Artículo publicado en Estrategia Empresarial (16/04/2026)

Los principios que durante décadas han articulado la globalización están siendo reconfigurados y las reglas del libre comercio han dado paso a lógicas de seguridad económica y autonomía estratégica. En este contexto surge la pregunta sobre si nuestra apertura al mundo es una fortaleza o una debilidad en tiempos de incertidumbre.
El diagnóstico sobre nuestras interdependencias comerciales del Informe de Competitividad del País Vasco 2025 de Orkestra nos da algunas pistas. La balanza comercial internacional es positiva y son los bienes de nivel tecnológico medio los que sustentan este superávit.
Otra fortaleza es el elevado nivel de complejidad económica, el mayor de todo el Estado. Esto indica que no solo exportamos mucho, sino que vendemos productos sofisticados y poco ubicuos que requieren capacidades que pocos territorios pueden replicar, sustentados en gran medida en nuestras “campeonas ocultas”, líderes en nichos internacionales con fuerte arraigo local.
Sin embargo, esta fortaleza convive con una elevada dependencia: cerca del 80% de la actividad en sectores estratégicos como la automoción, la movilidad sostenible o la fabricación avanzada depende, directa o indirectamente, de las exportaciones. El problema no es solo la cantidad, sino la concentración. Muchos de nuestros productos industriales dependen de apenas cinco mercados, mayoritariamente europeos, y esta falta de diversidad geográfica nos hace vulnerables.
Por el lado de las compras también existe un reto: importamos el 28% de los inputs necesarios para producir, con una dependencia patente en cuanto a productos energéticos y una creciente exposición a materias primas críticas procedentes de orígenes muy concentrados, como China. Porque la transición hacia una industria verde no elimina las dependencias, sino que las desplaza hacia nuevos materiales estratégicos.
¿Cómo debemos actuar? La respuesta no es replegarse, sino buscar nuevos equilibrios. La resiliencia industrial vasca exige tres movimientos clave. En primer lugar, asegurar el suministro. No basta con comprar; hay que gestionar estratégicamente las cadenas de suministro mediante la diversificación de proveedores, la creación de inventarios de contingencia y la eficiencia en el uso de materiales críticos.
En segundo lugar, una diversificación inteligente. Debemos equilibrar nuestra presencia en mercados consolidados con una incursión decidida en mercados con alto potencial de crecimiento en Asia y Latinoamérica. Para lograrlo, será fundamental repensar el acompañamiento a las empresas, así como aumentar el nivel tecnológico de lo que vendemos.
La tercera clave está en la hibridación industria-servicios. El futuro de la manufactura está en su capacidad de integrar servicios avanzados que permitan aprovechar las oportunidades que surjan de la reconfiguración tecnológica. La puesta en marcha de proyectos transformadores, como el Hub de Dato Soberano, son pasos esenciales para potenciar la servitización y generar mayor valor añadido.
En definitiva, contamos con una base industrial competitiva y compleja, pero los vientos del comercio global han cambiado de dirección. El éxito de Euskadi en esta nueva etapa dependerá de nuestra capacidad para transformar las dependencias en conexiones internacionales estratégicas que refuercen, y no debiliten, nuestra base productiva. No es momento para el pesimismo, sino para una inteligencia estratégica que nos permita navegar con éxito en la volatilidad y consolidar una industria resiliente.
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