hombre que mostró al mundo los centros de reeducación para los musulmanes de Xinjiang acaba detenido en EE UU, el país de la libertad
Artículo publicado en El Correo (06/02/2026)

Xinjiang, también conocida como la Región Autónoma de Uigur, es la provincia más extensa de China. Situada al noroeste del país, era una de las paradas obligatorias en la antigua Ruta de la Seda. Ocupa una vasta extensión cubierta por desiertos y montañas, el equivalente a cuatro veces el tamaño de Alemania. En Xinjiang viven 12 millones de uigures, una minoría étnica de ascendencia turca y religión musulmana. Perseguidos durante décadas por el Gobierno chino, libran una batalla silenciosa por su identidad y su supervivencia.
La historia reciente de este conflicto tiene un nombre propio: Guan Heng. En 2020, este ciudadano chino de 38 años quiso comprobar por sí mismo lo que ocurre en Xinjiang. Viajó hasta allí, grabó un video en secreto que revelaba la magnitud de la represión en los centros de reeducación y de trabajos forzosos y lo difundió. El video se convirtió en una prueba visual de la magnitud y la brutalidad de la represión china contra los uigures. Refutaba las afirmaciones de Pekín de que los uigures vivían en los centros de forma voluntaria.
Aquellas imágenes fueron el preludio de una confirmación institucional que llegaría dos años más tarde, en 2022, cuando Michelle Bachelet, literalmente minutos antes de cerrar su mandato como Alta Comisionada para los Derechos Humanos en la ONU, publicó un informe titulado Evaluación sobre los derechos humanos en la Región Autónoma Uigur.
El informe fue demoledor. Concluía que China es responsable de la persecución política y de las detenciones arbitrarias en Xinjiang. La dimensión de los campos de internamiento podría constituir un crimen de lesa humanidad, en tanto que evidenciaba un ataque sistemático contra la población civil. La respuesta de Pekín no tardó en llegar: tachaba el estudio de mentiras fabricadas por «fuerzas antichinas» y se escudaba en su soberanía nacional para bloquear cualquier debate.
Sin embargo, lo verdaderamente inquietante fue el silencio cómplice de la comunidad internacional. Bajo el argumento de la no injerencia, estados musulmanes como Indonesia, Pakistán y Catar se opusieron a someter el informe al Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas para que debatiera, en una sesión especial, la situación de los musulmanes uigur de China. Querían evitar una confrontación política con Pekín, mientras —en un ejercicio propio de la hipocresía diplomática— aseguraban mantener su compromiso con las minorías musulmanas del mundo.
El destino nos trae de vuelta al presente. Guan Heng, el ciudadano que por medio de YouTube encendió la mecha, huyó de China. Cruzó Hong Kong, Ecuador y Bahamas hasta que llegó a Estados Unidos, donde solicitó asilo. Se unía así a la cola de más de tres millones de personas que esperan que su caso sea tramitado por un sistema judicial sobrecargado.
En agosto de 2025, Guan acababa de mudarse al norte del Estado de Nueva York. En una operación de control migratorio dirigida contra sus compañeros de piso fue detenido.
El señor Guan entregó sus documentos a los agentes de inmigración, les dijo que había solicitado asilo y que tenía un permiso para trabajar legalmente en Estados Unidos. Los agentes se interesaron principalmente por saber cómo había llegado a territorio estadounidense. Guan temía que lo devolvieran a China.
Hace apenas unos días, un juez federal estadounidense reconoció que el testimonio de Guan era creíble; que expuso en el juicio razones fundadas para temer represalias en China, y que, por tanto, tenía derecho a recibir asilo en Estados Unidos. El juez tuvo en cuenta los numerosos informes sobre la represión a gran escala del Gobierno chino contra los uigures en Xinjiang y las medidas extremas que han tomado los funcionarios chinos para distorsionar u ocultar cualquier información sobre sus acciones en la región. Si volviera a China, Guan podría ser perseguido. Debía permanecer como asilado en Estados Unidos.
A pesar de esta victoria judicial, la realidad es obstinada. La decisión de conceder asilo a Guan no es definitiva y el Departamento de Seguridad Nacional puede apelarla. Mientras tanto, Guan, el hombre que exhibió al mundo los centros de reeducación de los uigures, permanece detenido. Su encierro es el epílogo de un orden global que condena los crímenes sobre el papel, pero titubea a la hora de proteger a quienes los denuncian. Guan, el denunciante de los centros de internamiento, termina detenido en el país de la libertad.
Leave a Reply