La “crisis de los cuidados” evidencia la contribución de los inmigrantes
Artículo publicado en El Correo (12/01/2026)

Una gran mayoría de los estudiosos de los impactos de los flujos migratorios en los países receptores solemos centrar nuestra atención en los efectos que la inmigración tiene en la demografía y en la economía de esos países. En este sentido, parece incuestionable que las aportaciones de la población extranjera al rejuvenecimiento demográfico y al aumento de la población activa en España han sido decisivas para poder mantener el crecimiento económico del país estos últimos años.
La inmigración no solo ha servido para contrarrestar el rápido y progresivo envejecimiento de la población nacional, sino que, además, se ha encargado de nutrir de trabajadores todos esos empleos —en la agricultura, la construcción, la hostelería, el transporte o el servicio doméstico— casi siempre desdeñados por los españoles. Por todo ello, resulta difícil pensar que las tasas de crecimiento del PIB se habrían podido mantener en los últimos tiempos sin la presencia de la población inmigrante; de hecho, han sido responsables de más de un 50% de ese crecimiento en el trienio 2022-24.
Sin embargo, la contribución de la inmigración a nuestra prosperidad y niveles de felicidad no se limita a estas aportaciones.
Aunque más difícil de evidenciar y de cuantificar que sus aportes en los ámbitos demográfico y económico, hay otra serie de esferas de nuestras vidas que también se ven afectadas de forma significativa por la presencia de la población extranjera. Desde que a principios de los años 60 del siglo pasado el psicólogo estadounidense Silvan Tomkins desarrolló su ‘Teoría del Afecto’, los especialistas en muchas ramas de las ciencias y las humanidades hemos empezado a prestar mayor atención a la incidencia que las emociones y los sentimientos tienen sobre nuestras mentes, cuerpos, comportamientos y relaciones interpersonales. Hoy son muchas las profesiones en las que esto es evidente: desde los médicos hasta los críticos literarios, pasando por sociólogos y docentes, entre otros.
Es indudable que este nuevo paradigma de estudio adquiere especial importancia cuando se analizan las interacciones —casi siempre desiguales— entre grupos humanos muy distanciados tanto económica como socioculturalmente. La cuestión de los afectos adquiere especial relevancia a la hora de considerar las interdependencias entre grupos poblacionales que, por distintos motivos, se vuelven vulnerables a nuevas realidades sociales (véase Ahmed, 2009).
En este sentido, si bien es cierto que, aunque tendemos a pensar en la población inmigrante como más susceptible a fenómenos de exclusión, estigmatización y victimización, determinados problemas de las sociedades occidentales actuales están ya contribuyendo a un cambio en nuestra percepción y valoración de sus aportaciones, sobre todo en el terreno de lo afectivo. Asuntos acuciantes como la ‘crisis de los cuidados’, la soledad, el envejecimiento poblacional o la ansiedad generada por el colapso de ciertos mitos del capitalismo nos están haciendo abrir los ojos a otras contribuciones que el contingente inmigrante lleva haciendo a nuestra sociedad desde hace ya varias décadas.
Basten dos o tres ejemplos para poner en evidencia la significativa aportación que los y las inmigrantes están haciendo hoy al bienestar emocional de nuestras vidas. Probablemente sea en el ámbito de los cuidados —tanto a personas mayores como a los niños— donde nuestra dependencia de la población inmigrante se esté haciendo más patente. Su apoyo raramente se limita a la supervisión y el cuidado de personas en estas franjas de edad tan complicadas, sino que además los dotan de unas dosis de cariño y afectividad que ennoblecen su trabajo y contribuyen a reforzar la confianza mutua.
Otro tanto cabría afirmar de su contribución a generar fecundas relaciones humanas —que van desde la simple amistad hasta vínculos mucho más estrechos— entre personas que, a menudo, percibimos como muy diferentes. En su libro Optimismo cruel (2011), Lauren Berlant explica que «todo tipo de acercamiento es positivo/optimista» al obligarnos a salir de nosotros mismos y buscar novedosas relaciones alejadas de las más convencionales. No es de extrañar por ello que nos topemos cada vez más con amistades entre jóvenes de distintos orígenes o con matrimonios y parejas mixtas entre nacionales y extranjeros.
Como ya se indicaba más arriba, no resulta sencillo cuantificar hasta qué punto el establecimiento de estos vínculos afectivos contribuye al enriquecimiento y bienestar general de nuestra sociedad. Después de todo, es muy complicado estipular en qué medida nuestros afectos tienen incidencia en nuestros niveles de confort y felicidad. Lo que queda fuera de toda duda es que todas estas nuevas relaciones de dependencia mutua sirven para romper barreras entre ambos grupos humanos y ayudan también a una integración más fluida y robusta de la población inmigrante en nuestras sociedades.
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