Artículo publicado en El Correo (02/02/2026)

La producción o valor añadido bruto de un país (PIB) se basa en la utilización de dos factores: la mano de obra y el equipo capital instalado. El PIB puede, en consecuencia, crecer por dos motivos: incorporando más horas de trabajo al proceso productivo o con más inversión, ese componente mágico de la demanda agregada. Pero existe una tercera posibilidad más sutil y decisiva: el crecimiento debido a la mejora de la eficiencia utilizando la misma cantidad de recursos: más con lo mismo. Los economistas llaman a esta última vía productividad total de los factores (PTF), también ‘residuo de Solow’, que mide el talento y oportunidad con que se combinan el trabajo y el stock de capital.
En España, el primer cuarto del siglo XXI (2000-2025) ofrece un diagnóstico decepcionante: la productividad por persona ocupada avanzó un modesto 0,36 % anual, la productividad del capital marcó una caída del 26 % en el periodo y, lo más significativo, la PTF fue negativa de manera persistente, acumulando un retroceso del 12,4 %. Crecimos modestamente cuando aumentaba el factor trabajo, pero carecíamos de empuje para producir con eficiencia. En los 25 años contemplados, nuestra productividad mereció con creces el adjetivo de famélica, constituyéndose en una de las principales lacras de la economía española.
La comparación internacional confirmó esa anemia estructural. Mientras Alemania o Francia registraban avances sostenidos en PTF y productividad por hora trabajada, España se especializaba en sectores intensivos en empleo y poco orientados a la tecnología, con una pérdida progresiva de peso industrial, baja inversión en I+D y un tejido empresarial extremadamente atomizado.
Y, sin embargo, algo parece haber cambiado desde 2020. El último informe del Observatorio de Productividad y Competitividad en España (OPCE) introduce un dato que merece toda la atención: desde la pandemia, la PTF española crece a un ritmo del 1,4 % anual. En 2024, la mejora se acerca al 2 %. Más aún: entre 2021 y 2024, la PTF explica el 33 % del crecimiento del PIB, mientras que el empleo aporta un 60 % y el capital cede protagonismo. La comparación con Europa es aún más llamativa. Mientras la PTF se estanca en la eurozona y retrocede en Alemania o Francia, España presenta una mejora. El PIB per cápita español es, desde 2020, uno de los que más crece entre las economías avanzadas de la UE.
El informe del OPCE aporta luz sobre el tema. La reciente mejora de la productividad de nuestra economía obedece, básicamente, a un uso mucho más intensivo del capital acumulado durante décadas y, en paralelo, a cambios cualitativos en la inversión reciente, aunque el crecimiento de la inversión siga siendo exiguo. Veamos.
Lo primero es el grado de aprovechamiento de los capitales acumulados. Durante años, buena parte del capital acumulado en España –equipos, infraestructuras, instalaciones, tecnologías– estuvo infrautilizado, durmiendo un sueño improductivo. Desde 2021, ese capital despierta y empieza a trabajar a pleno rendimiento. De hecho, el grado de utilización de la capacidad instalada vuelve a niveles similares a los del boom inmobiliario, en torno al 81%. OPCE agrega que el aumento del grado de utilización de la capacidad instalada tras la pandemia equivale, en la práctica, a un aumento del esfuerzo inversor anual de 2,2 puntos porcentuales.
Lo segundo es un cambio progresivo en la composición de la inversión desde 2020. Ganan protagonismo las inversiones en activos TIC y activos intangibles relacionados con los procesos de automatización, robotización y digitalización de la producción, la nueva anatomía del capital, reforzados por la doble transición digital y climática e impulsados por los fondos NGEU. Sin embargo, ese cambio, que afecta a la inversión reciente, modifica medianamente la composición del capital acumulado, sesgado hacia los activos inmobiliarios, el viejo refugio del ahorro español.
Las buenas noticias no borran el pasado ni corrigen de golpe nuestras carencias estructurales, señaladas por buen número de indicadores –educación, ‘know-how’, tamaño empresarial, distribución sectorial, I+D, especialización productiva– que siguen situando a España por detrás de la media de la OCDE. Los fijos discontinuos siguen ahí. Los ‘ninis’ siguen ahí. PISA sigue ahí. La I+D+i sigue siendo claramente insuficiente.
Cuatro años es un periodo demasiado corto para cantar victoria en materia de productividad. Ojalá podamos ratificar, con el paso del tiempo, la buena noticia.
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