como son el miedo, el odio y el asco al diferente. Eva Illouz, socióloga de la cultura israelí, documenta con lucidez este proceso de conversión que han sufrido los sistemas políticos occidentales. Su obra ‘La vida emocional del populismo: cómo el miedo, el asco, el resentimiento y el amor socavan la democracia’ recorre minuciosamente esta evolución (involución) de nuestras sociedades. En el centro de su reflexión se sitúa la derrota de la democracia en su país, Israel, cuyo Gobierno, en nombre de la misma democracia, es capaz de asesinar a miles y miles de civiles en Gaza.
En un mundo de progresiva inseguridad ontológica, el islam se está convirtiendo en un significante vacío sobre el que recaen todos los temores a un futuro tan alienante como imprevisible. Frente a estas emergentes emociones reactivas, no tenemos vacuna alguna que funcione por el momento. Esta ola, que parece imparable, electoralmente hablando, nos puede conducir a la muerte progresiva de las democracias. Lo paradójico, y al mismo tiempo insidioso, es que en nombre de esta pretendida democracia procedimental (la idea de la barbarie de las mayorías) podemos acabar corrompiendo la propia democracia como valor político.
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